El escritor y cineasta francés Éric Vuillard, ayer en Barcelona
El escritor y cineasta francés Éric Vuillard, ayer en Barcelona - Efe

Éric Vuillard: «Como en 1789, todos nuestros problemas nacen del paro y la deuda»

En «14 de julio», el autor francés revive la toma de la Bastilla desde las vivencias de la gente humilde

BarcelonaActualizado:

La toma de la Bastilla es el icono de la Revolución Francesa. Un episodio tan difundido que parecería ocioso volverlo a evocar. Todo reside en el punto de vista. Hasta ahora, el relato canónico abrevaba en Jules Michelet. «Es el primer historiador en sentido moderno; en mi juventud lo admiré y me brindó pautas, pero atribuye todo más mérito a un hombre, el diputado Thuriot, que a todo al pueblo de París», advierte Éric Vuillard.

En «14 de julio» (Tusquets/Edicions 62), el autor de «El orden del día» (premio Goncourt, 2018), baja de las almenas del poder para recrear las vivencias de los de abajo. Su receta: «Hay que escribir lo que se ignora. En puridad, se desconoce lo que ocurrió el 14 de julio. Los relatos que poseemos son encorsetados o descabalados. Hay que plantearse las cosas a partir de la multitud sin nombre. Y debe relatarse lo que no está escrito. Debemos deducirlo del número, de lo que sabemos de la tasca y de la calle, del fondo de los bolsillos…»

Todos los personajes de «14 de julio» existieron: limpiabotas, vinateros, cocheros, pordioseros, fruteros, caldereros. En los archivos se contabiliza un millar. Cada uno con su nombre, apellido, dirección... Algunos, incluso, narraron la experiencia de aquel día. Es el caso de Claude Cholat, pequeño vinatero de la rue de Noyers. Otros reaparecieron en cartas en las que pedían al gobierno una pensión para paliar su miseria, o compensar invalideces y mutilaciones.

A los historiadores, explica Vuillard, les incomodaba incorporar el testimonio del vinatero analfabeto: «Lo juzgaban poco fiable, pero ellos no estuvieron en la Bastilla y Cholat sí». Con su relato se rompe con la ‘historia sagrada’ de una Revolución de matriz burguesa. Vuillard se adentra en las catacumbas con los cadáveres de la matanza del 28 de abril de 1789, represión de la revuelta de Rèveillon. Los comisarios, que cumplían la función de juez y policía, levantaron acta. Raídos chalecos de basto algodón, botones desparejados y, siempre, los bolsillos vacíos.

La portada de «14 de julio» rinde homenaje a ese detalle. En lugar de destacar, como siempre se ha hecho, a la mujer con la bandera tricolor y los senos descubiertos de “La libertad guiando al pueblo”, Vuillard fija la atención en un joven de la parte baja del óleo de Délacroix: «Es el revolucionario anónimo, con la rabia marcada en el rostro».

«14 de julio», como «El orden del día», supera la estanqueidad de los géneros. «La relación entre literatura y realidad es cada vez más estrecha. Prefiero la verdad sobre el pasado que la ficción sobre el presente», subraya el escritor al reivindicar el documentalismo de Zola en «Germinal».

¿Enseñanzas para la Francia de 2019? «La crisis de 2008 ahondó en las desigualdades. Nuestros problemas nacen del paro y la deuda, tanto en aquel 14 de julio con el banquero especulador Necker como ahora. Los chalecos amarillos revelan tensiones que estaban dormidas», concluye.