Fernando Aramburu, tras su entrevista con ABC
Fernando Aramburu, tras su entrevista con ABC - Ignacio Gil

Fernando Aramburu: «España está tan encerrada en sí misma que pierde de vista a Europa»

El autor de «Patria», que recibe el premio C de Oro de la Comunicación, desgrana para ABC la actualidad española con una mirada crítica y distanciada

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Hace tiempo que Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) perdió una parte de su vida para ganar otra. Con el boom de «Patria» el escritor ya no tiene tanta calma, aunque le han nacido miles y miles lectores dentro y fuera de nuestras fronteras, con sus correspondientes euros. Desde entonces escapa del éxito o, mejor dicho, del «grotesco papelón de literato», que diría Ferlosio. Pero no lo consigue del todo. El escritor está otra vez en Madrid para recibir su enésima distinción, también motivada por su celebradísima novela: el premio C de Oro de la Comunicación.

«Me han sacado de casa, me han convertido en una máquina de responder preguntas», bromea con su exótica dicción, cultivada entre el País Vasco y Alemania, donde lleva más de tres décadas. Desde allí, desde Hannover para ser exactos, otea con interés y preocupación el gallinero español, más agitado que nunca ante las elecciones del domingo.

Los dos libros que han llegado después de Patria han sido «Autorretrato sin mí» y estas «Vetas profundas»: un diario poético y una antología personal… ¿Quería huir de la novela?

Quería escapar del tumulto, de la inquietud, del revuelo, del éxito. Necesitaba reencontrarme en la quietud, en la reflexión. He regresado a la poesía, que estuvo en mis comienzos. Estaba dentro de mí sin yo saberlo.

«Vetas profundas» nace de un raro encargo: una serie de artículos sobre poesía publicados en prensa.

Y está hecho con cierto deseo de hacer la poesía apetecible a la gente, en lugar de rodearla de quejas y de lamentos porque no se vende, porque no se ve.

¿Cree que la poesía puede ser un buen refugio para un presente convulso como el que nos ha tocado?

Yo creo que la poesía es algo más valioso que un simple refugio. Es una necesidad básica del ser humano. Ninguno de nosotros se conforma con el ruido, la fealdad o la maldad. Sentimos algo valioso cuando nos encontramos ante lo bello, lo armónico, lo músical, el gesto moral... Y la poesía es uno de los lugares más propicios para encontrar esto, lo poético, que sentimos como algo verdaderamente formativo, agradable. Pero no tenemos por qué satisfacer esa necesidad de poesía simplemente porque tengamos que escapar de algo.

Habla de belleza, de armonía, de gesto moral: todo lo contrario a lo que nos hemos encontrado en los debates de esta campaña electoral.

El otro día soporté veinte minutos del debate a cuatro lleno de vergüenza, viendo que las personas que aspiran a mejorar la vida de los ciudadanos no se respetan. Y tampoco respetan la lengua en la que se expresan: unos peor que otros, claro. La imagen que me quedó fue bastante negativa e incluso triste, porque me parece que han dado una imagen antipedagógica.

¿Ocurre así en Alemania?

Alemania pasa actualmente por una etapa de sosiego. Los debates políticos en televisión, comparado con los de España, son aburridos, muy basados en los datos, donde los participantes se muestran un respeto muy grande, entre otras razones porque si no es así la gente les volvería la espalda.

Es muy triste lo que tenemos, sobre todo si pensamos en que los políticos tendrían que ser ejemplares.

Claro. El político, lo quiera o no, tiene una función modélica, naturalmente. Se supone que quieren guiar el país...

Bueno, volviendo a usted, ¿cómo le ha cambiado los esquemas «Patria»?

Me ha cambiado la vida, en el sentido de que ya no puedo mantener apenas mis hábitos de antes: me saca de casa, me ha convertido en una máquina de hablar, de responder preguntas. En líneas generales ha sido todo muy grato. No ocurre todos los días que uno alcance un público tan grande, no solo en su propio país, sino también en el extranjero. Lo llevo con serenidad y estoy muy agradecido.

En «Autorretrato sin mí» se ve que usted disfruta del silencio, del sosiego… ¿El éxito le ha trastocado mucho en ese sentido?

Efectivamente. Me veo como un caracol que estaba cómodamente en su casita, calentito, haciendo lo suyo, y de repente me han sacado y no encuentro la manera de volver a mi sitio.

Por cierto, ¿le sorprende que «Patria» haya triunfado fuera de España?

Al principio me extrañó. Pensaba erróneamente que un lector extranjero quizá necesitaría un prólogo o una información previa para entender lo que yo cuento en la novela. Pero ya mi editor alemán me dijo que esto no era así: el considera que mi novela cuenta una historia universal. Y de hecho lo he comprobado en varios países. No hay que explicarle a nadie lo que supone la pérdida violenta de un padre, el hecho de que un joven tome las armas o que la sociedad se fracture. Todo esto ha ocurrido en otras condiciones sociales en muchos sitios. En Italia hacen una lectura a partir de su conocimiento de las brigadas rojas o de la mafia, y en Argentina cotejan mi novela con lo que les ocurrió durante la dictadura militar. Esto es universal. Pero no lo sabía cuando escribí «Patria».

¿Qué poema recomendaría para esta jornada de reflexión?

Pues recomendaría este que aprendíamos en el colegio de Antonio Machado: «Todo pasa y todo queda». En realidad nos pone en nuestro sitio, nos recuerda que somos pasajeros, que por mucho que gritemos y por mucho que nos fanaticemos no va a quedar nada de nuestras ideas ni de nuestro tiempo. Es un poema que postula el viaje, la calma y, sobre todo, la bondad y el agradecimiento con lo que encontramos en la vida: los árboles, el mar, etcétera.

Pero si nada queda, todo da igual.

Mi temor es otro: es que hay gente que se considera eterna, o que considera que lo que postula o defiende es para siempre y para todos los demás. De ahí surge el fanatismo: cuando queremos imponer a los otros nuestra perspectiva. O cuando queremos prolongarnos después de la vida en las ideas, las costumbres o los idiomas de los que se quedan.

¿Y cómo se combate ese fanatismo?

Pues el fanatismo… Es difícil. Pero entiendo que con pedagogía democrática se puede apaciguar el ambiente.

Aunque al final siempre vuelve, como un boomerang. O al menos es lo que parece, visto lo visto.

Quizás es normal que en campaña electoral el gallinero se altere un poco.

Pero en Europa la extrema derecha lleva tiempo en auge, viniendo de donde venimos…

La extrema derecha ya tenía un auge considerable en Europa antes de que en España empezara a tomar forma. Lo que ocurre es que la política española está tan encerrada en sí misma, tan ocupada con problemas locales y regionales, que a veces pierde de vista que están surgiendo movimientos en Europa que tarde o temprano le van a afectar... Yo veo los debates y me doy cuenta de que del deshielo de los polos aquí no se habla nada. Y tampoco de estos movimientos antieuropeos, de este nacionalismo de repliegue que está muy extendido en países como Hungría, Polonia, Holanda… Y ahora ha surgido Vox y todo el mundo está como histérico, pero convendría mirar fuera y ver cuáles son los orígenes y las razones y los fundamentos de esos movimientos extremistas.

La política exterior ha sido la gran ausente de esta campaña electoral.

Este contraste lo percibo yo en relación con la política alemana. Ahí se habla de la estabilidad del euro, de la relación con los países vecinos, del Brexit… Aquí entre nosotros hablamos de la corrupción, de Cataluña… de problemas vecinales, en realidad. Y prueba de ello es que en la prensa alemana España ocupa un lugar menor, salvo cuando se habla de deporte o ocurre algún hecho llamativo. Mi impresión es que España está demasiado ocupada consigo misma. Claro, esto es hasta cierto punto comprensible cuando tienes grandes problemas.

¿Y tienen solución esos problemas?

Buff, yo soluciones no tengo. Si las tuviera ya las habría dado... Sería muy feo tener soluciones y no darlas.