La escritora Elvira Navarro, fotografiada en un hotel de Madrid poco antes de la entrevista con ABC
La escritora Elvira Navarro, fotografiada en un hotel de Madrid poco antes de la entrevista con ABC - ERNESTO AGUDO

Elvira Navarro: «Si pones en duda las consignas de los tuyos, sean izquierdas o derechas, te expulsan de la tribu»

En su nuevo libro de cuentos vuelve a la periferia para iluminar los puntos oscuros que tienen todas las vidas

MadridActualizado:

El talento de un escritor puede medirse por las páginas que necesita para enganchar al lector. Y, si nos atenemos a esa medida, Elvira Navarro (Huelva, 1978) es una virtuosa. En apenas unos párrafos, la historia te atrapa y, sin darte cuenta, te conviertes en un personaje más de esa atmósfera densa y penetrante que nubla tu conciencia y te obliga a seguir leyendo. Hasta el final. Un ritual que se repite en cada relato de los once que componen «La isla de los conejos» (Literatura Random House), su nuevo libro. Una recomendación:léanlo escuchando el nuevo disco de Sharon Van Etten, «Remind Me Tomorrow», que hoy sale a la venta. Juntas son pura luz.

¿Es distinto el impulso que se siente al escribir un relato que el que se siente al escribir una novela?

Yo le diría que sí y no. Quizás, el impulso es el mismo, porque partes de una idea… En mi caso, sobre todo parto de sensaciones y, a veces, de alguna imagen o incluso de frases. Pero lo distinto es que las novelas son explícitas en el tema, mientras que los cuentos trabajan con lo implícito, porque un cuento siempre cuenta una historia a través de otra. Como son historias cortitas, te obliga a condensar el significado, y eso siempre se hace de manera indirecta.

Una de las cosas que quería preguntarle era, precisamente, qué le permite la narración corta que no puede lograr con la novela, y viceversa, pero casi lo acaba de contestar.

Sí, y te permite una cosa más, que es la intensidad. La novela, inevitablemente, no puede tener siempre el mismo nivel de intensidad, porque entonces se pierde, porque se genera una monotonía. En cambio, los cuentos te permiten mantener la intensidad durante casi todo el texto, tienes que lanzar el dardo y dar en la diana.

Viene de un libro muy particular, como es «Los últimos días de Adelaida García Morales», en el que rompía un poco las costuras de la novela tradicional. Está claro que, como escritora, las etiquetas no le gustan demasiado.

Yo creo que a ningún creador, realmente, incluso aquellos que persisten en practicar un solo tipo de género. En el territorio creativo, de lo que se trata es de romper, un poco, las costuras, por lo menos en mi caso. No quiero decir que yo esté haciendo algo súper novedoso, pero para mí sí lo es, yo me voy por territorios que antes no había explorado, y eso es lo divertido, lo estimulante. Eso es lo que me interesa como creadora, no concibo que la creación pueda ser de otra manera.

No concibe la creación con etiquetas.

No concibo que la creación sea que uno se repita siempre en sus mismas fórmulas, de tal manera que pueda caber todo bajo una misma etiqueta, porque entonces uno no está exactamente creando. Cuando creas, hay una tentativa de descubrir.

Es que si no, más que creando, estás emulando.

Exacto.

Todos los cuentos bucean en la periferia, en esa marginalidad, propia y extraña, que intentamos esquivar, porque no nos sentimos cómodos. Pero usted está como pez en el agua habitando esos márgenes.

Como escritora, sí. Tengo la impresión de que llamamos periferia a muchas cosas. Pero también están en la periferia nuestras propias regiones de sombra, procuramos no verlas y arrinconarlas. En mi caso, mi pulsión de escritura surge de mis regiones de sombra. Porque mi parte de luz, o que no es sombra, de momento no me lleva a escribir. Lo que me lleva a escribir es lo que me inquieta, lo que me provoca malestar y no entiendo, y necesito mirarlo, explorarlo. Concibo mi escritura como una exploración de eso.

Es que yo creo que pocas veces la escritura surge de la luz.

Sí, alguna vez. O a veces se combinan. Pienso, por ejemplo, en Lucia Berlin.

¿Cree que surge de la luz su escritura?

No, pero está llena de luz. A pesar de que cuenta vidas terribles, arroja una luminosidad que yo envidio, me encantaría ser como ella, aunque igual no lo lograré nunca, porque no me sale. De momento, yo me quedo explorando la basura.

Pero es un material narrativo muy fructífero.

Sí, es casi el único fructífero, porque el conflicto genera discurso. Cuando uno está bien, no necesita generar discurso. Y aquí casi me salgo de la literatura: cuando más hablamos, es cuando tenemos un problema. Se puede decir de casi todos los autores que hay recurrencias, pero es que esas recurrencias no son una repetición porque sí, sino porque estás intentando asir algo, ir hasta el fondo del asunto, dar la mejor versión de eso que quieres explorar.

Imagino que es consciente de que estos cuentos no son de fácil lectura, no son de digestión rápida.

Soy consciente (ríe).

Exigen un esfuerzo añadido, por parte del lector, que incluso en determinados momentos sentirá hasta rechazo. No se lo ha puesto fácil, vaya.

Cuando me hablan del lector, es una figura absolutamente borrosa. Creo que, en efecto, puede haber lectores que se sientan expulsados por la sordidez y, al mismo tiempo, puede haber lectores que se sientan muy atrapados por eso. Seguramente, actúan esas dos fuerzas juntas. Pero, realmente, cuando escribo no pienso en el lector. ¿Qué es el lector medio? Podríamos abrir un debate infinito. Si yo me generara una ficción llamada lector medio, me paralizaría. Porque, finalmente, tú estás escuchando sobre todo al texto. Mi labor no es imponerle al texto lo que yo quiero, y cuando lo he intentado hacer he fracasado. El propio texto encierra su potencia y, a veces, donde te lleva no es donde tú quieres, y es un lugar incómodo.

¿Y se sintió cómoda escribiendo?

Sí. Yo, cuando escribo esto, tengo la sensación de estar liberándome. No me siento mal, para nada.

Me gusta mucho la mención que hace a uno de los álter ego de Pessoa, Álvaro de Campos, a través de ese poema maravilloso: «Desde hace una hora, una hora exacta, un millón de personas está a punto de salir a la calle».

Y le diré que no me acuerdo dónde lo leí, ni en qué momento. De repente, me di cuenta de que eran unos versos que le venían muy bien al texto. Además, es un poema que está lleno de fuerza.

Fíjese que yo, que desconocía esos versos, al leerlos por primera vez pensé que estaban describiendo una revolución, como esos momentos previos a que la gente salga, en masa, a protestar a la calle. Debo de ser una idealista, o quizás sea el momento, qué sé yo…

Es que es como un despertar. El texto está ahí por eso, porque para ella es una revolución.

Hablando de revoluciones, y del momento que vivimos, ¿cree que la literatura debe generar algún tipo de conciencia? Se lo pregunto porque cada vez me cuestiono más su papel en esta sociedad nuestra…

Le respondería con otra pregunta: ¿es posible que la literatura, por lo menos la buena, no genere algún tipo de conciencia? Porque la literatura te da una visión, y una visión es una conciencia.

Hay quien la entiende como mero entretenimiento.

Sí, y hay libros que son de mero entretenimiento. Pero la buena literatura genera conciencia. Otra cosa es que nosotros llamemos conciencia a algo que siempre apunta en un único sentido, que es el de la acción directa política. Pero es que quizás tenemos un concepto demasiado limitado de lo que es la conciencia y de lo que debería ser una acción política. Para mí, arrojar luz a la sombra es una acción política. Otra cosa es que la literatura tenga que ser, directamente, «vete a la calle, monta una barricada...». El lenguaje más político tiene un problema, y es que está lleno de lugares comunes, que son lo menos político que hay.

¿Para usted qué es la política?

Es un acto por el cual uno descubre de qué mimbres está hecho lo real y es capaz, si quiere hacerlo, de liberarse de ellos. ¿En qué consiste la politización? Digamos que hay una serie de lugares comunes, o de pensamiento común normalizado, que creemos que no es ideológico, sino que es el orden natural de las cosas. La politización es señalar que ese orden de las cosas no es tal, sino que es ideológico. Los lugares comunes pertenecen a ese territorio de normalización, donde parece que uno debe ser eso, porque es lo natural. Me voy a ir al feminismo, por ejemplo.

Un tema bastante recurrente, de un tiempo a esta parte.

El feminismo más visible es más reactivo que proactivo y, sobre todo, en él se visibiliza a la mujer como víctima. Creemos que estamos haciendo algo con eso, cuando en realidad estamos repitiendo el patrón de la cultura judeocristiana, donde el lugar sacralizado es el de la víctima. Eso genera un sistema perverso, porque la víctima jamás puede empoderarse, porque si se empodera, ya no es víctima. Yo no digo que no haya que denunciar, y si una es víctima, es víctima, pero hacer de eso un lugar de enunciación es peligroso, porque en realidad estamos reproduciendo lo mismo, los mismos patrones.

Pero el feminismo bien entendido, el que busca la igualdad, lo que reivindica, precisamente, es que las mujeres no son víctimas.

Sí, pero eso se ve menos o, por lo menos, yo lo veo menos. Yo lo que más veo es la recurrencia en presentar a la mujer como alguien débil que necesita ser protegida. La verosimilitud actual es que si ha ocurrido algún caso de abuso, siempre se piensa que es del hombre hacia la mujer; por un lado, eso es justo, porque en la mayoría de los casos es así, pero, al mismo tiempo, haces inverosímil que pueda ser lo contrario, y eso es peligroso.

Claro, lo que pasa es que en el otro extremo está el discurso de Vox.

El problema, desde mi punto de vista, que hay ahora mismo es que la derecha se está apropiando de eso, y no debería; tiene que ser la izquierda la que impida que la derecha se apropie de eso. Porque, al final, esto no genera pensamiento, lo que genera es un partido de fútbol donde si eres de izquierdas tienes determinadas consignas y si eres de derechas tienes determinadas consignas. Entonces, si tú te atreves a poner en duda las consignas de los tuyos, sean de izquierdas o derechas, resulta que te expulsan de la tribu. Eso no es pensamiento crítico, eso es apropiarse, y es terrorífico que la derecha se esté apropiando de eso.

¿De qué se está apropiando, en concreto?

A ver cómo decirlo y que no me caiga encima una somanta de palos… Cuando aparecen las francesas con su manifiesto, con esto del #MeToo, se las descalifica porque son unas privilegiadas, porque están siendo cómplices esclavas de todo ese sistema donde los hombres siempre han tenido ese privilegio; se considera que defender eso es de derechas, en lugar de ver en qué pueden tener razón ellas.

En el fondo, lo que está haciendo es denunciar la ausencia completa de pensamiento crítico en este momento. Tendemos a actuar como un rebaño.

Sí, y si uno se considera de izquierdas, entonces tiene que obedecer fielmente los dogmas. Parece que en este país no salimos de los dogmas, incluso cuando no somos católicos.

Además, yo la escucho y en ningún momento me he planteado que usted no sea feminista.

Soy feminista.

Pero habrá quien, leyendo esta entrevista, se lo cuestione.

Sí, eso es así.

Pero es precisamente por eso, por la ausencia de pensamiento crítico.

Pero eso es muy peligroso y me perturba mucho. Estábamos acostumbrados a que en la derecha no existiera el pensamiento crítico, pero que la izquierda se haya vuelto también así… No sé si es un efecto de las redes sociales… No sé.

Y, ante eso, ¿qué podemos hacer?

Querernos mucho. Escucharnos unos a otros. No concebir a quien piensa distinto como tu enemigo. No expulsar al otro. Eso es lo que tenemos que hacer. Darle al otro espacio. No recortar ningún derecho, porque lo que no le damos al otro no nos lo damos a nosotros.