«En el norte hay un mar más alto que el cielo»
«En el norte hay un mar más alto que el cielo»

Fallece a los 92 años Carlos Oroza, el poeta heterodoxo

Nacido en Viveiro en 1923, fue una figura legendaria en los años 60 y ha muerto el pasado viernes en Vigo

Actualizado:

Carlos Oroza ha muerto en Vigo el pasado viernes por la noche a los 92 años de edad. El legendario poeta que dejó una aureola de malditismo en el Madrid de los 60. Sus poemas aún hoy son recitados de memoria por muchos de los protagonistas de la escena cultural de aquel momento. Versos que circularon de boca en boca. Era quizás el mejor poeta oral (junto al inolvidable Uxío Novoneyra). Sus recitales fueron memorables, provocando una auténtica catarsis en los espectadores. Como un chamán hipnotizaba a la audiencia, formada por seguidores de distintas generaciones. Una figura de culto que se traslada desde Madrid a su Galicia natal, donde se instala en Vigo a principios de los 70.

Allí vivió las últimas décadas, paseando de forma incesante por la ciudad y depurando ese inmenso «poema total» que fue construyendo de forma obsesiva y metódica. Vida y obra se fusionan y dejan un itinerario de huellas sutiles. Allí, frente a las Cíes y la belleza fantasmagórica de los atardeceres elaboró su libro «En el norte hay un mar más alto que el cielo» o «Una porción de tierra gris al norte».

Se dejó impregnar por la naturaleza, por el humus de la tierra, celebrando la epifanía intermitente de la luz en un paisaje de nubosidad variable. Esta energía telúrica se manifiesta en muchos de sus versos de raigambre panteísta. Herederos de la ebriedad del infinito de los simbolistas.

Supo transmitir a las nuevas generaciones el aroma de libertad de las luchas contraculturales, la celebración de los sentidos y la fiesta comunitaria. Poeta de largos versos horizontales, en ritmos que parecen buscar una identificación con la línea de horizonte. Palabras que vibran en metamorfosis y se entrelazan en una magia verbal única.

Hace un año, a finales de 2014, regreso a Madrid a recoger la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes. Recuerdo la conversación con él en la entrega de la medalla, rodeado de muchos amigos. Allí nos manifestó su perplejidad al conocer que el letrero Alitalia ya no estaba en el edificio Torre España. «Alitalia se enciende/ Y proyecta en la terca oscuridad un gesto de ternura/ Y el hombre intentaba acariciarlo». Allí nos decía también: «El verso ancho. El verso ancho es como hacía Whitman, que es uno de mis favoritos junto a Hölderlin. Es el verso rebelde: “Me contradigo porque contengo multitudes”. Nadie es capaz de decir esa barbaridad tan hermosa».

Hay un substrato telúrico en su forma de escribir, como si la memoria sensorial fuera definiendo y condensado con precisión un vocabulario simbólico que parece remontarse a capas profundas del inconsciente. Eso le permite a Carlos Oroza ser primitivo y sofisticado al mismo tiempo. Hay algo muy salvaje y germinal en su forma de trabajar que evoca sentimientos originarios y sensuales pero testimonia asimismo la geometría gélida de los espacios urbanos deshumanizados. En ese aspecto su poesía es radicalmente moderna estableciendo una saludable tensión dialéctica entre el mundo originario y la segunda naturaleza artificial de la sociedad moderna.

«La palabra me devuelve al origen y nos da el remoto placer de la rosa en vocablos»: escribe en su libro «Évame». Cuando el idioma no le llegaba inventaba palabras. Existen muchos prodigiosos neologismos en sus obras («azúlida», «cópul», «americando», «évame», «europamos», «ómnima») y distorsiones de topónimos de la infancia. Oroza nunca abandonó esa primera mirada y supo mantener intacta una frescura que provocaba hondas imágenes de extrañamiento.

Hay erotismo, sublimación, sentimiento oceánico. Vibra el aura en este poeta heterodoxo. Hay desdoblamientos psíquicos detrás de una utópica confluencia de géneros.

Su relación con artistas ocupa un capítulo muy importante de su biografía. Estuvo siempre alerta a las nuevas tendencias. Señaló: «Hay tres fenómenos que son una autentica trinidad la pintura, la arquitectura y la música».

«Évame» es su último libro (antología con «Cabalum», «Alicia», «Eléncar», «Prohibido el paso» y otros). Hay libros que parecen un sueño. La poesía-catarsis de Carlos Oroza nos propone un viaje al interior de la palabra, en busca de su resonancia más profunda. El infinito al alcance de la mano. Este libro contiene distancias míticas, vibra la reverberación del aura. El chamán de la poesía oral que lleva años seduciendo a varias generaciones con el ritmo encabalgado de sus imágenes, propicia desdoblamientos psicológicos, el latido de la memoria en la experiencia de las emociones.

Un hábitat de estratos repletos de transparencias que avanzan hacia una realidad ingrávida. Las palabras emprenden el vuelo. Oroza en «Évame» nos ofrece una cartografía del alma. Un sortilegio que actúa como un auténtico talismán.

En la ría de Vigo las palabras se entrelazan en la línea de horizonte para despedir al poeta de «Elencar». Creador de un universo de palabras mágicas, un hábitat donde sonoridad, ritmo, fluidez de la imagen se fusionan en una atmósfera ingrávida.

El impulso de su trabajo fue siempre intemporal y universal. Desdibujó cualquier anécdota que pudiera distraer con relación a esa incansable búsqueda de lo esencial, detrás de una belleza cristalina. Hoy reposa al lado de sus admirados Hölderlin, Artaud, Whitman, Paul Celan, Rilke, Brancusi y Giacometti…

El apoyo que recibió en los últimos tiempos desde Editorial Elvira dirigida por Xabier Romero le permitió al fin publicar el libro que recoge su «obra total». Titulado «Évame», se trata de una deslumbrante edición que recoge los poemas que el autor consideraba más relevantes. En la portada del libro Carlos Oroza se despide, aparece de espaldas a nosotros, pero ofreciéndonos lo mejor de toda su obra en una edición impecable.