Cientos de personas se acercan a buscar una dedicatoria del único autor con carpa propia en la Feria. Ernesto Agudo

Francisco Ibáñez: «A los lectores, el día a día se lo cuentan mis Mortadelos con su poco de coñita»

Feria del Libro en Madrid. El Parque del Retiro está repleto de lectores, de autores... y no faltan Mortadelo y Filemón. El secreto de su éxito durante décadas es incomprensible y reside, quizá, en su autor, Federico Ibáñez, que conversa con ABC antes de atender a cientos de fieles seguidores.

MADRID. ROSA MARíA ECHEVERRÍA
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Sus criaturas, Mortadelo y Filemón, se han apoderado de él. No le dejan ni vivir de día ni dormir de noche. A veces se le aparecen en sueños y se tiene que levantar a las cuatro de la mañana para dibujarlos y entonces sus personajes se llenan de vida y de carcajadas y él continúa trabajando incansable acompañado de las estrellas. Hay personas que poseen una humildad y una grandeza de espríritu que asombran. Ibáñez es una de ellas.

-No hay nadie que venda tanto. La policía tiene que poner vallas para ordenar las colas cuando firma. ¿Qué tal llevan Mortadelo y Filemón su papel de héroes en la Feria del Libro?

-Lo llevan muy bien, porque hace más de 30 años que vengo viniendo a la Feria y te pasas medio año pensando: «¿Cómo irá?», porque es un termómetro y el resto del año, repitiendo: «¡Que bien fue!». ¡Esta Feria del Libro es una joya! Aunque tengo que confesar que casi no la he visto. No levanto la cabeza con tantas dedicatorias, lo cual es maravilloso.

-¿De qué modo se han adaptado sus criaturas a la nueva sociedad?

-Han cambiado mucho porque si yo hubiera mantenido aquello de «Mortadelo y Filemón. Agencia de información», estaría ahora limpiando parabrisas y hubiera recibido esa carta horrible del lector: «Ya está bien de rollo». Los he ido adaptando sobre todo en la forma de hablar y además los introduzco en todos los grandes temas que aparecen en los periódicos. El día a día se lo cuentan mis Mortadelos con su poco de coñita.

-¿Cree en el humor de la risa o de la sonrisa?

-Yo no pretendo que mis lectores se revuelquen de risa. A mí me basta con saber que ese señor tan serio que lee mi álbum, de ombligo para adentro se está riendo. Para mí eso es suficiente. Yo recuerdo, en el régimen anterior, en un tranvía, un matrimonio con un periódico de aquellos en la mano y riéndose a carcajadas con un Mortadelito que llevaba dentro. Eso es una satisfacción enorme.

-¿Cuál ha sido en la vida su mayor premio?

- Yo no tengo premios. Aunque ahora me van a dar uno, la semana que viene, la Medalla de Oro al mérito artístico, lo cual es muy bonito, pero el premio mío de verdad es ver esa cola de gente que aguanta una o dos horas bajo un sol terrible esperando para que yo les haga un dibujito. Algunos me dicen: «Yo he aprendido a leer con Mortadelo». Y sonrío porque por dentro estoy pensando: «Y yo también». Así que premios profesionales no tengo, pero premios populares los tengo a miles y miles. Aquí viene a la Feria todos los años una señora con más de 80 años y yo siempre la espero. No me ha fallado jamás. Le doy un beso y le digo: «¡No me falles nunca! ¡Si no fuera por ti!». A veces han venido cinco generaciones. El último aún no había nacido. Cuando llevo 26 horas en el tablero, en esas horas bajas, me acuerdo de ellos y pienso: ¡Ahora trabajo 30 horas!

-¿Por qué ha calado Mortadelo y Filemón de esa manera entre personas de todas las clases y ambientes?

-Creo que porque he vivido siempre pendiente de ese personaje. Mi primer trabajo fue en la banca. Me pasaba las horas mareado entre números y debajo de aquellos papeles siempre estaba dibujando. Casi tengo el hombro caído de las veces que el jefe me daba palmaditas. «Pero Ibáñez... ¡otra vez!». Nunca he trabajado por dinero ni por cobrar. En cada página he puesto todo mi esfuerzo. Si no lo he hecho mejor, es porque no he sabido.

-¿Dónde se encuentra la fórmula de su poción mágica?

-En trabajar muchas, muchas horas. Yo no soy un gran dibujante. Tengo compañeros que valen mil veces más que yo. Mi único secreto es el trabajo. A veces no se me ocurre nada, me cuesta mucho esfuerzo pero no lo dejo hasta que no estoy satisfecho. Esa aparente espontaneidad no existe. Además trabajo solo, en mi casa, y lo hago todo yo mismo. Mis memorias se pueden resumir enseguida. ¿Quién es Ibáñez? Fue un giliflautas que trabajó, trabajó y trabajó y no pudo hacer nada más.