Félix Ovejero
Félix Ovejero - Ángel Navarrete

Félix Ovejero: «El nacionalismo español, políticamente, es residual»

El autor presenta «La deriva reaccionaria de la izquierda» (Página Indómita), donde lamenta que la izquierda de hoy, movida por la necesidad de «pensar a la contra», haya renunciado a su tradición ilustrada y se muestre complaciente con el independentismo o la religión

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A Félix Ovejero (Barcelona, 1957) le molesta que la emoción se haya convertido en argumento, y que las ideas se vean desplazadas en los discursos por las emociones. Dice que más que hacer propuestas concretas, los políticos han descubierto que es más rentable ofrecer posturas. Esa crítica es una de las líneas vertebradoras de su último ensayo, «La deriva reaccionaria de la izquierda» (Página Indómita), donde lamenta que la izquierda de hoy, movida por la necesidad de «pensar a la contra», haya renunciado a su tradición ilustrada y se muestre complaciente con el nacionalismo o la religión.

El título de este ensayo ya parece una provocación.

Responde a una impresión, que justifica el libro, de que la izquierda ha abandonado algunas de las líneas programáticas con las que se había comprometido constitutivamente.

¿Qué líneas?

Las de progreso, de igualdad frente a la retórica de la diferencia, de compromiso con la ciencia y de una visión optimista del proceso de globalización. Y también se ha abandonado la verdadera crítica de ideas, como se deja ver en el trato de la religión, frente a la que se ha adoptado una posición complaciente. Frente a cualquier crítica al islam, que tiene una dimensión totalitaria, se adopta una posición comprensiva en nombre de una retórica de la diferencia y el multiculturalismo. Este libro parte de un compromiso con los principios de la izquierda, con su base ilustrada frente a esa deriva.

Es muy llamativo el tema de la religión...

Lo que sostengo es que toda religión conlleva una idea acerca de cómo debemos de vivir todos, no solamente cómo tienen que vivir los que cultivan la religión. Cualquier religión tiene una idea del bien que afecta no solo a quien lo practica, sino a los demás. No me parece mal mi aborto, sino que me parece mal cualquier aborto, por ejemplo. Pero eso, que el cristianismo lo había resuelto, mal que bien, diciendo que la religión es un sentimiento privado, en el caso del islamismo, donde hay una vocación pública mucho más cargada, de teocracia, resulta incomprensible que la izquierda se muestre complaciente.

¿Cuándo y cómo se muestra complaciente?

Pues ante cualquier crítica aparece la descalificación por «islamofobia». Por supuesto que yo puedo criticar y descalificar creencias que me parecen poco fundamentadas. Y más cuando han servido y sirven como instrumento de opresión a un segmento de la población. A las mujeres en una gran parte de las veces.

Es una de las consecuencias, según comenta en el ensayo, de esa necesidad de «pensar a la contra».

Del pensamiento reactivo, que es una de las líneas que articulan el libro. Si uno mira a largo plazo descubre que una parte nada despreciable de los objetivos de la izquierda se han realizado políticamente. La democracia tal y como la conocemos, con sufragio universal, es una reivindicación de la izquierda. La sanidad pública, la enseñanza pública, la existencia de los bancos centrales… Entonces, parece que con la realización de este proyecto la izquierda no encuentra elementos con los que renovarse y actúa reactivamente. Piensa a la contra. Y ese pensar a la contra se aplica a cosas que, en mi opinión, habría que darle dos vueltas: la prostitución, la maternidad subrogada, el progreso técnico… Pues no. Parece que uno ya tiene la opinión formada a la contra de lo que diga el otro.

El otro gran frente del libro es el nacionalismo y cómo la izquierda es comprensiva con esa ideología que excluye.

Es la gran patología, desde luego en el caso de España. Porque supone fundamentar las fronteras políticas en las identidades culturales. La idea de levantar una frontera consiste en decir que el tipo que está al otro lado no tiene los mismos derechos que yo. Y además fundamentan la ciudadanía no en un conjunto de individuos que se comprometen mutuamente a defender derechos ni libertades, sino en una cultura, en una esencia impermeable al tránsito de los siglos. Ese es el pensamiento reaccionario que nace contra la ilustración francesa, que nace en el historicismo alemán y termina, en sus versiones más consecuentes, en el nazismo.

¿Es por eso habla de una «izquierda antiilustrada»?

Es que en ese sentido es directamente antiilustrada. Cuando nace la ilustración hace doscientos años aparece en Alemania el historicismo alemán, que dice que esto de fundamentar la vida compartida en las constituciones y los ideales universales de la razón (igualdad, libertad, fraternidad) no tiene sentido. Y dice que tiene que asentarse en la tradición, en las esencias, en lo que comparte el pueblo.

Como la lengua.

Sí… Y eso que se dice de que compartir una lengua es compartir una mirada del mundo es falso en diversos sentidos. No es así desde los conocimientos que hoy tenemos de lingüística. Y ni siquiera en el caso español la lengua que quiere construir esa nación es mayoritaria en el seno de esas hipotéticas comunidades políticas.

¿Teme que el nacionalismo catalán termine por hacer florecer un nacionalismo también identitario pero español?

El nacionalismo español, políticamente, es residual. Hay algunos estudios empíricos que muestran que este es uno de los países con menores indicadores objetivos de nacionalismo. En la población se puede dar, pero no tiene una presencia institucional, pública y articulada. Franco nos vacunó frente a esto, y para bien. Dime un político español de gran nivel de presencia, como Torrá o Jordi Pujol, que haya dicho frases racistas como que los andaluces son tal cosa, o que los otros son esta otra. O que son una raza inferior. Jamás. Ni Franco diría algo parecido.

Le cito: «Hoy lo revolucionario es defender la Constitución». Hoy, cuarenta años después. ¿Esto es otra consecuencia de ese «pensar a la contra»?

El caso de la Constitución es una de las mayores paradojas que hay por parte de la izquierda. Se habla de una especie de contaminación de origen. Y es cierto: se hizo bajo unas circunstancias históricas innegables en las que el peso de los militares era indiscutible. Pero no hay ninguna constitución que se haya hecho en un vacío histórico. La republicana no la votaron las mujeres, la de Estados Unidos ni las mujeres ni los negros, la alemana la impusieron las provincias aliadas...

Volviendo atrás, ¿cuándo nace esta idea de la «izquierda reaccionaria»?

Quizás mi sensibilidad esté agudizada. Por estar en Cataluña y por ser un hijo de la «inmigración», reparo pronto en la fascinación nacionalista de la izquierda catalana. En los ochenta ya se veían las señales, aunque tardé en percibirlas. Y ahora eso se ha extendido más allá con las políticas de la identidad y del género, que desprecian el conocimiento científico cuando los resultados les incomodan. La idea misma de «perspectiva de género» supone el abandono del afán de objetividad que ha de tener el conocimiento.

¿Por qué?

Si se puede resumir el ideario de la izquierda en una frase, esta sería: «Ninguna desigualdad sin responsabilidad». Es decir, que todo aquello que se deriva de haber nacido en un lado u otro de la frontera, negro o blanco, una clase social u otra… Todo eso no es atribuible a una responsabilidad personal y tampoco puede justificar derechos especiales ni privilegios. Las diferencias en el sexo no pueden justificar privilegios. La aspiración final es un proyecto igualitario.

Pero el feminismo es lo que busca: igualdad, nazcas hombre o mujer.

El feminismo fue eso durante mucho tiempo. Ahora bien, eso cambia cuando, por ejemplo, se desprecian cosas como el principio de presunción de inocencia, que es una conquista que se discute porque la palabra del varón vale menos que la de la mujer…

Eso será una parte del feminismo.

El feminismo de la última generación, de la literatura de género, que se llama, tiene un afán anticientífico. Están restringiendo publicaciones académicas porque los resultados de la investigación resultan incómodos. Esto es prohibir resultados empíricos, prohibir la verdad.

Eso de rechazar algo porque genera incomodidad también está pasando en la cultura, con el lenguaje. Se rechazan ciertas cosas porque ofenden, no tanto por su contenido.

Eso es una de las cosas más estúpidas que pasan, es un despropósito mayor. No hay nada más democrático que el lenguaje. Nadie decide el uso de las palabras. Las palabras son un modo de entendernos rápido, económico y eficaz. Creer que porque modifiquemos las palabras vamos a conjurar realidades… La injusticia está en la realidad, no en la palabra, que simplemente es un modo de entendernos. El mundo no mejora porque yo empiece a decir ciudadanos y ciudadanas, que estáis cansados y cansadas, que habéis sido despreciados y despreciadas… Es insostenible, porque el lenguaje es economía.

También se está «revisando» la cultura a toro pasado.

De pronto nos ha entrado una moralina retrospectiva. ¿Vamos a revisar «Casablanca» y a borrar el momento en que la gente fuma o en el que el tipo trata de tal manera a la mujer porque ahora nos parece mal? Retrospectivamente no hay nada que se sostenga, absolutamente nada.

Usted dice que no hay debate desde el moralismo.

El asunto es que hemos desplazado el debate de ideas al debate de mi trato de las ideas, de si yo soy honesto, coherente, íntegro y los otros no. Y con integridad, con honestidad y con coherencia se puede defender un campo de concentración nazi o una comuna hippie. Dígame usted qué propone. Mi compromiso es con la razón. Donde la razón me lleve, que dirían los clásicos.