César Aira, momentos antes de la entrevista con ABC
César Aira, momentos antes de la entrevista con ABC - Ernesto Agudo

César Aira: «Leer a Ovidio puede ser mucho más estimulante que leer a David Foster Wallace»

El escritor argentino presenta en España «Prins», una historia sobre un novelista que, tras abandonar la literatura, decide dedicarse al opio

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César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) está atravesado por una fina ironía que filtra toda sus palabras. En él, la seriedad es indistinguible de la boutade: nunca habla demasiado en serio ni demasiado en broma, aunque a veces asoma en su rostro una sonrisa sin carcajada que nos da alguna pista. Le gusta quitarse importancia, aunque ya le han puesto el membrete de ser uno de los grandes autores argentinos vivos. «Le tengo un poco de miedo a esa importancia que se va creando alrededor de uno», dice para defenderse.

Su último libro, «Prins» (Literatura Random House), transcurre entre la realidad y el delirio de su narrador, un escritor de novela gótica que, tras abandonar la literatura, y después de buscar una nueva ocupación, decide dedicarse al opio. «Es una decisión radical», reconoce entre risas Aira. Es, también, una premisa perfecta para un literato que se autodefine como seguidor de Borges, por el constante juego de ideas, y de los surrealistas, de quien toma su total libertad creativa.

Llega con un libro sobre un escritor que se aburre de escribir, todo lo contrario a usted: sus títulos ya superan el centenar.

Sí, sí, pero es algo que puedo imaginarme. Llegará un momento en que uno no quiera escribir ya. No es mi caso, pero puedo imaginarlo perfectamente.

Ese descreimiento por la literatura que sufre el protagonista está contado casi como una historia de amor. Tiene que rellenar todo ese tiempo que le dedicaba a los libros, que han dejado un vacío enorme, como el de una relación sentimental.

Tiene que llenarlo con algo. Es una vieja preocupación mía. Dejé de trabajar hace casi veinte años, y escribir escribo una media hora por la mañana. ¿Qué hacer durante todo el día? Siempre estoy planeando algo. «Podría dedicarme a la filatelia, podría volver al ajedrez, podría anotarme en un curso de pintura, de escultura, de cerámica...», me digo. Y nunca hago nada. Así que tengo que enfrentarme al vacío.

¿Y cómo lo llena?

Lo lleno más o menos con la lectura. Y con la siesta. Y con la bicicleta. Y con las caminatas. Y con ir a ver a un amigo a charlar. Pero mi personaje tomó una decisión más radical: dedicarse al opio (ríe).

¿Hay algo de experiencia propia ahí?

No, no.

¿Y por qué el opio?

Porque el opio tiene dos funciones. Una es la alucinógena: las visiones, una cosa oriental, «milyunayochesca», que es muy literaria. Y la otra es su función medicinal propia, que es la de antidepresivo. Y esas dos cosas creo que son bastante necesarias para la gente, ¿no? Tener imaginación y no estar deprimido.

No lo sé, pero es una gran excusa para escribir un libro donde la realidad y la imaginación no se distinguen mucho. ¿Le interesa el surrealismo?

En realidad, para mí los escritores fundamentales son Borges y los surrealistas. Y Borges se espantaría de verse citado junto con los surrealistas. Pero sí. Esa combinación creo que es lo mío: el juego de ideas de Borges y la libertad creativa de los surrealistas. Mezclado eso dio como resultado Aira.

Sin embargo, el protagonista de la novela dice que la base de todo intelectual que se precie empieza en el mundo grecolatino.

Es así. Justamente anoche estuve hablando con un amigo de eso. Hablábamos de Ovidio y de cómo con estos nuevos métodos de enseñanza de la literatura, que van tanto a la contemporánea, los jóvenes se están perdiendo todo ese tesoro de mitos, de sustrato de nuestra civilización, que es la cultura grecolatina. En fin, no sé por qué se están privando de algo tan rico y tan fecundo.

¿Hay que volver a la tradición grecolatina?

No, no. No «hay que» nada. Que hagan lo que quieran, pero yo pienso que leer a Ovidio puede ser mucho más estimulante y más rico que leer a David Foster Wallace. De ahí no se saca prácticamente nada: imitarlo o admirarlo como mucho. Pero si uno lee a Ovidio, ahí tienes todo un mar de inspiraciones. O eso creo. Qué se yo.

Hablando de creer... ¿En qué cree Cesar Aira?

Nunca tuve ninguna inquietud religiosa, ni de buscar algo trascendental. Quizás es por la práctica de la literatura, que es algo tan laico. Me hizo escéptico respecto de lo trascendental.

¿Sigue siendo así?

Empecé escéptico, ahora creo que voy a terminar nihilista.

Por lo que escribe en esta libro, seguro que no termina escribiendo novela de género.

Cuando uno se hace el paladar a la Gran Literatura, a Shakespeare, a Proust, a Kafka, esa literatura pasatista se vuelve… yo qué sé. A veces puede haber un gusto por bajar el nivel, refrescarse un poco, salir de las alturas. Pero, como decía Borges, es preferible no leer a los autores mediocres porque uno los lee y descubre que escriben mejor que él. Y se deprime.

Hablando de Borges, él siempre decía que la lectura era más importante que la escritura.

Mis amigos favoritos son mis amigos lectores. Los lectores por placer, los que leen porque les gusta. Siempre he pensado que uno de los beneficios de la lectura, que no son tantos como se dicen porque la gente que los proclama no agarra un libro ni en las Navidades, es que permite esas amistades instantáneas. Uno se encuentra con un desconocido, intercambia unas palabras y, de pronto, ve que han leído los mismos libros. Es como encontrarse con un hermano, con un amigo, con un amigo íntimo incluso. Hemos estado toda la vida leyendo las mismas cosas, teniendo los mismos sentimientos, las mismas emociones, los mismos gustos.

Perdone que vuelva atrás, ¿pero de verdad que solo escribe media hora al día?

A media mañana me voy a un café, con mi «Mont Blanc» y mi cuadernito. Y escribo. Un rato. Media hora, una hora. Y eso es todo. Una página. Le doy muchas vueltas. Escribo muy lento, muy despacito, pensándolo muy bien. Por eso es que no corrijo mucho: lo pienso tanto y lo voy haciendo tan lento que queda lo mejor que puede quedar.

¿Y ha llegado a escribir esa novela que busca el protagonista del libro, esa novela con la que sentirse totalmente satisfecho?

No, no. Yo siempre termino con un sentimiento de insatisfacción, de «nada resultó como yo quería hacerlo». Pero me parece bueno mantener ese sentimiento de insatisfacción porque es lo que me permite seguir adelante.

¿Seguir adelante para seguir innovando? Siempre dice que le preocupa la originalidad.

Cada libro quiere ser algo distinto de lo que ya he hecho, algo nuevo. Es algo que intento, que quiero hacer. ¿Quién sabe? Hay gente que me ha dicho que siempre estoy escribiendo el mismo libro. No sé. De cualquier manera soy yo quien lo escribe y yo sigo siendo el mismo. Pueden ser variaciones de lo mismo.