La escritora Concha Méndez, en una imagen de 1970
La escritora Concha Méndez, en una imagen de 1970 - ABC

Concha Méndez toma la palabra

Renacimiento recupera las «Memorias» de la poeta, basadas en conversaciones con su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre

MadridActualizado:

Cuando Concha Méndez (1898-1986) cumplió 83 años, a su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre, se le ocurrió la idea de entrevistarla. La poeta siempre había sostenido que uno empieza a ser viejo cuando atraviesa la frontera de los 80. Según su propia tesis, estaba, por tanto, en los inicios de su vejez. Los problemas de visión que arrastraba desde hacía tiempo empezaron a agudizarse y la nostalgia se apoderó de sus recuerdos, hasta detenerse más en su infancia que en lo que ayer mismo había comido. Ulacia Altolaguirre, que se pasó su adolescencia viendo cómo la gente entraba y salía de su casa de México para preguntar a su abuela por sus contemporáneos, decidió que había llegado el momento de que ella tomara la palabra. De que contara su propia historia. De viva voz. Fue así como surgieron estas «Memorias habladas, memorias armadas», que aparecieron por primera vez en 1990 y que la editorial Renacimiento acaba de recuperar.

Sufrimientos

«Yo la quise mucho. La idea de grabarla fue por amor, para crear un vínculo con ella fuera del tiempo. Era una mujer entrañable que sufrió mucho, la guerra y el exilio la destruyeron. Es de admirar que en este último relato renunció al resentimiento, dándome la lección final de que la felicidad es una decisión», cuenta a ABC Ulacia Altolaguirre. A Dedé, como la llamaban sus nietos, le encantó la idea de ser grabada. Cada sábado, su nieta acudía a su encuentro, encendía la grabadora y la dejaba hablar. Grababan en su cuarto, «un espacio amplio donde tenía su biblioteca, su mesa de trabajo y una copia del siglo XIX de un retrato de Sor Juana Inés de la Cruz». Ella se apoyaba en apuntes que iba tomando durante la semana. Su nieta no la interrumpió nunca, ni le preguntó nada. Acumuló veintitrés horas de grabaciones.

Méndez no estaba interesada en saldar cuentas con su pasado. Ella misma empezó varias veces a escribir sus memorias, ya que «algún día» su nieta se asomó a «un cajón de una gran cómoda suya» y vio «un bloque de cuartillas escritas», pero no se atrevió a leerlas. «Si las rompió, me imagino que fue porque no quería dejar un testimonio amargo de su vida», reflexiona Ulacia Altolaguirre. Su nieta la describe como «una feminista por necesidad» que tuvo «la curiosidad de ver qué había fuera de la vida familiar, y también el valor de hacerlo».

Por las páginas de estos recuerdos pasan sus compañeras del Lyceum Club Femenino de María de Maeztu, Maruja Mallo, Salvador Dalí, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Buñuel... Con este último mantuvo una relación de siete años que acabó en desengaño y tras la que, según su nieta, «nació el impulso de ser ella misma». Dotada de «un dominio natural de la lengua española y de un oído maravilloso, se volvió poeta y con esto descubrió su yo interno». En 1925 se marchó a París y poco después llegaron sus primeros poemarios: «Inquietudes» (1926) y «Surtidor» (1928).

La suya, según la poeta y editora Elena Medel, es una escritura que «dialoga con la tradición hispánica y en la que se escuchan otras interferencias: el juego con los símbolos más francés que modernista, y un discurso con una voz femenina muy marcada, que se construye universal desde lo particular». Podríamos pensar que esa voz, poderosa, valiente, empezó a apagarse el mismo día de 1932 que se casó, en Madrid, con Manuel Altolaguirre. Pero estas memorias demuestran que no. Es cierto que, durante muchos años, demasiados, pasó a ser «la mujer de», pero Méndez no cejó nunca en su empeño de que la tomaran en serio como escritora.

Exilio

Pasaron los años de la imprenta, de la editorial –a La Verónica debemos la publicación de revistas y libros fundamentales para nuestra literatura– y llegaron los del exilio. Primero Inglaterra, luego Bélgica, Francia, Cuba... Hasta que llegó (llegaron, porque Altolaguirre se la unió para cruzar el charco) a México, donde se quedó a vivir. En su casa de Coyoacán tuvo alojado, durante diez años, a Luis Cernuda, que murió, de un infarto, en su habitación. Su nieta recuerda con tristeza lo difícil que le resultaba vivir exiliada en el país azteca, donde tuvo que reinventarse: «No pudo desenvolverse profesionalmente. Se había separado, se había hecho mayor y a sus nuevas amistades no les interesaba que hubiera sido amiga de Lorca, Buñuel o Dalí. Seguro que la tildaban de fantasiosa».

Pero, medio siglo después, gracias a estas «Memorias habladas» y a la labor de Paloma Ulacia Altolaguirre, Concha Méndez empieza a recuperar su lugar en la historia literaria de nuestro país.