El escritor francés David Foenkinos, fotografiado en una de las salas del Museo Thyssen, en Madrid
El escritor francés David Foenkinos, fotografiado en una de las salas del Museo Thyssen, en Madrid - IGNACIO GIL

David Foenkinos: «Escribir es un adulterio, como llevar una doble vida»

El autor francés reivindica el valor del arte en su nueva novela, «Hacia la belleza»

MadridActualizado:

En «Coney Island», una de las canciones salidas de la luminosa cabeza de Ricardo Lezón e incluidas en el álbum de McEnroe«Rugen las flores» (Subterfuge, 2015), puede escucharse, sin necesidad de recurrir al estribillo: «Y saber que la tristeza tiene su parte de belleza». Y, si uno lo piensa, es cierto. Pero, claro, para eso hay que detenerse, y no están los tiempos para florituras mentales. Por eso son tan necesarias letras como las de Lezón y libros como «Hacia la belleza» (Alfaguara), la última novela del escritor David Foenkinos (París, 1974). Tras encandilar a millones de lectores con «La delicadeza» (2009), su mayor best seller hasta la fecha, o rescatar del olvido a un personaje como la pintora judía Charlotte Salomon, tan real que parecía obra de la ficción, el francés se encerró en sí mismo, en busca de la belleza. Y la encontró, en el arte.

Sólo él, virtuoso de las pequeñas historias, es capaz de convertir en héroe de sí mismo a Antoine Duris, un prestigioso profesor que, de la noche a la mañana, deja su puesto en la Escuela de Bellas Artes de Lyon para trabajar como vigilante en el Museo de Orsay, en París. ¿Su objetivo? Contemplar, eternamente, si fuera posible, el retrato que Amedeo Modigliani hizo de Jeanne Hébuterne y, de paso, dejar atrás un episodio doloroso.

En el fondo, la novela es una reflexión sobre «el arte como refugio», según explica Foenkinos mientras pasea por el Museo Thyssen en compañía de ABC. Es la primera vez que el escritor visita la pinacoteca madrileña y no puede evitar que se le escape un «¡Me encanta!» al contemplar una de las obras de Emil Nolde que alberga una de las salas. «A los 16 años, enfermé del corazón. Estuve muy grave, al borde de la muerte. Mi entorno familiar no era cultural, pero, en ese momento, los libros y el arte me salvaron». De ahí que el arte, como máxima expresión de la belleza, atraviese, de alguna forma, todos sus libros.

«El arte no puede curarlo todo, pero sí la melancolía y, a veces, la dificultad de vivir. Para mí, el arte es un consuelo más. La belleza nos permite escapar de nosotros mismos para encontrar una forma de consuelo». Sabiendo –y eso es lo difícil, en una sociedad tan instantánea que se ha vuelto casi virtual– que, como cantaba Lezón y asevera Foenkinos, «en la tragedia hay belleza». «Ahora, es tan fácil huir… Siempre podemos estar en otro sitio, podemos pasarnos la vida sin vivir nuestra vida. El mundo se ha vuelto un lugar brutal, difícil. Por eso hay un retorno a la música clásica, a lo religioso, hay una necesidad de ir hacia las cosas reales, que no sea todo virtual. Necesitamos volver a lo concreto». Como buen escritor, cuya materia prima es la imaginación –a veces desbordada–, Foenkinos se muestra optimista y cree que «el mundo va a cambiar todavía más, se va a desconectar».

Peligro

El peligro, en esa progresiva vuelta a la realidad, es que la cultura se banalice y, como el amor, se termine rompiendo, de tanto usarlo. El ejemplo lo tenemos en los museos, abarrotados de turistas que, más que contemplar, extasiados, parecen interesados en consumir y hacer fotos. «Es magnífico que la gente abarrote las exposiciones de Modigliani, me encanta. Pero hemos perdido la capacidad para contemplar el arte. No entiendo cómo alguien puede ver un cuadro corriendo, de paso. Hace poco estuve en Viena y había que hacer cola de dos horas para contemplar “El beso”, de Klimt».

De hecho, Foenkinos, que se negó a esperar para ver la obra, captó con su teléfono móvil la imagen, más propia del Primark de la Gran Vía madrileña un sábado por la tarde que del Palacio Belvedere. La cara de felicidad del escritor al contar cómo el pasado lunes, día en el que cierra el Orsay, le abrieron el museo para una visita privada lo dice todo. Claro que la publicidad que la novela ha hecho de la pinacoteca, comparable al favor que Dan Brown le hizo al Louvre con «El código Da Vinci», bien vale un detalle con el autor.

Rodeados de belleza, no está de más preguntar, sin caer en la palabrería edulcorante, qué es, para Foenkinos, el «arte de amar». «Poner al otro por delante, que su corazón esté en nuestro corazón, que su felicidad sea más importante que la nuestra. Cuando uno ama, siente eso». ¿Y cuando escribe también? «No he estado enamorado muy a menudo, pero para mí la vida es mucho más importante. La escritura es un refugio, un adulterio, como llevar una doble vida. Pero lo más importante es la vida».