El Cervantes rompe por sexta vez la ley de premiar un año alternando España con América

Desde 1980, tres veces se repitió galardondo español y otras tres, con esta, hispanoamericano

MadridActualizado:

El premio Cervantes, que acaba de ganar la poeta uruguaya Ida Vitale, es el máximo galardón de las letras hispanas. Además de las bases, conocidas, hay una ley no escrita que «obliga» a que el premio recaiga un año en autor español y otro en escritor hispanoamericano, alternando así los premios en las áreas fundamentales del idioma. Pero los escritores corrigen y reescriben y tal vez también los jurados.

Pero esa ley no escrita se ha roto este año. Después del nicaragüense Sergio Ramírez, premiado en 2017 -y presente en el jurado de este año- «tocaba» autor español. Sin embargo, el Cervantes ha volado a Uruguay, también territorio de La Mancha de un idioma universal en el que cada vez los españoles estamos en más manifiesta minoría.

Era la sexta vez. El recuento se abre y cierra con escritores de Montevideo. La ley no escrita empezó a resquebrajarse en 1980, cuando recayó en el también uruguayo Juan Carlos Onetti -aunque para más señas vivía en una cama de la calle Avenida de América madrileña, en la que también escribía- y en 1981 el premio fue para Octavio Paz, el gran Nobel de Literatura mexicano.

En 1982 la cosa quiso tal vez compensarse y se premió al granadino Luis Rosales y en 1983 al gaditano Rafael Alberti. Andalucía esos años ganó por goleada.

Se recupera la tradición por un par de años y se vuelve a romper en 1985, cuando ganó el novelista gallego Gonzalo Torrente-Ballester, y 1986, en el que el Cervantes recayó en el dramaturgo caracense Antonio Buero Vallejo.

La tradición se retoma hasta 1989 y 1990, cuando son dos hispanoamericanos los ganadores, el paraguayo Arturo Roa Bastos y el argentino Adolfo Bioy Casares.

Desde entonces, los jurados del Cervantes se impusieron más disciplina y en 28 años, hasta este 2018 solamente había ocurrido una vez más que se rompiera la alternancia. Fue en 1995 y 1996, fechas de cambio político en España, por cierto, cuando se repitió autor español. Lo ganaron, respectivamente, Camilo José Cela, que ya era Nobel y no tenía el Cervantes para vergüenza patria, y al año siguiente José García Nieto, también poeta exponente del neogarcilasismo.

Y desde entonces, veintidós años se ha cumplido la ley no escrita hasta este 2018, en el que se compensó la última y se empata en tres rupturas de la «ley no escrita» para cada lado del Atlántico.

Los escritores corrigen y reescriben y tal vez también los jurados. España aporta apenas ya el 10% de los hablantes de la lengua de Cervantes, así que hay motivos para argumentar que esta ley, en honor de una lengua cuya grandeza está en su globalidad, pueda ser interpretada por los jurados. En un lugar de La Mancha que da, prácticamente, la vuelta al mundo.