Fred Vargas en una imagen de 2009
Fred Vargas en una imagen de 2009 - EFE

Fred Vargas, digna sucesora de Agatha Christie y Georges Simenon

La escritora suma ahora a los numerosos reconocimientos obtenidos por su obra el premio Princesa de Asturias de las Letras y lo hace justo una década después de que lo obtuviera por última vez una mujer, Margaret Atwood

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La realidad carece de melodía, pero la percepción humana se empeña en dotar de lógica el devenir de los acontecimientos y los ordena de forma caprichosa, como si fueran notas musicales pendientes de saltar al pentagrama y ocupar su sitio. Sin embargo la vida del comisario Jean-Baptiste Adamsberg, el personaje más logrado de Fred Vargas (París, 1957), se presenta caótica ante quien decide adentrarse en las páginas de las novelas que protagoniza, entrecortada y plagada de cambios de sentido; y es en esa maraña de acciones, en esa mezcla de certezas e intuición que tanto caracteriza la literatura de la autora francesa, donde el lector se identifica.

Ganadora en tres ediciones consecutivas del prestigioso International Dagger, el premio que, desde 1955, concede cada año la Crime Writers' Association, Vargas suma ahora a los numerosos reconocimientos obtenidos por su obra el premio Princesa de Asturias de las Letras y lo hace justo una década después de que lo obtuviera por última vez una mujer, Margaret Atwood, también novelista de género. Entre una y otra, nueve miradas masculinas se han hecho con el galardón y un cambio en la opinión de la crítica especializada, el que supone dejar de considerar el crimen un terreno baldío para la buena literatura, ha ido fraguando hasta forjarse.

El fin en sí mismo

Frédérique Audoin-Rouzeau, que estudió y ejerció la arqueozoología, un día decidió empezar a escribir por diversión. Fue entonces cuando, en honor a Ava Gardner en «La condesa descalza», escogió el apellido Vargas como pseudónimo e inició sin saberlo una brillante carrera que habría de convertirla en digna sucesora de Raymond Chandler, Dashiell Hammett y, por supuesto, Agatha Christie y Georges Simenon.

La ausencia de pretensión, el hecho de que Vargas accediera a literatura con una intención lúdica, fue su primera diana. Esa visión del texto concebido como un fin en sí mismo, ya visible en «El hombre de los círculos azules», la investigación que presenta a Adamsberg, lo carga de una identidad cada vez más infrecuente y, con respecto al paso del tiempo, lo inmuniza.

El segundo acierto de la escritora fue incorporar a sus tramas el aura casi mágica de la arqueología y la antropología, dotar a sus historias de un componente extraordinario, en el límite entre lo racional y lo esotérico, algo que se aprecia con facilidad en los títulos que integran la serie de novelas de «Los tres evangelistas» y también en « Cuando sale la reclusa», la aventura más reciente de Adamsberg, publicada en España por Siruela hace unos meses y basada en la sospecha de que una pequeña araña prácticamente inofensiva pudiera encontrarse detrás de una cadena de crímenes sin identificar.

Y es así como, en cierto modo, la narrativa de Fred Vargas ha crecido: inconsciente, con la despreocupación de la araña que teje concentrada su tela, diríase que víctima de un hechizo, y crea a partir de un finísimo hilo de seda un mundo entero, destinado a convertirse en escenario de un sangriento y al mismo tiempo atractivo ritual.