El hombre de las mil caras

POR JESÚS MARCHAMALOMADRID. José Bergamín vivía en Madrid en un pequeño ático que daba a la Plaza de Oriente. Así que, durante años, cada vez que Franco se asomaba, por lo que fuera, al balcón del

POR JESÚS MARCHAMALO. MADRID.
Actualizado:

José Bergamín vivía en Madrid en un pequeño ático que daba a la Plaza de Oriente. Así que, durante años, cada vez que Franco se asomaba, por lo que fuera, al balcón del Palacio Real, un par de números de la Policía Armada subían a su casa, armados, para vigilarlo.

Durante mucho tiempo no hubo ascensor en la finca y se cuenta que el viejo escritor, ensayista y editor subía andando los cinco pisos, largo y delgado, mientras recitaba en voz alta un soneto distinto cada vez. Y era motivo de admiración entre quienes lo acompañaban su buena memoria, capaz de recordar decenas de ellos que desgranaba por la escalera, sin titubeos, mientras iba ganando peldaños. A aquella casa, apenas una buhardilla, acudió a principios de los 80 un joven poeta, Andrés Trapiello, que acababa de publicar su primer libro, y a quien Bergamín había llamado.

Su visita coincidió con la de un operario que anduvo largo rato instalando una antena para que aquel viejo católico fervoroso pudiera ver por televisión la visita de Juan Pablo II a Fátima. Así que ambos, Bergamín y Trapiello, estuvieron media tarde sentados, uno junto al otro, casi sin hablarse, mientras el antenista hacía los ajustes precisos, antes de marcharse.

Fue entonces, con la tele de fondo, cuando se dirigió a él y le dijo: «Le he hecho venir para decirle lo mismo que me dijo a mí Juan Ramón Jiménez: «De su libro me interesa el poeta, pero no el libro».

Ayer, en la presentación de «Claro y difícil», el último volumen de la colección Obra Fundamental, de la Fundación Banco Santander, Andrés Trapiello, prologuista y antólogo, se refirió a aquel Bergamín esquinado, contradictorio, seductor y malicioso, siempre controvertido, que acabaría resultando incómodo incluso a sus compañeros de generación, y a los estudiosos que tiempo después acabarían orillándolo.

Frente a esa imagen del 27 como generación de la amistad, Bergamín contrapuso su perfil más aristado, dentro del grupo de los solitarios, los difíciles, como Gaya, Cernuda o Gil Albert.

Editor de la revista «Cruz y Raya», de la prestigiosa Ediciones del Árbol y, tras la guerra, de la editorial Séneca -fue quien publicó la primera edición de «Poeta en Nueva York», de García Lorca-, Bergamín fue autor, al tiempo, de una amplia y desigual obra literaria -ensayos, textos, poemas-, que en muchos casos sólo han podido leerse en primeras ediciones, cada vez más valoradas en el mercado del libro de viejo, y por lo tanto alejadas del gran público.

Trapiello ha seleccionado para esta Obra Fundamental textos taurinos, una colección de pequeños ensayos sobre temas cotidianos, y una importante muestra de su poesía, a su juicio, la parte más interesante. «Es una poesía de raíz becqueriana, romántica, de fondo calderoniano, donde se da, de nuevo, lo paradójico: la escribe con setenta años, mientas se acerca al mundo abertzale, y es curioso ese tono de serenidad clásica al lado de la agitación política».

El libro va precedido de un estudio preliminar que bajo el sugestivo título «El cubo de Rubik» abunda en esa faceta poliédrica de Bergamín: cada vez que se completa una cara, se descompone el resto.

Para terminar, una frase para la historia. Cuando en 1982 se le concedió a Luis Rosales el Premio Cervantes que, al parecer, estaba ese año reservado a él, Bergamín, preguntado por los periodistas, dijo, irónico y lacónico: «Me parece bien, se lo tiene merecido».