Francis Fukuyama
Francis Fukuyama - ABC

Fukuyama: «El independentismo catalán ha provocado el auge de Vox»

El politólogo norteamericano, que publica nuevo libro, «Identidad», analiza la situación política en España unos días antes de las elecciones generales

Corresponsal en WashingtonActualizado:

Hace tres décadas, con la Unión Soviética en ruinas y Europa y Estados Unidos sumando años a su periodo más largo de paz y prosperidad, parecía que la Historia, con letra mayúscula, tocaba a su fin. El ser humano, sin embargo, es muy dado a luchar y, como dice Francis Fukuyama, si no pelea por sus derechos lo hará por otros motivos. Hoy la mayor batalla es la de la identidad, amenazada por un largo historial de agravios. Fukuyama (Chicago, 1952) alumbró hace tres décadas el concepto del «final de la Historia» y hoy reivindica que no se equivocó, ya que con la consolidación de la democracia liberal llegaron otros problemas, que tienen que ver con la distinción entre unos grupos identitarios y otros. En su nuevo libro «Identidad» (Deusto, 2019), este politólogo norteamericano advierte de los graves riesgos que amenazan la democracia liberal. España no es inmune a ellos, como demuestra el auge de los populismos y el independentismo.

El domingo hay elecciones en España. Según las encuestas, por primera vez un partido de derecha nacionalista y populista, Vox, entrará en el parlamento. ¿Cuál cree que es la razón de su auge?

Creo que, por un lado, obedece a que están llegando muchos más refugiados a España, después de que en 2015 se cerrara la ruta migratoria de los Balcanes. Mucha gente trata de llegar a Europa por Grecia, Italia y ahora España. Por otro lado, creo que el movimiento independentista en Cataluña ha provocado una reacción en el resto de España, que defiende la unidad del país. Ha habido una correlación entre ese movimiento independentista y el auge de un nuevo tipo de nacionalismo populista en España.

Entonces, el independentismo catalán, ¿es similar a esos populismos nacionalistas?

No, son diferentes porque el independentismo se articula en torno a una identidad regional que generalmente emana de un lenguaje e historia propios. Los partidos populistas, como Alternativa por Alemania o el Frente Nacional francés, los integran clases trabajadoras desencantadas que sienten su identidad amenazada por inmigrantes extranjeros. Hay un elemento cultural distintivo en el independentismo catalán que lo une más a casos como el de Escocia o el País Vasco.

En su libro relaciona el auge de partidos y políticos populistas con movimientos que piden igualdad social, como el feminismo. ¿Qué les conecta?

Psicológicamente, hay una conexión clara porque todos ellos los integran personas que sienten que el mundo no les respeta. Las impulsoras del movimiento feminista ‹Yo sí te creo› rechazan que se las trate no como seres humanos sino como objetos sexuales. Es similar a la reacción de otros movimientos identitarios que creen que su grupo cultural no es lo suficientemente reconocido y respetado. En el plano moral esos diferentes movimientos no son lo mismo, hay movimientos más legítimos que otros. El feminismo es más legítimo que el nacionalismo ruso, que sólo entiende su identidad como dominio de otras naciones. Psicológicamente, se parecen, moralmente no.

¿No hay riesgos inherentes en todos estos movimientos identitarios? Cuando el movimiento ‹Yo sí te creo› defiende que se dé credibilidad a todas las denuncias si quien las formula es una mujer, sin distinción, ¿se limita así la presunción de inocencia?

Es cierto que la exigencia de dignidad puede llevar a intolerancia y división si se divide el mundo entre aquellos que están conmigo y los que están contra mí. Hay un riesgo inherente en atribuir a alguien por defecto la razón en el plano moral simplemente por su género, o por otras razones. Pero no creo que ese sea un componente esencial de movimientos como el feminista. Hay que prestar más atención a sus demandas de respeto. Los movimientos a favor de las mujeres o de las minorías raciales buscan los mismos derechos que el liberalismo consiguió para el individuo, y por ello creo que son compatibles con la democracia liberal, a diferencia de otros movimientos identitarios.

¿Cuál es la principal amenaza para la democracia liberal hoy en día?

Hay dos. Rusia y China, como sistemas autoritarios, son las principales amenazas externas para la democracia liberal. Sobre todo, y a más largo plazo, China, porque es más prudente y más poderosa. Otra gran amenaza, más preocupante, es el auge de políticos que, ganando elecciones, utilizan el poder y las instituciones para dañar los pilares de la democracia liberal y el estado de derecho. Sucede ya en países como Polonia o Hungría, o incluso en Estados Unidos con Donald Trump: a través de la democracia se ataca al liberalismo.

En el caso de Cataluña y otros independentismos escuchamos que la democracia se demuestra votando. ¿Se reduce sólo al voto?

Los referéndums no son la mejor forma de resolver problemas tan grandes porque reducen cuestiones muy complejas a una decisión binaria entre ‹sí› y ‹no›. Dejar la decisión sobre la independencia al referéndum excluye el proceso de deliberación necesario en una decisión tan importante y que afecta a tantas personas. El caos del Brexit es un ejemplo claro de estos riesgos, porque en ese referéndum se redujo la cuestión de abandonar la Unión Europea a una elección entre el ‹sí› y el ‹no› sin más. Visto hoy, el parlamento hubiera sido el foro idóneo para tomar esta decisión.

¿Es la Rusia de Putin el modelo alternativo a la democracia liberal?

Creo que Rusia es un ejemplo muy pobre para otros países porque su economía está dominada por el sector energético y el capitalismo clientelista gracias al que un puñado de oligarcas ha hecho grandes fortunas por su cercanía a Putin. Ahora bien, es cierto que Putin ha logrado atraerse una parte del movimiento conservador con determinadas medidas, por ejemplo contra los colectivos homosexuales. Pero esos grupos no suelen ser mayoría en Europa y creo que están en declive ante la fuerza de la globalización entre los jóvenes.

Hace 27 años, en su libro ‹El fin de la Historia y el último hombre›, defendió la idea, atribuida a Hegel, de que la humanidad se encaminaba hacia una estado de transparencia y racionalidad. ¿Sigue pensando lo mismo?

En realidad la idea de Hegel es que hay un proceso de modernización constante que lleva a un tipo de sociedad determinada. Para Hegel era el estado liberal alemán del siglo XIX. Para Karl Marx era la utopía comunista. Eso no quiere decir que todos los problemas queden resueltos en ese proceso. Al final de la Historia la sociedad llega a un periodo de estabilidad y prosperidad para las clases medias que no tiene por qué satisfacer a todo el mundo. Hay quienes seguirán luchando, si no por más justicia, por otras cosas. Es lo que vemos en el mundo de hoy: la paz y la prosperidad colectiva no son suficientes.

Parece que su metáfora de que la Historia llegó a su final se ha tomado de forma muy literal.

Ha sido muy frustrante a lo largo de los años tener que responder tantas veces por qué no se ha acabado la Historia como tal.

¿Asistimos al final del bipartidismo, de la alternancia entre conservadores y socialdemócratas?

Los populismos de izquierda y de derecha están acabando con él, sin duda. Ambos acusan a los grandes partidos que han dominado la política europea desde mediados del siglo XX de haber perdido el contacto con el sentimiento popular y de haber ignorado la desigualdad. Lo que está por ver es si el bipartidismo será capaz de amoldarse, asumiendo propuestas de esos populismos. Mi intuición me dice que vamos a ver un nuevo equilibrio, nuevos partidos que tomarán el lugar de otros que van desapareciendo.

¿Por qué cree que el marxismo está también de retirada? Los partidos comunistas y socialistas parecen estar malheridos.

La derecha ha sido capaz de atraerse a las clases trabajadoras que hasta hace unos años eran el granero de votos de la izquierda, sobre todo gracias a su denuncia de la inmigración como amenaza para la identidad nacional. Puede que estemos en medio de una gran evolución y la izquierda regrese con mayor fuerza. En EE.UU. vemos cómo los demócratas están girando más a la izquierda por su decisión de convertirse en todo lo contrario de lo que es Trump.