La escritora Rita Indiana, fotografiada a su paso por Madrid
La escritora Rita Indiana, fotografiada a su paso por Madrid - ERNESTO AGUDO

El Che Guevara no era Mick Jagger

La escritora dominicana Rita Indiana publica «Hecho en Saturno», retrato generacional de la Latinoamérica revolucionaria

MadridActualizado:

Saturno se hizo carne literaria en el libro IV de los «Fastos» de Ovidio. Allí, el poeta romano contó la historia de aquel dios que, por temor a que lo destronaran, terminó devorando a sus hijos. Muchos siglos después, Francisco de Goya retrató la escena en una de sus más emblemáticas obras, que puede verse en el Museo del Prado. Y, ahora, la escritora Rita Indiana (Santo Domingo, República Dominicana, 1977) ha tomado prestado, una vez más, el mito, para revisitarlo en la ficción. En «Hecho en Saturno» (Periférica), su última novela, la deidad cambia de género y aparenta ser aquella revolución que presumió de llevar la libertad a Latinoamérica y terminó fracasando en el intento, con múltiples y desamparados hijos a su alrededor. Vástagos como Argenis, protagonista de la historia con la que Indiana, una de las voces de mayor talento de la literatura caribeña actual, retrata esa generación perdida que sigue luchando por no ser devorada.

Cegado aún por el mono, Argenis aterriza en La Habana, ciudad a la que su padre, antiguo héroe revolucionario reconvertido en político servil del Gobierno dominicano, le envía para desintoxicarse; de allí, vuelve a Santo Domingo, con la desilusión de haber descubierto, en pleno descuelgue, la verdadera naturaleza de su progenitor. Es el fracaso del ideal político de la izquierda latinoamericana de los 60 y 70:«El hombre nuevo del que hablaba el Che, que venía a cambiar el mundo, termina siendo un político acartonado, corrupto, que sólo piensa en el placer de la comida», resume Indiana, de visita en España.

La escritora tiene muchos amigos como Argenis, que crecieron a la sombra de la pasión ideológica de sus padres y no han tenido que luchar, porque se les dio todo. Frente a ellos, los hay que han intentado perpetuar la lucha de los familiares que perdieron, continuar su búsqueda, sin saber muy bien qué buscaban. «Somos una generación que ha sido como el sándwich, entre el heroísmo de los “baby boomers”, que se creen que lo inventaron todo, y ahora el empresarismo maravilloso de los “millennials”. Somos un poco como la galletita Oreo, entre esos dos “landmarks” tan fuertes hay una generación un poco perdida».

Ideología

El socialismo que respiraban los padres de esta generación «olía a jabón de lavanda y a libro de texto nuevo, era la pócima mágica contra la fealdad del mundo». Así lo percibía Etelvina, tía de Argenis y uno de los personajes más atractivos de la novela. «No siempre tenían claro lo que estaban persiguiendo, no habían profundizado mucho a nivel teórico en esa ideología, se decían comunistas porque habían leído el “Manifiesto Comunista” o porque tenían una idea del Che Guevara como la puedo yo tener de Mick Jagger, una especie de “rock star” que no se cuestionaba». Una visión, a su juicio, un tanto «frívola» del socialismo, «muy juvenil, muy naíf», que «no tenía el soporte suficiente para convertirse en algo productivo a nivel político y se convirtió en supuestos, que es lo más cómodo».

Entre risas, Indiana reconoce que no se atreve a decir a qué huele ahora el socialismo. Lo que sí tiene claro es que Latinoamérica sí tiene quien la defienda, igual que tiene quien la escriba. «Esta gente esperaba que, como por arte de magia, el pueblo iba a levantarse. Lo que busca el socialismo se está ya dando de forma micro, se está liberando un poco de esa dependencia del Estado, en microcomunidades, a veces alrededor de un tema cultural, a veces de agricultura, a veces de infraestructura, para no depender de esta gente que lo que quiere cuando está ahí arriba es hacerse rica».

La realidad cubana

En la novela, Cuba es el espejo elegido por Indiana para reflejar las adicciones y contradicciones de Argenis. La isla caribeña fue, en aquellos años, el norte de la izquierda latinoamericana, el ideal que se quería alcanzar. «Eso llevó a muchísima gente a tratar de replicar esa experiencia, cosa que era imposible, porque en Cuba se dieron unas circunstancias particulares que no se iban a replicar porque sí en cualquier otro país». Pero el experimento comunista cubano mutó en régimen y el resto de pequeñas izquierdas latinoamericanas quedaron desnortadas. «La revolución logró unas reivindicaciones sociales que tienen su mérito, pero que en otros ámbitos, como en las libertades de expresión y del individuo, fracasaron».

El «momento importante» que vive la isla desde el acercamiento entre el régimen castrista y el Gobierno de Obama, enfriado tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, no parece alumbrar, aún, el deseado cambio aperturista. «Las cosas van a cambiar, pero muy lentamente. Va a haber una apertura en las políticas económicas del país, pero no va a ser tan fácil. Se sigue persiguiendo al que piensa diferente, al disidente, se sigue persiguiendo al que es crítico con la revolución… En ese sentido, las cosas siguen como hace veinte años, no ha habido mucho cambio».

Pese a todo, según Indiana, La Habana sigue siendo la capital cultural del Caribe. «Hubo circunstancias históricas que facilitaron que en Cuba se dieran unas situaciones especiales en torno al arte y a la cultura que le dieron ventaja». República Dominicana no tiene, por ejemplo, a Alejo Carpentier, del que la escritora se ha nutrido, entre muchos otros de la literatura cubana. «También hay que reconocer el mérito a los individuos, que aunque están en una sociedad opresiva y de mucha necesidad han seguido cultivándose».

Siguiendo con las analogías paterno-filiales, Indiana bien podría considerarse heredera de los escritores del «boom», con quienes admite compartir el «referente social», sobre todo con García Márquez. Lo que no tiene en común con ellos, y lo dice con rotundidad para terminar, es la «comodidad que tenían para moverse por el mundo, porque eran hombres, eran blancos, tuvieron muchísima más libertad y vivieron en un momento en que esa literatura tuvo una salida que les permitió vivir en vida de la venta de sus libros, cosa que en mi generación es mucho más difícil».