Concha Méndez: «Me ponía un mono para trabajar, entonces no se le ocurría a nadie que una mujer anduviera de pantalones»

Con motivo de la publicación de las memorias de la poeta, recuperamos la entrevista que apareció en ABC en octubre de 1970

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Concha Méndez, escritora, impresora, viuda de Manuel Altolaguirre, con el que compartió afanes editoriales que van unidos a la historia de la poesía española en una gran época, es testigo inestimable de unos años de vida literaria. Su último viaje a España -«¡con lo bien, que yo lo estaba pasando!»-, lo interrumpió un accidente que la obligó a emprender enyesada el regreso a México para pasar la convalecencia en su casa. La visité aquí en la casa familiar, supervivencia de un concepto de vida y espacio del que quedarán pocos testimonios en el centro de la ciudad, casa amplia horizontalmente, dentro de un jardín grande, verdadera zona verde, arbolada y florida.

Mira, yo nací en 1898, eso nadie me lo quita, así que tengo ya setenta y dos años. Nací en Madrid, pero no en esta casa, vivíamos aquí, eso sí, cuando yo empecé mis viajes; el primero, a Londres, te voy a contar... Yo debí nacer con el alma viajera porque entre mis recuerdos de niña guardé siempre el del puerto de Santander lleno de barcos, inmensos, me parecía que se iban para todos los lugares del mundo, todos iluminados de luces en la noche. A los siete años ya decía yo que me iría un día en uno de esos barcos. Y resultó que un día me fui.

A Concha hay que dejarla hablar a su ritmo para llegar, medio siglo hacia atrás, más o menos, al momento en que se incorpora al mundo literario de la época.

Nosotros veraneábamos en San Sebastián y allí fue donde a los dieciocho años conocí a Luis Buñuel, y por él, que entonces estudiaba en Madrid y en la Residencia de Estudiantes, era compañero de García Lorca y de Dalí, entré en contacto con mucha gente, de la que formaba el que habría de ser el segundo Siglo de Oro español. No, las chicas de la época no teníamos libertad de ninguna clase, ni salíamos solas, las señoritas de compañía eran una institución imprescindible. Poco a poco y desde que fui mayor de edad yo empecé a evadirme de tutelas, como podía, y eso me sirvió para cambiar los tés danzantes, entonces estaban de moda los tés danzantes, y los paseos de la Castellana por exposiciones, conferencias y tertulias literarias. Empecé a escribir; a los veintiséis años publiqué mi primer libro, «Inquietudes», el segundo fue «Surtidor». Mi asesor literario era Rafael Alberti, que había ganado ya el premio nacional de Literatura. Pero no estaba contenta, seguía empeñada en marcharme...

El primer viaje lo hace Concha Méndez a Inglaterra en un barco de cabotaje de los llamados vagabundos. En el Centro de Estudios Históricos había obtenido el título de profesora de español. Esto le sirve para sostenerse en Londres, en donde da alguna conferencia -en la Anglo Spanish la presenta el embajador de España, marqués de Merry del Val- y lecturas de sus poemas. A los seis meses regresa a España con unos ahorros que le permiten pagarse un pasaje de emigrante a bordo del «Infanta Isabel»

A mi familia no le podía pedir nada, no quería. Lo arreglé yo y fui de los últimos emigrantes que llegaron a la Argentina. Claro que aunque no llevaba dinero llevaba algunas recomendaciones y, además, unos amigos de Barcelona le habían hablado al capitán que me hizo trasladar a tercera clase. Lo pasé muy bien en aquel viaje, nunca olvidaré la escala en Río de Janeiro, un amanecer en que la ciudad estaba iluminada a un tiempo por las luces del cielo y de la tierra, ni el inmenso río de la Plata, ni la llegada a Buenos Aires. Legué el día de Nochebuena de 1929. Toda la ciudad estaba de fiestas.

En Buenos Aires hace amistad con Guillermo de Torre y con Ramiro de Maeztu, publica su libro «Canciones de mar y tierra», prologado por Consuelo Berges, colabora en diarios y revistas, trabaja en la sección creada por la Embajada española para becar a estudiantes en España, conoce a escritores y artistas, hace un viaje a Uruguay con Alfonsina Storni. Al cabo de dos años regresa a España, deteniéndose en Londres y en París, tiene ya formalizado su compromiso de matrimonio.

Pero verás lo que pasó. Aquí iba a conocer a Manuel Altolaguirre, del que ya me habían hablado en París; ya se había hecho famoso en su imprenta Sur, de Málaga, y con la revista «Litoral», ya sabes la labor que estaban haciendo él y Emilio Prados. Pero primero voy a hablarte de aquel Madrid que me encontré y que me recibió con los brazos abiertos. Empecé a asistir a las tertulias literarias. Conocí a Ramón Gómez de la Serna, a Valle Inclán, a Juan Ramón, a Antonio Machado, a Ortega, a Eugenio d'Ors. Estaba deslumbrada. Publiqué entonces dos obras teatrales: «El personaje representativo» y «El ángel cartero», que se había representado en el Lyceum Club femenino. Yo era una de las fundadoras del Lyceum. A Manuel Altolaguirre me lo presentó García Lorca, una cosa casual y que fue de la mayor importancia en mi vida.

¿Se dedicaba ya aquí a trabajos de imprenta?

Era su oficio en donde quiera que estaba, un oficio del que hacía un arte. Por eso yo al conocerlo me interesé por la imprenta. Compramos a medias una máquina pequeña y la instalamos en una habitación en el centro de Madrid. Aquel sitio era el punto de reunión de los poetas. Iba Juan Ramón, que nos hizo un retrato poético que después apareció en el libro titulado «Españoles de ambos mundos». En aquella primavera de 1932, el 5 de junio, nos casamos Manolo y yo. No te puedes imaginar lo que fue aquella boda. No teníamos dinero para invitar a nadie y no faltó un poeta ni un artista, se enteraron y allí estaban, además de las quinientas asociadas del Lyceum Club...

Ya serían menos, Concha...

Que tú no sabes lo que fue aquella boda. Mira, de testigos en la iglesia firmaron Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, José Moreno Villa, Edgard Neville, Diez Cañedo, Jorge Guillén, el capitán Iglesias, Carlos Moría, y en el juzgado Luis Cernuda y el librero Sánchez Cuesta. Yo no tenía ramo de flores, llevaba un ramo de perejil.

A Concha Méndez le entusiasma recordar su boda. Se olvida de la pierna enyesada, de la incomodidad del viaje que la espera, para zambullirse en esos momentos del pasado que vivió intensa y gozosamente. Después viene la dura brega con la imprentilla instalada en la casa en que vive el matrimonio. Nace y muere el primer hijo y Concha escribe «Niño y sombras». Marchan después a Londres, pensionado Altolaguirre para ampliar sus conocimientos del arte tipográfico. Allí nace el segundo hijo, una niña. Regreso a Madrid, a la misma casa que durante la ausencia de los dueños había ocupado Luis Cernuda. Años más tarde Cernuda vivirá algún tiempo y morirá en la casa de Concha Méndez en México. Pero no hay más remedio que resumir lo que cuenta Concha, mencionar solamente la gran tarea de editor e impresor de Altolaguirre, la fundación de revistas como «Poesía» y «Héroe». Concha publica entonces los poemas de «Vida a vida» y la primera edición de su teatro de niños: «El carbón y la rosa». No se les agota la iniciativa y sacan una nueva revista, «Caballo verde para la poesía», cuya dirección le ofrecen a Pablo Neruda.

A los pocos meses de estallar la guerra salí con mi hija de España y pasé un año entre París, Londres, Oxford, Bruselas. Recuerdo que, ya acabada la guerra, en París estuvimos en casa de Paul Éluard, que nos alojó, y allí conocí a Picasso, que ya era amigo de Éluard y de Manolo, y que iba a verlos. Después de París, La Habana; allí publiqué «Lluvias enlazadas», libro de poemas, y escribí una obra de teatro, «La caña y el tabaco», alegoría antillana en verso, y en verso, también, un auto sacramental, «El solitario», que se editó allí con prólogo de María Zambrano. Después de La Habana, cuatro años estuvimos allí, México. Nuestro oficio era escribir e imprimir, siempre lo mismo, no descansábamos. En México escribo yo «Sombras y sueños» y «Villancicos». Ya sabes que Manuel Altolaguirre perdió la vida aquí, en España, en un accidente de automóvil, y cuatro años después muere en mi propia casa Luis Cernuda, a quien siempre habíamos considerado como un hermano. ¡Pero qué tiempos los de Madrid! Recuerdo que ya casados Manolo y yo tuvimos la casa y el taller en Viriato, 7. Yo me ponía un mono para trabajar, entonces no se le ocurría a nadie que una mujer anduviera de pantalones. Y el centro de reunión que era aquella casa, ¡qué tiempos! Ya ves qué lejos queda todo.

Concha, ¿has podido conservar un archivo completo, guardas ejemplares de cada una de vuestras revistas, de las ediciones en aquellas colecciones hermosas que fundó Altolaguirre, o los dos?

No, desgraciadamente. Se han perdido muchas cosas.

Entran y salen en la habitación dos grandes dogos; uno, muy viejo y muy cansado; otro, joven, espléndido, inquieto, que hay que estar alejando de la pierna enyesada y extendida de Concha. La habitación, como la de una clínica, está despejada de todo le que pueda entorpecer la atención de la enferma y sus movimientos

Ya ves todos los trastornos que estoy causando a esta gente, a mis hermanos, cuatro viven aquí, yo fui la mayor de diez; los tengo sin poderse ir de vacaciones, buenísimos todos, porque no puedo estar más atendida, pero les vine a hacer la Pascua. ¡Y con lo bien que lo estaba pasando yo! En mi viaje de 1986 imagínate qué impresión me hizo volver a esta casa; después de tanto tiempo, era encontrarse con lo conocido ya desconocido. Y ahora es distinto, no sabes lo contenta que estaba yo ahora y los planes que tenía. Ya me voy, me llevarán en camilla o como sea al avión y ya veremos cómo me acomodan. Allá en México ya me irá a recoger mi hija, mi Palomita. Y nada, a quedarme con la pierna estirada el tiempo que sea. Si quieres ir a México, mira, anímate a ir, tienes mi casa, me encantaría que fueras, aún me quedan muchas cosas que contarte, aún hay mucho que hablar...

Concha Méndez está pasajeramente inválida, paro el accidente no le ha hecho perder el humor ni ha disminuido su explosiva vitalidad.