Tara Westover, fotografiada a su paso por Madrid
Tara Westover, fotografiada a su paso por Madrid - ERNESTO AGUDO

Una historia (mormona) de violencia

En su primer libro, «Una educación», Tara Westover cuenta cómo huyó de su familia para poder sobrevivir

MadridActualizado:

Hasta los 17 años, Tara Westover (Clifton, Idaho, EE.UU., 1986) no supo lo que era el Holocausto. Desconocía, también, quién era Martin Luther King. En su vida había oído hablar de Napoleón. Y pensaba que Europa era un país. Todo eso, y mucho más, lo descubrió cuando llegó a la universidad. No es que antes hubiera sido mala estudiante. Es que, simplemente, no había estudiado. O no, al menos, según los estándares sociales.

Nacida en el seno de una familia mormona, en un pequeño pueblo de Idaho, creció al margen de la sociedad. Su padre, un fundamentalista creyente en teorías de la conspiración, racista y misógino, no permitía que fueran al médico, ni a la escuela. Estaba obsesionado con que el FBI les perseguía y terminaría matándoles (como, de hecho, pasó con la mujer y un hijo de Randy Weaver), y mantenía a su mujer y a sus hijos recluidos en la granja familiar, estableciendo el trato estrictamente necesario con la sociedad.

De hecho, hasta los nueve años, Tara no existió «legalmente», gracias a un «certificado de nacimiento retrasado». Trabajaba en el campo, ayudando a su padre, y en casa, colaborando con su madre, que terminó convertida en improvisada comadrona de la zona, con el riesgo que eso conllevaba. Pero llegó un momento en el que no pudo más. La violencia dejó de parecerle normal. Los abusos de uno de sus hermanos (físicos y psíquicos) empezaron a dejarle secuelas. Y dijo basta.

Best seller

Durante el día, seguía con su vida «normal» y por las noches estudiaba a escondidas, en secreto. Así logró entrar, con notas excelentes, en la Universidad Brigham Young (Provo, Utah), cuya matrícula pagó haciendo largos turnos nocturnos en una tienda de un pueblo cercano. Al acabar sus estudios, se doctoró en Historia Intelectual en Cambridge, pasó por Harvard y decidió ponerse a escribir. Pero no una historia cualquiera. La suya propia. «Una educación» (Lumen) se convirtió en best seller al poco de publicarse y sus derechos fueron vendidos a 24 países, incluido el nuestro, donde su autora ha pasado unos días de promoción.

Recién llegada de Dallas –se acaba de instalar en Nueva York, tras haber vivido en Londres–, en sus respuestas se muestra tan lúcida como en las páginas del libro. «No es que estuviera lista para contar mi historia, simplemente empecé a escribir. Llegué a un punto en el que no escribirlo me agobiaba, pero no sabía si estaba o no preparada», confiesa. Nunca había escrito, salvo textos académicos, y no creció en una familia lo que se dice literaria, así que, una vez más, su afán de superación la llevó a apuntarse a un grupo de autores aficionados. «Crecí leyendo la Biblia, manejando el idioma… En la Biblia hay muchos relatos que son muy poéticos, con una calidad literaria muy buena. Pero cuando decidí escribir el libro, tuve que empezar de cero».

Abusos

Tras la publicación, sus padres, con los que hoy no tiene contacto, trataron de refutar, una a una, todas las verdades que Tara contaba. Especialmente lo relativo a los abusos de su hermano. Y eso que dejó fuera del libro «muchas cosas» porque que sabía que iban a disgustarles. «La violencia rompió mi familia. No fue el radicalismo, ni la ideología, ni la religión. Fue la violencia de mi hermano y la forma en la que reaccionaron mis padres. Empezaron a decir a la gente que yo estaba poseída. No querían afrontar esa situación. Creían que si me hacían elegir entre callarme y expulsarme de la familia, repudiarme, optaría por el silencio, porque era lo que siempre había hecho». Pero no lo hizo.

Alejarse de su familia (hoy sólo tiene relación con tres de sus hermanos) fue un «acto de fe». Tuvo que liberarse de esa carga para poder vivir. Pese a la rabia. Y con mucho dolor. «Cuando más enfadada he estado ha sido cuando he sentido que la forma en que me han educado me ha herido. Pero una de las cosas buenas que ha tenido distanciarme de mi familia es que he podido avanzar. Así es más fácil que esa rabia desaparezca, porque es como si ya hubiera cumplido su cometido. Es un mecanismo de conservación que nos permite salir de situaciones difíciles: una vez que estás fuera, en un lugar seguro, es posible desechar la rabia y seguir sin ella».

Tara ya no es mormona, pero siente «un gran afecto» por esa religión. «El libro no trata del mormonismo. Mi familia no es representativa de los mormones. La mayor parte de los mormones va al colegio, al médico... Me gusta mucho la idea de fe, sobre todo el concepto que encuentras en la Biblia, la idea de que la fe es la esperanza de un mundo mejor». Un mundo como el que ella encontró, gracias a la escritura.