El final de Ahab, en la película clásic
El final de Ahab, en la película clásic - ABC

Cartas de Melville desde el interior de «La ballena»

La editorial La Uña Rota publica las misivas que el autor escribió a Nathaniel Hawthorne mientras escribía «Moby Dick» y que reflejan su carácter y sus angustias

Actualizado:

Herman Melville persiguiendo una ballena, exhausto. Es el inicio del verano de 1851. El autor tiene 32 años, ha publicado ya cinco novelas y ha navegado por el Atlántico y recorrido los mares del Sur. Ha vivido entre caníbales, y sin embargo… Melville se siente engullido por la historia de Moby Dick, el cetáceo maldito, y busca un salvavidas. Lo encontrará en la amistad de otro de los grandes literatos de su época: Nathaniel Hawthorne.

Melville a finales de los años 1840s y Hawthorne por la misma época
Melville a finales de los años 1840s y Hawthorne por la misma época - ABC

Estamos en el centro de la aventura literaria de su vida. Melville está corrigiendo y dando a imprenta sus palabras mientras la tinta ya se mezcla con ciertas cantidades de licor que apenas le permiten sortear sus propios abismos, donde resoplan enormes temores arponeados… Y todo eso lo podemos percibir en un puñado de cartas que dejan traslucir la vida que le rodea en su retiro de la granja Arrowhead, de Pittsfield, Massachusetts, en unos pocos meses de 1851 y 1852. Las misivas acaban de ver la luz en español, en un pequeño gran libro, publicado por la editorial La Uña Rota.

Para muestra, lo que le dice a Hawthorne el 28 de junio de 1851, hace 165 años: «¿Desea que le envíe una aleta de la Ballena a modo de muestra del espécimen? La cola no está hecha todavía del todo... aunque ni el mismísimo fuego del infierno la habría cocinado antes. Este es el lema del libro (el lema secreto): Ego non baptiso te in nomine... Deduzca el resto usted mismo». Ese latinajo es el que Ahab pronunciará cuando bautiza con sangre pagana el arpón destinado al cachalote blanco.

A Hawthorne, autor de «La letra escarlata», acabó dedicándole la novela «Moby Dick», como es sabido, con estas palabras: «En señal de mi admiración a su genio este libro está dedicado a Nathaniel Hawthorne».

Arrowhead, la granja de Melville en Massachusetts
Arrowhead, la granja de Melville en Massachusetts

Han sobrevivido solo diez de las cartas enviadas por Melville a Hawthorne, mientras que de las recibidas por él solo ha quedado una. Del autor de «Moby Dick» no conocemos más de trescientas en total, lo cual es una cifra ínfima si la comparamos, como hace Carlos Bueno Vera en el prólogo de este libro, con las nueve mil de Galdós o las doce mil de Henry James. Otros han dejado océanos de papel, pero casi todas las cartas y manuscritos de Melville acabaron en incendios y naufragios y se han perdido cuantas noticias de sí mismo hubiera en ellos.

«Un vil hábito» llevaba al autor a quemar todas las cartas según las leía

Un «vil hábito», decía Melville, le llevaba a quemar cada carta que recibía justo después de leerla. Por eso el peso específico de estos pequeños textos es enorme. En ellos vemos a un hombre excesivo y entusiasta, y también hogareño y taciturno, que rehúye el contacto de casi todos aunque se lanza a la amistad con Hawthorne a pecho descubierto. La suya será una de las más intensas, breves y controvertidas relaciones de la literatura estadounidense. Se ha llegado incluso a invocar un trasfondo homosexual en sus efusiones, rebuscando en los sentimientos de las tripulaciones que llenan sus relatos, sin mucha base.

Amistad bajo rayos y truenos

¿Cómo se conocieron aquellos primeros gigantes de la novela norteamericana? El 5 de agosto de 1850, bajo rayos y truenos, atrapados entre peñascos, en un abrigo de la Monument Mountain en el que ambos trataron de protegerse del estallido de una tormenta. No supieron de ellos durante más de dos horas y cuando les fueron a buscar, estaban perdidos en «aquella conversación». Ambos descubrieron en el otro la hermandad de los temas afines, los problemas morales de aquel tiempo, las visiones que incitaban a afilar el pensamiento.

Su temporal vecindad haría echar raíces a su amistad. Tal vez fue un enamoramiento intelectual que les marcó a ambos, aunque más a Melville, seguramente. Siempre se ha dicho que Hawthorne no le admiró tanto a él como debió de sentirse admirado. ¡Pero quién sabe! Las cartas dan cuenta de las noches que Melville pasaba en casa de Hawthorne, hablando y bebiendo (y fumando puros) hasta el alba.

Esos encuentros produjeron, además del puñado de misivas que reúne este libro, algunos comentarios familiares. La señora Hawthorne veía en el escritor que tanto cultivaba la amistad de su marido «gestos y fuerza [hasta que] su brío daba paso a una expresión singular de calma que emergía de sus ojos... una mirada introvertida y débil [...], extraña e imprecisa». Para sus hijas era alguien de la familia.

«Mis libros, un estropicio»

Melville no puede acudir tanto como quiere a casa de los Hawthorne. Las reparaciones de la casa, los quehaceres de la granja, las cosechas, le mantienen ocupado. Así lo expresa el 1 de junio de 1851: «En una semana más o menos me voy a Nueva York a encerrarme en una habitación de un tercer piso y matarme a trabajar en mi “Ballena”». Insatisfecho por los pasados éxitos frustrados, y a pesar de que está sinceramente convencido de que toda fama es condescendiente, la inseguridad le va horadando, le llena de demonios.

Después de días dedicados a la azada y el martillo, con ampollas en todos los dedos escribe: «Lo que me impulsa a escribir, está vetado: no da dinero. Y sin embargo, por lo general, escribir de otro modo no puedo. Así que el resultado final es una chapuza, y todos mis libros son un estropicio».

Tal vez una de las reflexiones capitales que realiza en estas cartas sobre sí mismo es esta: «En mi opinión de prosista, el corazón de la mayoría de los hombres que tienen un cerebro lúcido y saben emplearlo bien, se extiende hasta los pies. Y aunque el corazón se ahúme en el fuego de las tribulaciones, como se ahúma un buen jamón, la cabeza conservará aún el más rico y exquisito de los sabores. Yo defiendo el corazón. ¡La cabeza es para los perros! Hubiera preferido ser un idiota con corazón que ser Júpiter y tener su cabeza».

Los detalles que rezuman las cartas son cientos, y retratan bien el genio de dos hombres: uno porque escribe y el otro porque está invocado en cada línea. Es un lugar, la amistad, para enterrar «los demonios azules», que es como llaman a sus angustias reales, a los desasosiegos y a las desesperanzas, entre citas de la Biblia y tragos de brandy. Melville sentía predilección por el Eclesiastés, lo anotó, le obsesionaba la antigua sabiduría que rezuma, lo convierte en un obstinato oculto porque lo cita profusamente en «Moby Dick».

«Nueva York me parece una fábrica de ladrillos babilónica», dice Melville

Ese nivel de interlocución y afecto permitió a Hawthorne –no como la crítica de la época– entender con toda claridad lo que significaba «Moby Dick» para la literatura norteamericana, para la novela universal. Y escribió –debió escribir, puesto que no se conserva la carta– a Melville para decírselo. El autor que tanto necesitaba sentirse comprendido, aquejado de una soledad de acantilados, el hombre que sentía Nueva York como «una fábrica de ladrillos babilónica» y daba cuanto podía por alimentar en el amigo ese fuego que estaba, sin embargo, llamado a extinguirse casi inmediatamente, responde con estos sentimientos a los comentarios tras la lectura de su novela: «El latido de su corazón en mis costillas y el mío en las suyas, y el de ambos en las de Dios. Que usted haya entendido el libro ha producido en mí un sentimiento de inexpresable seguridad. He escrito un libro endiablado y me siento puro como un cordero».

Melville quería ver señales en casualidades que rodeaban las lecturas y la llegada de las cartas. Sin embargo, si había señales en aquellos últimos meses de amistad, debieron ser sombrías. Desde la publicación de «Moby Dick» solo se verán dos veces más. Y en su último encuentro, que tuvo lugar en Liverpool, en noviembre de 1856, donde Hawthorne había conseguido un puesto como cónsul, el autor de «La letra escarlata» le notó «un poco más pálido y un poco más triste» porque «ha padecido ataques neurálgicos de cabeza, y en las piernas, y sin duda los ha sufrido por su continua dedicación a la escritura, que no ha cosechado últimamente muchos éxitos».

Poeta durante veinte años

Casi nadie se acuerda, pero Melville dejó la novela por entonces, después de dedicarle diez años, y se entregó febrilmente a la poesía durante las siguientes dos décadas, sobre todo al largo poema «Clarel», aunque en sus últimos años retomó la prosa con su novela «Billy Budd».

La última fotografía del autor, de 1885
La última fotografía del autor, de 1885

Entre tanto la vida, como aquella ballena blanca infatigable o inextinguible, regresó puntualmente y se cobró un precio devastador, en el autor de «Moby Dick»: su hijo Malcolm (con el que también se escribía y al que contaba las peripecias marineras de sus viajes, como se ve en una de las cartas de este libro, firmada al cruzar el Cabo de Hornos), decidió quitarse la vida con solo 18 años. No ha quedado constancia de las razones que llevaron al muchacho a dispararse en la cabeza con una escopeta en la flor de la vida. Para sumar infortunios, su segundo hijo, Stanwix, se quedó sordo y morirá de tuberculosis con 35 años, en vida del autor. Y su hija Bessie, destinataria de una de las más tiernas cartas del volumen, enfermó gravemente y vivió siempre dependiente de los cuidados de su madre. Solo Frances, la hija menor, tuvo una existencia algo más plácida.

La última etapa de su vida está marcada por el exceso de alcohol y las infecciones pulmonares y en la piel, que se agravaron con la edad. Pero ahí no debemos poner la palabra fin: Melville es uno de los grandes hombres de la historia de los libros y su influencia se extiende gracias a sus lectores, por todo lo que sabemos e imaginamos, colectiva e individualmente, sobre «Moby Dick», por más que solo hayamos oído el nombre de Ishmael, el Pequod, o reconozcamos apenas la epopeya de los balleneros. Podemos sumar las réplicas que todas las artes, del cine al manga, han dado al libro durante el último siglo.

Obituario de Melville en «The New York Times». No era ya célebre, no todavía (sería reivindicado después de 1920), y escribieron mal «Moby Dick»
Obituario de Melville en «The New York Times». No era ya célebre, no todavía (sería reivindicado después de 1920), y escribieron mal «Moby Dick»

El escritor cuyo obituario en «The New York Times» fue breve y con errata en el nombre de su gran novela -lo cual indica que no era muy conocido aquel septiembre de 1891- sería después reivindicado como uno de los grandes clásicos americanos, a partir de 1920. En los últimos años de su vida había dado a imprenta dos volúmenes de poesía y había dejado otro inédito. Pero sus últimos esfuerzos le hicieron volver al la prosa del mar con «Billy Budd», la novela inacabada que cuenta la historia de un marino en la Royal Navy de las guerras napoleónicas y que no vería la luz hasta 1924.

Por todo lo dicho, algo añaden estas cartas. ¿Qué tienen que decirnos a nosotros, sus lectores, todavía sobre la vida del autor de grandes personajes como Ahab o Bartleby?