Danzando con momias
Dolors Marín Historiadora

Danzando con momias

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La Semana Trágica, la revuelta obrera y anticlerical ocurrida en Barcelona hace cien años, fue un violento choque de ideas, prejuicios, aspiraciones, pasiones y rebeldías que determinarían todo el posterior desarrollo del siglo XX. En el pasaje que a continuación reproducimos, se narran algunos de los episodios más convulsos que acompañaron a la quema de conventos

El gigantesco incendio provocado el martes 26 prosiguió de noche y durante todo el miércoles. Deambular de un barrio a otro, de barricada en barricada, de incendio en incendio, se convirtió en la ocupación de muchos jóvenes que observaban con curiosidad lo que estaba sucediendo.

Existió una diferencia con la quema de conventos de 1835, mucho menor en importancia. En la primera, no se respetó la vida de los religiosos. Ahora, se dejó marchar en paz a los ocupantes de todas aquellas mansiones enormes, que ocupaban grandes espacios en el entramado urbano, y en la periferia, en las faldas de la sierra como Sant Gervasi o Sarrià.

Al revisar la lista de los conventos e iglesias incendiados, vemos que los primeros en arder fueron los del centro de la ciudad, los más odiados, los más grandes y aparatosos. Después, los de las barriadas obreras, vecinos de sus centros obreros, o de sus escuelas. Los conventos abiertos, con sus puertas y ventanas destrozadas, dejaron penetrar la luz del día en su interior. Sus rincones más íntimos quedaron al descubierto y el pueblo desfiló curioso por salas, claustros, corredores y habitaciones.Toda la amplitud y suntuosidad que envolvía la vida monástica era observada atentamente por todos los estratos de la población. Las humildes habitaciones de las monjas y las niñas obreras contrastaban con las riquezas acumuladas en algunos conventos.Y el pueblo removió en su curiosidad hasta aquellos lugares impenetrables en que el dominio de la muerte parecía asegurar la tranquilidad eterna.

En el convento de las Magdalenas ya hubo escenas de sorpresa. Los incendiarios dejaron como muestra, para que la visitara la población, una habitación con una extraña cama. Pronto se habló de torturas, en un ambiente propicio y contaminado por la multitud de leyendas negras atribuidas a las monjas.Y en una habitación, con una cama de metal con tubos conectados a las tuberías del gas y con herrajes para atar a «las víctimas», surgió una leyenda urbana: aquello se bautizó como «la habitación del martirio», y el mito persistió en los relatos que desde el movimiento obrero se hicieron sobre aquella lucha.

También en aquel convento se pudieron ver las primeras imágenes de las momias de las monjas. El pueblo, cada vez más morboso, abrió las tumbas de los conventos para ver si a las monjas se las enterraba con sus joyas, o sencillamente, por atacar aquello que tradicionalmente se había considerado sagrado.Y la sorpresa llegó con la apertura de las tumbas: las monjas estaban atadas de pies y manos, con pesadas disciplinas. El rumor corrió de boca en boca, parecía que habían sido torturadas.

Y no sólo eso. En el monasterio femenino aparecieron los cadáveres de hombres y niños enterrados en el claustro. Parecía que todas las sospechas acumuladas por los anticlericales se tornaban realidad. Nada pudo explicar la presencia de aquellos cadáveres. Se pensó que las monjas escondían a sus propios bebés muertos al nacer, o que eran hijos de muchachas ricas que ocultaban en el convento su falta, algo creíble para la época, ya que las monjas acostumbraban a ofrecer aquellos retoños a damas ricas que no podían tener hijos para adoptarlos o hacerlos pasar por hijos legítimos.

Estos hechos no hicieron más que avivar las llamas de las hogueras encendidas. El odio aumentaba con aquellos hallazgos.También se descubrieron «habitaciones de castigo», sin ventanas propias, como celdas de castigo. La santidad y la bondad parecían escaparse como el humo hacia el cielo. Lo terrenal se imponía en esta violenta apertura de las tumbas, en esta muestra a las turbas de las vergüenzas de los conventos.

Pasada aquella semana, se siguieron pidiendo explicaciones de todo aquello. Nada, el silencio por respuesta. Excusas, como que la cama de la tortura estaba destinada a una monja enloquecida, que los niños habían sido recogidos de la calle...

Las Noticias aprovechó oportunamente la polémica y publicó una buena porción de opiniones, incluso la de las monjas, para acabar diciendo algo muy peregrino que parecía confirmar la opinión popular: «Algunas órdenes se martirizaban con el fin de consagrase a Dios. Si la cama y la habitación se utilizaban o no para los fines que supone la gente, sólo Dios y las monjas lo saben».

El miércoles despertó la ciudad entre llamas. Las mujeres siguieron acudiendo a los mercados para proveer sus casas, ya que éstos permanecían abiertos de 7.00 a 9.00. Hubo refriegas por la llegada de los alimentos frescos a los mercados y por la distribución de carne cerca del matadero de la ciudad. Con el estómago lleno era más fácil hacer la revolución. La situación resultaba inverosímil. Había más de treinta mil revolucionarios en la ciudad:mujeres,hombres, jóvenes y viejos que tomaban las calles ante la mirada pasiva de la burguesía y el ejército, que muy minoritario, no se atrevía a abrir fuego en una gran batalla que si se perdía podía significar el dominio exclusivo de la ciudad por los hombres de Solidaridad Obrera, y las bases del Partido Radical.Y aquello provocaría una revolución en toda regla, como algunos grupos estaban intentando.

Esta inactividad del ejército dará valor a algunos francotiradores que, desde las casas particulares, dispararon contra ellos. Aquella mañana se dieron los primeros casos. En uno de ellos, los que disparaban eran dos guardias de seguridad. Uno de los cuales había dejado de acudir aquel día al servicio militar, es decir, desertaba, y su compañero tenía una licencia por estar enfermo de tisis, y había sido guardia civil. Dejando aparte este caso particular, se dio la circunstancia de que muchos guardias de seguridad no se presentaron en sus puestos, ya que no querían disparar sobre la población, sobre sus propios vecinos o amigos. Además, algunos de ellos pertenecían al Partido Radical. Fueron setenta y ocho los guardias de seguridad expulsados de sus puestos por desertar.

Se acusó a los asaltantes de saquear y beneficiarse de los bienes sustraídos de los conventos e iglesias. A tenor de las descripciones de los periodistas o de los mismos asaltantes, no sucedió así, ya que parece ser que todo fue enviado a la pira incandescente. Además, esta conducta era reprochada por los mismos asaltantes, que mantenían una dignidad y un orgullo propio de este tipo de episodios urbanos.

Por la tarde proliferaron los episodios con cadáveres y fisgoneo de las tumbas. Las mujeres parecían no tener freno en su afán por conocer los secretos de los conventos y se organizó uno de los actos más populares de la semana de la quema de conventos, que viene reseñado en la mayoría de testimonios de aquellos días. Josep Benet lo recoge en su monografía sobre el tema, también Fabra Ribas y José Comaposada.

Este último explica el impacto de la obra de teatro de Jaime Piquet sobre Los misterios de un convento, o la monja enterrada viva. La prensa liberal la había aireado profusamente y permanecía en el imaginario popular catalán. La obra se había representado en el teatro Odeón y, de vez en cuando, se reponía. La obra se basaba en un hecho verídico que había sucedido en el convento de las Jerónimas.

Poco después, otro acto, que tuvo lugar en el mismo convento, volvió a conmover a la opinión pública: una chica había escapado del convento a causa de los malos tratos recibidos, se intentó suicidar fallidamente, pero desapareció misteriosamente del hospital de la Santa Cruz, donde había sido conducida.

Literatura fantástica

Por no hablar de toda literatura fantástica sobre monjas emparedadas, clamores nocturnos, raptos de muchachas, o castigos corporales debidamente distribuidos desde mitad del siglo XIX entre los sectores críticos al papel de la Iglesia. Pero nada hacía presagiar lo que en breves momentos sucedería.

Porque aquí lo que se produjo fue una insólita procesión anticlerical que revistió los mismos aspectos que aquellas que pretendían combatir. Las mujeres se hicieron cargo de los cadáveres desenterrados de quince monjas, que estaban atados de pies y manos.

Fueron transportados en sus ataúdes, a la vista de todos, hasta el Ayuntamiento, para que las autoridades observasen qué era lo que hacían los religiosos, sus prácticas de martirios y de tormentos horribles, que recordaban la leyenda de la Inquisición, tan «trabajada» por los anticlericales. El largo cortejo fúnebre estaba formado por no menos de un millar de individuos, que iban dejando algunos cadáveres en los momentos en que eran interceptados por la fuerza pública.También protestaban por la gran cantidad de cadáveres que habían sido enterrados, no en los cementerios de la ciudad, sino en las huertas de los conventos, entre las casas de vecinos, algo totalmente antihigiénico, en unos años en que la peste y el cólera hacían estragos entre la población barcelonesa.

Y los cadáveres volvieron a la calle, en la macabra ruta hacia las barriadas obreras, hacia las Ramblas y el Paralelo, pero al pasar cerca de las casas de los banqueros Güell y López, los Comillas, los cuerpos fueron depositados en medio de la chirigota general.

Los revolucionarios cogieron los cadáveres, y un muchacho, Ramón Clemente Garci, de veintidós años, carbonero y discapacitado, bailó una danza macabra con uno de los cadáveres mientras lo transportaba a la portería de los Comillas.Y esto le valdría la pena de muerte. Ciertamente, había algo en aquella revolución que seguía siendo intocable en medio de tanto despropósito: los marqueses de Comillas.

El sábado por la mañana, la calma regresó a la ciudad. Atrás quedaban los incendios, aunque las columnas humeantes aún señalaban los lugares donde se emplazaban los conventos e iglesias.

El Ejército se vio reforzado y se reanudaron las comunicaciones. La ciudad despertaba de su sueño revolucionario o, para otros, de su pesadilla anticlerical.

(...)

A los pocos días del fin de las jornadas, en una ciudad desconcertada y donde las clases trabajadoras estaban atemorizadas por el impacto de las primeras represiones, aparecieron ya las primeras valoraciones políticas de los hechos.

Unas valoraciones cautas, ya que el estado de guerra se decretó el 26 de julio y duró hasta el 17 de agosto. Las garantías constitucionales suspendidas el 27 de julio no volverían a restaurarse hasta el 10 de noviembre.

El gobierno Maura reprendería con saña la revuelta urbana que había contradicho su envío de tropas hacia Melilla, y además «dimitiría» al gobernador civil Ossorio y Gallardo, al que nunca tuvo en mucha estima... demasiado aperturista...