El escritor Eduardo Mendoza, premio Cervantes 2016, fotografiado en Barcelona
El escritor Eduardo Mendoza, premio Cervantes 2016, fotografiado en Barcelona - INÉS BAUCELLS

Eduardo Mendoza: «El verdadero problema, en Cataluña y el resto de España, es qué hacemos con la educación»

Recién llegado de Londres, donde supo que había ganado el premio Cervantes, el escritor charla con ABC en su Barcelona natal. «Esté donde esté, mi mirada siempre será la de un barcelonés de la posguerra», confiesa

BarcelonaActualizado:

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) nos cita en el Museo del Diseño de Barcelona, conocido popularmente como «la grapadora», muy cerca de la torre de Jean Nouvel, conocida popularmente como «el supositorio». Llegado de Londres, aprovecha estos días navideños para encontrarse con los periodistas culturales, ya que el premio Cervantes le pilló en la capital británica. A través de los cristales, donde antes hubo fábricas, se divisa el distrito tecnológico @22, que la alcaldesa de la Ciudad Condal, Ada Colau, al más puro «Carmena style», quiere reconvertir en peatonal. «Me divierte que las ciudades se metan en líos», comenta el escritor con ironía sonriente.

El premio Cervantes le sorprendió paseando por la City…

No fue tan casual… Al salir de casa me comunicaron que estaba entre los finalistas: «¡Si te llaman con número desconocido, contesta!». Salí a dar una vuelta y recibí la llamada.

¿Y exclamó: «¡Ya era hora!», como Suárez cuando le nombraron presidente?

¡Que va! Nunca esperé que me darían el premio Cervantes porque estaba dirigido a un tipo de literatura, llamémosle, trascendental. Y por esto mismo me lo han dado: esa idea de que no me correspondía ha hecho que el jurado cambie de registro y reconozca la literatura de humor.

Hasta ahora no había sido así…

Jardiel Poncela y Miguel Mihura merecían un Cervantes, pero la herencia literaria del siglo XIX siempre ha pesado mucho.

José María Pozuelo Yvancos, crítico de ABC Cultural, afirma que Mendoza es el mejor continuador del «instinto paródico» cervantino.

Ante elogios como este conviene ser muy pudoroso. Por circunstancias ajenas a mi voluntad, Cervantes me influyó mucho: cuando estudiaba el Preuniversitario hube de leerlo de manera muy exhaustiva. Fue como la conversión de San Pablo: conocí el habla popular, el humor, la amenidad… Aprendí a adoptar una actitud crítica hacia la sociedad, no amarga, ni ácida. He seguido leyendo el Quijote y, con el paso de los años, lo entiendo de forma distinta.

¿Alguna idea sobre el discurso que pronunciará durante la entrega del premio?

Algo habrá que hacer… pero no estoy agobiado. He leído algunos discursos extraordinarios, como el de Rafael Sánchez Ferlosio: lo mejor que he leído de él. Borges, en cambio, lo despachó en minuto y medio.

¿Cómo discurre la vida británica de Eduardo Mendoza?

Perfectamente pacífica: cada mañana me levanto con el pensamiento de que puedo disponer de las veinticuatro horas de mi tiempo, porque no hay nada que me apremie. Y si se tercia, ¡de las veinticuatro horas del día siguiente! Viviendo en Londres me libro de las obligaciones sociales de Barcelona. El cambio climático ha favorecido a esta ciudad, que sigue siendo oscura, pero con un clima no tan frío y lluvioso como antes.

Pero el clima político anda un tanto crispado. Dejó atrás el «Proceso» catalán y se topó con el Brexit…

El Brexit me lo tomó con más curiosidad que preocupación. Me dio pena que ganara esa opción, no tanto porque el Reino Unido salga de la Unión Europea, sino por la forma en que se ganó: una campaña malévola, llena de mentiras en plan «¡Bruselas nos roba!», «¡Bruselas suprimirá los autobuses de dos pisos y los unificará con los del continente!». Me quedó el mismo mal cuerpo que con las elecciones americanas. El problema es que la gente no vota porque ya no confía en el sistema. No es un panorama alentador, la verdad.

Lo de «Bruselas nos roba» nos suena bastante en Cataluña… Juguemos a Plutarco. Vidas paralelas. Theresa May y Carme Forcadell…

Ambas demuestran que pueden hacer las cosas tan mal como cualquier hombre. Pero los hombres del Brexit son iguales, o peores: el amoral Boris Johnson, Farrage haciendo el payaso…

En 2015 conmemoró cuarenta años de su primera novela, «La verdad sobre el caso Savolta» –ahora rebautizada con su título original, «Los soldados de Cataluña»–, y este año se cumplen tres décadas de «La ciudad de los prodigios». ¿Qué «prodigios» ha conocido Barcelona desde aquel 1986?

El gran prodigio ha sido pasar de la nada al famoseo. Cuando escribí la novela, Barcelona era una ciudad decadente y gris y ahora es una marca internacional. Cuando digo en Londres «Yo soy de Barcelona» se me abren las puertas. Antes decías «Yo soy de Barcelona» y te contestaban: «¿Y qué?». Somos la ciudad de la gastronomía, del diseño, de la arquitectura, del Barça de Messi… e incluso del Proceso, que ellos sitúan en la onda del referendo escocés y del Brexit.

Proceso… Viajemos de Londres a Praga. ¿Qué les dijo a los checos cuando fue a recoger el premio Kafka?

¿Qué les iba a decir? Que era un premio muy apropiado porque estaba inmerso en una situación kafkiana… Unas declaraciones mías en la Fundación Mapfre se malinterpretaron. En Praga los checos me dijeron que yo había dicho que Kafka no sabía escribir novelas y, pese a todo, me habían premiado… Ya lo ve. El Proceso me persigue allí donde voy.

Kafkiano o catalán… En serio, ¿no le preocupa el Proceso independentista?

En Cataluña hay problemas más acuciantes. El Proceso ha quedado en una segunda línea.

Usted reivindica el bilingüismo y parece que sea algo subversivo en la Cataluña nacionalista…

Me invitaron a un encuentro sobre bilingüismo, fui y como ahora soy un londinense inocentón no le di ningún sentido político, aunque parece que lo tiene. El bilingüismo es un hecho indiscutible que nadie podrá cambiar y que no debe verse como problema. El verdadero problema, en Cataluña y el resto de España, es qué hacemos con la educación.

Su admirado Pío Baroja aseguraba que en la novela cabe todo. ¿Cómo han evolucionado sus novelas?

En «La verdad sobre el caso Savolta» metí de todo para disimular mi ignorancia y poca pericia al coser los materiales novelescos. Ahora mis novelas son más estilizadas y lineales. La novela actual se hibrida con la no ficción y la biografía. La novela no ha muerto, lo que ha muerto es una determinada forma de escribir novelas.

El centenario del nacimiento de Luis Romero y Mercedes Salisachs ha pasado desapercibido en 2016… ¿No cree que esa generación merece ser más reconocida?

Laforet, Romero, Gironella, Salisachs y Agustí constituyeron el alimento literario de mi juventud. En mi casa estaban todas sus novelas. Pero hoy todo va a tal velocidad que pocos se acuerdan ya de autores más recientes, como Manuel Vázquez Montalbán o Terenci Moix. La novela de la que se habla ha de ser de este año. Cuando se escogen los diez mejores libros del año siempre son los que han salido en los dos últimos meses. Del que salió en febrero nadie se acuerda.

Pero usted no es aquel escritor que fue famoso el año pasado. Los lectores no solo hablan de la última novela de Eduardo Mendoza…

Mis novelas permanecen porque forman parte del «entertainment» y los lectores recuerdan los buenos ratos que pasaron conmigo. ¡Eso no se lo decían ni a Balzac!

¿Dejará Barcelona para novelar otra ciudad, como hizo en «Riña de gatos», que transcurría en Madrid?

También ambienté en Venecia «La isla inaudita» y «El asombroso viaje de Pomponio Flato»… digamos que en Nazaret. Me gustaría escribir una historia itinerante: lugares en los que he vivido, por dónde he pasado… Pero siempre, esté donde esté, mi mirada será la de un barcelonés de la posguerra.