Chet Baker, con su inseparable trompeta
Chet Baker, con su inseparable trompeta - ABC

Chet Baker, el James Dean de la era dorada del jazz

James Gavin, autor de la gran biografía «Deep in a dream», analiza la figura del cantante y trompetista, de cuya muerte se cumplen treinta años el próximo 13 de mayo

MadridActualizado:

A las 3:10 de la madrugada del viernes 13 de mayo de 1988, la Policía de Ámsterdam retiró el cadáver de un varón de la acera, justo delante de un hotel cercano a la Estación Central. La proximidad de la calle Zeedijk, escenario habitual de los mayores y más sonados trapicheos con drogas en la ciudad holandesa, hizo que los agentes pensaran que se trataba de un pobre diablo más, víctima de la adicción. Convencidos de aquello, dejaron el cuerpo anónimo en el depósito de cadáveres. Al día siguiente, Peter Huijts, «road mánager» holandés del trompetista y cantante estadounidense Chet Baker (Yale, Oklahoma, 1929), conocido en su momento como «la gran esperanza blanca del jazz», identificó el cadáver. La muerte del músico se atribuyó entonces al suicidio o a un «accidente» causado por las drogas.

Sin embargo, James Gavin, autor de la gran biografía «Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker», que estos días Reservoir Books recupera en España coincidiendo con el 30 aniversario de su fallecimiento, difiere «de todas las teorías oficiales». «¿Saltó?, ¿se cayó?, ¿lo empujaron? La versión que me parece más verídica es la que describo en el libro», explica Gavin, en conversación con ABC. Según relata, la ventana del hotel en el que Baker se alojaba, en una habitación del tercer piso, sólo podía abrirse 30 centímetros, por lo que descarta que se hubiera caído de forma involuntaria.

Además, aunque había restos de droga en la estancia, un portavoz de la Policía aseguró que no se había encontrado heroína en la sangre de Baker. Poco tiempo antes de su muerte, el músico había confesado a varias personas de su entorno que alguien iba a por él. Carol, su viuda inglesa, que por entonces vivía en Oklahoma con los tres hijos de Baker, aseguró a Gavin que «no fue suicidio, fue mala pata». Y en el funeral, al que sólo asistieron 35 personas, el pianista Frank Strazzeri lloró desconsolado sobre el féretro de su amigo: «¿Qué demonios pasó, tío? ¿Qué hiciste? Serás idiota, tío, le birlaste la pasta a otro fulano. Y por fin te mataron». Indicios que no hacen más que aumentar el misterio que siempre rodeó al intérprete, enésimo juguete roto de la cultura estadounidense.

Aventura

A Gavin se le ocurrió la idea de escribir el libro a finales de 1994. El estreno del documental «Let’s Get Lost», dirigido por Bruce Weber –el fotógrafo puso de su bolsillo un millón de dólares–, en 1988, hizo que en EE.UU. renaciera el interés por Baker, fallecido durante el montaje del filme. Tras asegurarse de que nadie estaba escribiendo una biografía, Gavin redactó una propuesta de cuatro páginas y se la envió a la editorial Knopf, que compró el libro «inmediatamente». «No tenía ni idea de en qué me estaba metiendo, pero de repente me encontré en la aventura más oscura, delirante, terrorífica y excitante de mi vida. Chet vivió peligrosamente. Atraía la tragedia. Y de todo ese caos creó una música de una belleza y una pureza excepcionales».

Chet Baker, fotografiado en Roma, en 1962
Chet Baker, fotografiado en Roma, en 1962 - ABC

Gavin no llegó a conocerle personalmente pero, como tantos que sí lo hicieron, se obsesionó con él. Pasó tres meses viajando en tren por Europa, siguiendo su pista: visitó los sitios en los que vivió, los lugares en lo que tocó –incluida la cárcel de Lucca, en Italia, donde pasó más de un año a principios de los 60 cumpliendo condena por drogas–. Hizo trescientas entrevistas;habló con su madre, con su segunda y su tercera esposas, con sus amantes, con sus amigos del Ejército y con los músicos más importantes de su vida. «Casi todos querían hablar de Chet. La mayoría seguían fascinados con él. Los músicos estaban deslumbrados por su talento. A algunas personas les horrorizaba cómo se comportaba, cómo descuidaba a sus hijos o se aprovechaba de sus amigos, que se podrían haber apartado, pero eligieron quedarse. Son personas que percibieron su dolor, Chet las conmovió profundamente».

Chet Baker, en un estudio de grabación en Roma, a principios de 1962
Chet Baker, en un estudio de grabación en Roma, a principios de 1962 - ABC

Teniendo en cuenta las «enormes complicaciones» de su vida, marcada por un padre alcohólico y una madre obsesionada con él, desde su infancia en Oklahoma hasta su llegada a California, donde se convirtió en la nueva estrella del cool jazz, Gavin asegura que él, en sí mismo, «no era muy complicado». «Quería tocar y colocarse. Llevaba un dolor profundo en su interior que intentaba aliviar. Las drogas le permitían cerrar la puerta al mundo y vivir dentro de su música». De hecho, al final de su vida, consumía seis gramos de heroína al día, además de la cocaína, el alcohol, el hachís, los barbitúricos y la codeína que usaba como «complemento» habitual. En 1986, durante una gira por Japón, país famoso por sus estrictas leyes antidroga, tuvo que aguantar a base de metadona y coñac. Aquellos conciertos fueron los mejores de sus últimos años y de regreso a casa, en el aeropuerto, un músico de la banda que le acompañaba intentó convencerle de las virtudes de tocar limpio. «Sí, estoy deseando llegar a París y colocarme», respondió.

Belleza y sordidez

Y, sin embargo, el mismo hombre que «vivía la sórdida vida de un drogadicto» estaba consagrado a crear belleza. «No era un virtuoso de la trompeta, ni quería serlo. Su arte era instintivo. Sus solos son piezas perfectas de arquitectura. La sonoridad es dulce y bien lograda. Tenía buen gusto para las canciones y jamás tocó una nota que no fuese necesaria». Tocaba en todos sitios, a todas horas. Incluso en prisión. En 1966, después de perder varios dientes en un atraco relacionado con las drogas, se pasó varios años aprendiendo a tocar con dentadura postiza. «Nunca paró, hasta el final. Vivió para tocar y para colocarse. Una cosa dependía de la otra». Por eso, cuando la cantante Ruth Young, que fue su pareja entre 1973 y 1982 –llegó a pasar droga en la frontera por él y una vez le ayudó a sacar un cadáver de su piso y a deshacerse de él–, escucha que destruyó su talento y echó a perder su carrera, responde: «¿Cómo se atreven a decir que podría haber hecho más? ¿Alguno de ellos ha grabado cien discos?».

Cubierta del disco «The Last Great Concert»
Cubierta del disco «The Last Great Concert» - ABC

De toda su discografía, Gavin considera que «The Last Great Concert», grabado en Hannover (Alemania) dos semanas antes de morir, es «la interpretación de su vida». «Quizás intuyese que era su despedida. Toca con una orquesta y con un grupo pequeño, y la emoción es enormemente profunda. Me parte el corazón». En cuanto a canciones, «My Funny Valentine», escrita por Richard Rodgers y Lorenz Hart en 1937, fue «su obra maestra». «Él la hizo famosa cuando grabó su legendaria primera versión vocal en 1954. Hoy, siguen imitándole».