Faulkner, un poeta de fábula

MANUEL DE LA FUENTE | MADRID
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De un tipo que se hizo pasar por héroe de guerra al bajarse cojeando de un tren en su patria chica, aconsejan las leyes de la prudencia humana no fiarse apenas lo justo. Un tipo que para ganarse unos centavos coescribió en Hollywood guiones de diálogos endiablados como «El sueño eterno» y «Tener y no tener». Ese mismo tipo que, entre lingotazo y lingotazo de bourbon, allá en el porche, viendo declinar el tórrido sol de Mississippi, imaginó un condado, Yoknapatawpha, en el que puso a vivir a 6.928 blancos y 9.313 negros, y que tuvo la bondad de dibujar y detallar en un mapa para que sus lectores de «Absalón, Absalón», no se ahogaran en sus procelosas y pantanosas aguas.

Pues ese tipo, al que lenguas viperinas (y envidiosas) acusaron de «fabular demasiado», levantó uno de los edificios narrativos más ambiciosos, hermosos, profundos y poéticos de la literatura de cualquier tiempo y lugar. Sin embargo, en el fondo del corazón de William Faulkner, como en el de todo gran novelista, habitaba un poeta, un excepcional vate cuya obra lírica (dos libros publicados en vida, dos póstumos) quedó bajo la sombra alargada, alargadísima, de su colosal narrativa.

Ahora (con anterioridad sólo se habían editado una docena de poemas, por Javier Marías), el lector español puede ver cómo la luz disipa estas sombras con la publicación de «Poesía reunida» (Bartleby Editores), edición que agrupa estos cuatro libros, con traducción de Eduardo Moga y Daniel C. Richardson. Cuatro títulos que son, por orden de aparición, «El fauno de mármol» (escrito en 1919, editado en 1924), «Una rama verde» (escrito en 1921, publicado en 1933), «Poemas de Misisipi» (1979, con cinco inéditos) y Helen: un cortejo (1981), que incluyen a pie de página la versión en inglés.

A don William, además del bourbon y el tabaco, le volvían loco las palmeras salvajes, la luz de agosto, el ruido y la furia, las banderas (confederadas) sobre el polvo, y hacer gala de su humor socarrón, sureño y elegante. Quizá por eso, en vida le dio por tomarse a broma su poesía. «Poeta fracasado»; «poemas de segunda fila, verdaderamente malos»; «aún escribo versos a menudo pero siguen siendo igual de malos, y los destruyo todos», son algunas de las lindezas que el escritor se autodedicó, tanto cuando empezaba como cuando ya era un autor consagrado, poseedor del Pulitzer y del Nobel.

Un idealista

Tal y como explican los traductores en el clarificador prólogo de la obra, «los objetivos de su empresa poética estaban condicionados por los "deseos imposiblemente idealistas" de incorporar y fundir en un bagaje casi inabarcable de formas clásicas, técnicas experimentales contemporáneas, orientaciones psicológicas personales y preocupaciones estéticas en la poesía norteamericana moderna». Un proyecto tan ambicioso como complicado, pero que, al contrario de lo dicho por el propio autor, le tuvo algo más que entretenido durante media vida. «Para Faulkner -explica Eduardo Moga-, la poesía fue mucho más que un entrenamiento de cara a su obra narrativa. Empezó a escribir poesía muy joven y para él era algo verdaderamente querido, no una actividad complementaria, sino algo que sentía muy dentro. William Faulkner, como muchos otros narradores, Cervantes sin ir más lejos, se sentía ante todo poeta».

Sin embargo, el joven Faulkner en sus comienzos no le echó el ojo al patriarca Whitman, sino que volvió la vista y el oído hacia la vieja Europa. «Él se había formado -detalla Moga- en el Romanticismo inglés y europeo, era un gran admirador de Shelley y Keats, y también del Simbolismo francés, y luego se fue impregnando de las vanguardias».

«La memoria cree antes de lo que el conocimiento recuerda. La memoria cree más que recuerda, cree más de lo que el conocimiento razona», dejó dicho el autor de «Sartoris», y memoria, subconsciente del pasado y deseo (no necesariamente sexual) son los ejes sobre los que gira casi toda su obra, como recalcan los prologuistas: «Su poesía aspira a transmitir que la verdad es subjetiva y huidiza, y que no tenemos más remedio que confiar en la imaginación y en la memoria para construir el mundo en que vivimos». Valgan dos bellos ejemplos «El día que agoniza ofrece a los que penan / la bendición que ni los reyes pueden impartir: un mañana»; «Porque, aunque las estaciones se sucedan,/ mi corazón sólo conoce las nieves del invierno. Poesía que tampoco le hace ascos al mundo clásico, al culturalismo: «Nadie debería morir así,/ en un día como ése,/ de un balazo airado, o de cualquier otra forma moderna./ Ah, la ciencia es una boca a la que resulta peligroso besar./ Deberíamos caer, a mi juicio, abatidos por un dardo etrusco/ En prados en cuya hierba lujuriante floreciera la danza de las Océanides...».

Memoria, deseo, realidad, racionalidad, subconsciente. Eduardo Moga pone algo de luz en la trastienda de esta poesía tan tremendamente personal y casi arcana. «El funcionamiento de la mente y de la memoria, la reviviscencia del pasado mediante su volcaje en un presente turbulento e incomprensible está en su poesía y en toda su literatura. Como poeta, siempre tuvo una voluntad de estilo propio, personal. Guste o no guste, no se puede negar que existe un estilo faulkneriano. Él quería construir poemas hermosos, pero también apasionados, que fueran más allá del realismo imperante en su época. En El fauno de mármol se mostraba aún algo constreñido por las limitaciones formales, sobre todo mitológicas y simbolistas y sus antecedentes románticos, pero en Una rama verde ya se muestra más liberado, se suelta mucho más y se percibe una voluntad de decir cierto tipo de cosas de una manera reconocible y singular, y empieza a encajar todo el legado de las vanguardias pero también ese universo cenagoso en el que se movía».

Por supuesto, moverse por este laberinto poético y trasladarlo al castellano ha sido una tarea tan difícil como apasionante, un auténtico reto, según Moga. «A veces resulta difícil simplemente desentrañar el significado de sus versos, y aunque ya estén comprendidos, se percibe mucha carga cultural y referencias de todo tipo que resulta complicado reflejar en castellano. Hay ecos mitológicos, alusiones a otros textos y autores, reflejos de la literatura clásica y de la medieval inglesa. Y, por supuesto, una sintaxis muy compleja, porque no hay que olvidar que la sintaxis deriva del modo de funcionar del pensamiento, y el pensamiento de Faulkner es complejo, caracoleaba sobre las cosas». Sin embargo, tras esta primera capa impermeable para un lector corriente y moliente, aparece la voz de un poeta enorme, fiera, rotunda y hasta tozudamente humano: «Gana con cada amanecer una muerte, y con cada ocaso, un nacimiento».

Ya ven con qué tipos nos jugamos los cuartos de la gran literatura. Tipos de fábula, poetas fabulosos.