Ilustración de Fernando Vicente para el cóctel elegido para Harper Lee
Ilustración de Fernando Vicente para el cóctel elegido para Harper Lee - ABC

Las escritoras también beben

El libro «Un cóctel propio» asocia combinados a grandes damas letraheridas, de Zelda Fitzgerald a Dorothy Parker

MadridActualizado:

Truman Capote tenía la teoría de que todos los literatos necesitaban el alcohol para combatir la página en blanco. Bien lo sabía Scott Fitzgerald, que nos hubiera dejado una obra mucho más extensa si tuviera la misma facilidad para llenar las páginas que la que tenía para vaciar las copas. Hemingway también era un gran bebedor, como Cheever, que se pasó varios años intentando dejarlo, o como Edgar Allan Poe, que nunca lo dejó. La historia está llena de nombres ilustres que tenían la pluma en una mano y la botella en la otra. Y casi todos los que recordamos son hombres. Pero llega el momento en el que las escritoras, además de una habitación, necesitan un cóctel propio.

Al menos eso pensaron hace un tiempo Laura Becherer y Cameo Marlatt mientras se tomaban su whisky reglamentario –a saber, el de después de clase– en su pub favorito de Glasgow (Escocia). Estaban discutiendo sobre su última lectura, «Heroínas», de Kate Zambreno. Se trataba de un ensayo sobre mujeres silenciadas a lo largo de la historia, que entre otras investigaba la figura de Zelda Fitzgerald, siempre a la sombra cruel de Scott. La conversación no tardó en saltar del caso concreto a la tónica general, y así ambas empezaron a enarbolar una lista de mujeres que sufrieron un destino parecido al de Zelda: Mary Shelley, Dorothy Wordsworth, Hope Mirrlees...

De anécdota a libro

Esta sería una anécdota más si no fuera porque aquella conversación graduada terminó convirtiéndose en un libro: «Un cóctel propio. Combinados para damas letraheridas» (Nórdica). En él, las autoras ofrecen una selección de escritoras para disfrutar, a la vez que le asocian un combinado a cada una de ellas: sabores para recordarlas. Algunas son más célebres y otras menos, pero todas tienen su propia bebida para celebrar su propio talento.

Porque el alcohol será masculino, pero la bebida es femenina. «La cultura del alcohol se asocia específicamente con escritores varones, tales como Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald; a las mujeres también se las ha expulsado de ese reino en su conjunto», sentencian Becherer y Marlatt en el prólogo.

De eso ya se quejó en su día Marguerite Duras en su obra «Practicalities». «Cuando una mujer bebe es como si un animal o un niño estuvieran bebiendo. El alcoholismo es escandaloso en una mujer, y una mujer alcohólica es rara, es un asunto serio. Es un insulto a lo divino en nuestra naturaleza», escribió la francesa. Hablaba por experiencia propia. Duras tenía predilección por el vino tinto y el coñac, una afición que le dejaba más tiempo ebria que sobria. «Lo sorprendente, cuando miro hacia atrás, es cómo me las arreglé para escribir», llegó a decir en una entrevista. A ella le dedican un cóctel de ron dorado, limonada sin gas y sustituto de absenta: un homenaje que ha de servirse en un vaso corto helado.

Dorothy Parker también fue una dipsómana orgullosa, además de la poeta más ácida e irónica de su tiempo. Ni el ultimátum de su médico la reprimió. «Si no deja el alcohol, no durará más de un mes», le espetó. «Promesas, promesas», respondió ella. No iba a cambiar. Ya lo había dicho en su «Balada a los treinta y cinco»: «Esta, no es la canción de una ingenua / Esta, no es una balada de la inocencia / Esta, es la rima de una dama que / siguió sus instintos naturales». En efecto, la dama siguió bebiendo. Para Parker han creado una nueva versión del Manhattan aderezado con pimienta negra, un condimento que «destaca el ingenio de sus ocurrencias y lo punzante de su humor».

Convivencia

Pero no todas las mujeres que aparecen en el libro tenían predilección por ver el fondo de la copa. De hecho, la selección destaca por su heterogeneidad en tiempo y espacio: conviven en las mismas páginas Emily Dickinson, J. K. Rowling, Simone de Beauvoir o Arundhati Roy, entre otras. El hilo conductor es el homenaje divertido, la anécdota.

Ya queda claro desde el principio, ese que protagoniza Zelda Fitzgerald, la mujer que se bebió los felices años veinte. Con su nombre bautizan una mezcla de ginebra, miel, jengibre y zumo de limón; una reinterpretación de un cóctel clásico de la época de la prohibición que ha de beberse siguiendo un sagrado ritual: «Antes de degustarlo, levantemos nuestras copas para honrar a Zelda y a todas aquellas mujeres cuyas identidades han sido absorbidas por las de sus maridos».