Elizabeth Siddall, pintada por Dante Gabriel Rossetti en «Regina Cordium» (1860)
Elizabeth Siddall, pintada por Dante Gabriel Rossetti en «Regina Cordium» (1860) - ABC

Elizabeth Siddall: detrás de la musa de Dante Gabriel Rossetti había una poeta

Se publica por primera vez en español la poesía completa de la modelo por excelencia de la Hermandad Prerrafaelita

MadridActualizado:

Hay una diferencia entre el olvido y la extinción: no se puede recordar aquello que ya no está en nuestra memoria; en cambio, si aún existe se puede recuperar, luchar para su conservación y hasta reivindicarlo, llegado el caso. Por eso es deber de todos los que nos dedicamos a eso que llaman Cultura evitar que aquellas voces, de mujeres y hombres, que están en peligro de extinción, porque el tiempo y la Historia pasaron y pesaron, desaparezcan. Y la mejor forma de preservarlas es el testimonio escrito, prueba irrefutable de que una vez estuvieron allí. Con ese ánimo, Marcos Almendros, editor de Ya lo dijo Casimiro Parker, ha querido publicar, por primera vez en español, la poesía completa de Elizabeth Siddall (1829-1862). Sí, quien fuera la modelo por excelencia de la muy moderna Hermandad Prerrafaelita, integrada por John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y compañía, no sólo pintó tanto y tan bien como aquellos para los que posó, cosa que ya sabíamos, sino que escribió poesía y hoy, por fin, podemos leerla en nuestro país.

Misterio

«A ella la conocía primero como musa. Yo también tuve mi etapa de fan absoluta de los prerrafaelitas, y ella me impactó muchísimo», confiesa la poeta Eva Gallud, autora del prólogo de esta «Obra Completa» que a finales de semana llega a las librerías, y responsable, también, de su edición y traducción. Gallud, como tantos, quedó fascinada con esa imagen de Siddall como «Ofelia», flotando en el río, con rostro pálido y largos cabellos, intentando asir unas flores que parecen escapársela como la vida. Así la retrató Millais y así pasó a la posteridad, con ese aura de misterio del que nunca pudo desprenderse, hasta su prematura muerte.

Una de las obras más conocidas para las que Elizabeth Siddall posó fue «Ofelia», de John Everett Millais, en 1852
Una de las obras más conocidas para las que Elizabeth Siddall posó fue «Ofelia», de John Everett Millais, en 1852 - ABC

Con ánimo de «buscar la cara oculta de ese retrato que hemos visto siempre», Gallud empezó a rastrear en la vida de Siddall cualquier pista que le llevara, realmente, a ella. Su biografía la conocía. Había nacido en Hatton Garden (Londres) un 25 de julio de 1829, su padre era comerciante y cuando ella tenía dos años su familia se mudó al sur de la capital británica. No fue a la escuela –al menos no hay registro de que así fuera– y fueron sus padres quienes la enseñaron a leer y escribir. El interés por la poesía nació en ella mucho antes que el gusto por lo artístico: siendo apenas una adolescente que quedó rendida ante los versos de Alfred Tennyson. Poco después, entró a trabajar como ayudante en una sombrerería y fue allí donde su destino quedó ligado, para siempre, a la Hermandad Prerrafaelita. Walter Deverell la echó el ojo, y se la presentó al resto de sus colegas, que la convirtieron en musa de sus creaciones. Así fue hasta que se enamoró, perdidamente, de Dante Gabriel Rossetti, y él de ella.

Dante Gabriel Rossetti, retratado por George Frederic Watts
Dante Gabriel Rossetti, retratado por George Frederic Watts - ABC

La relación entre ambos se volvió tan intensa que ella no volvió a posar para otros. Rossetti se quedó con la exclusividad de su imagen (y de su firma, pues le «sugirió» eliminar la última «l» de su apellido, pero los editores de esta obra han querido devolverle su nombre), aunque le acercó a la pintura desde otro ángulo: el de la creación. Siddall fue la primera mujer que consiguió participar en una exposición con el resto de prerrafaelitas y hasta vendió un cuadro. Todo ello contando con el apoyo y mecenazgo del influyente crítico John Ruskin y en plena sociedad victoriana. Ahí es nada.

«Lady Clare», de Elizabeth Siddall
«Lady Clare», de Elizabeth Siddall - ABC

En 1855, cinco años antes de casarse con Rossetti, Siddall empezó a escribir. «No tenía intención de ser poeta, al menos no lo expresó en ningún sitio. Se supone que escribió en una época en la que no podía pintar porque no se encontraba bien de salud. No fue rompedora. Lo hacía para dar salida a aquello que no podía expresar de otra manera», explica Gallud. Tanto ella como Almendros destacan que la suya es una poesía «conmovedora» y «desesperada», también. «Son baladas desgarradoras. Tienen un color muy oscuro», añade el editor. Fiel reflejo, por otro lado, de los temas victorianos: imposibilidad del amor verdadero, desamor, muerte... «A veces es inocente, pero revela gran variedad de matices: ironía, rabia... Formalmente tampoco es perfecta, pero no le hace falta. Es esa naturalidad... Se relata a sí misma. Sus poemas tienen esa ingenuidad... Son muy ella, a pesar de estar inscritos dentro de cierta tradición», completa Gallud, que desde el principio tuvo claro que la obra que debía llegarnos tenía que ser la original, tal y como Siddall la concibió en sus manuscritos.

Autorretrato de Elizabeth Siddall
Autorretrato de Elizabeth Siddall - ABC

Lo escaso de su producción poética (esta «Obra Completa» consta de 64 páginas, en edición bilingüe) y pictórica se explica por su tormentosa vida. «Si su relación con Dante no hubiera sido tan tóxica...», se lamenta Gallud. Poco después de contraer matrimonio, Rossetti vuelve a inmortalizarla en «Regina Cordium». Siddall, embarazada, sostiene una flor y parece querer huir de la tristeza y la melancolía que la perseguían. Pero la niña que esperaba nace muerta, lo que la sume en una depresión que se agrava por su adicción al láudano, que tomaba para combatir el insomnio, quizás provocado por las constantes infidelidades de su marido. Hasta que no pudo más. El 10 de febrero de 1862, cuando Rossetti regresó a casa de sus clases en el Working Men’s College se encontró a Siddall inconsciente en la cama. Los médicos lo intentaron todo, pero no lograron salvarle la vida. Si fue sobredosis o suicidio nadie más que ella pudo saberlo, y qué más da...

Polémica exhumación

Al día siguiente, sólo los más íntimos de la pareja asistieron al funeral de Siddall. Antes de que se cerrara el ataúd, Rossetti, torturado por la culpa, dejó, junto al cuerpo de la que había sido su musa, amante y esposa, un manuscrito con poemas escritos por él. Pero el pesar de conciencia le duró poco. Siete años después, Rossetti vio la oportunidad de publicar aquellos versos de ultratumba y se las apañó para lograr que exhumaran el cadáver de Siddall sin que la familia de ésta se enterara y, mucho menos, diera su aprobación. Eso sí, prefirió no estar presente (se justificó en su débil estado anímico) y le dejó el muerto (con perdón) a su abogado, que se aseguró de que la cosa fuera secreta.

Siddall, como muchas mujeres de su época –y posteriores–, quedó olvidada, ninguneada. Al hablar de ella, es casi imposible desligarla de esa imagen de musa y «mujer de». Pero ella, como ha quedado demostrado, fue más, mucho más. Y ahora ha recuperado su voz.