La guerra que no fue y el crimen que no se juzgó

Dos lecciones de memoria histórica a la luz de las novedades del libro de Antony Beevor «La Segunda Guerra Mundial»

madrid Actualizado:

Hemos perdido la costumbre -si no la capacidad- de reflexionar sobre nuestro pasado sin visceralidad, sin evocar trincheras de nuestros antepasados. Por ello, no deberían pasar inadvertidas dos historias encerradas dentro de «La Segunda Guerra Mundial», el reciente libro de Antony Beevor.

El mismo historiador las comentó poco después de la presentación de su obra. Acontencieron en Australia y Japón (hasta ahora él había dedicado atención a la guerra en Europa pero su incursión en la de Asia es impresionante).

Una guerra que no fue (y se conmemora)

Antes de venir a España, Beevor ha estado en Australia. Allí, lógicamente, los medios querían saber su visión sobre la guerra del Pacífico y, más concretamente, sobre los planes de invasión nipona del continente. Y Beevor contestó con convicción en las entrevistas publicadas allí, levantando una notable polvareda.

Le preguntaban por el peligro real de invasión japonesa y él respondió que nunca existió tal cosa. Lo declaraba el 2 de septiembre, al día siguiente de la conmemoración de la gran victoria australiana frente a los planes de invasión nipona, con actos solemnes, niños portando ramitas de acacia e intervenciones parlamentarias del secretario de Defensa. Beevor reconoció que las batallas de Kokoda y Milne Bay fueron enfrentamientos en los que el Imperio del Sol Naciente sufrió importantes derrotas pero subrayó que en ningún caso impidieron unos planes que Tokio estaba lejos de materializar.

Afortunadamente, días después, los historiadores australianos le dieron la razón en justos términos científicos, que es lo que ocurre cuando el conocimiento importa a los historiadores. Igualito que en España.

El canibalismo del ejército japonés

¿De dónde salió la documentación que probaba el canibalismo practicado por el ejército imperial? Ante la pregunta, Beevor nos habló del rastro seguido por un estudioso japonés, el historiador Yuki Tanaka, cuya obra está centrada en lo que podríamos entender cabalmente como memoria histórica. Tanaka es el hombre que porta la luz en las zonas más oscuras del pasado de su país.

Y es muy duro para cualquier historiador hurgar en los infiernos de su historia, pero -comentaba Beevor- con la necesaria distancia de una generación (Tanaka nació en 1949), la seriedad científica (que se supone) y la convicción de que esos episodios deben ser conocidos para poner en justos términos lo que sabemos de la guerra (lo que sabemos de nosotros), la obra de Tanaka es lo que debe hacerse. Si el conocimiento importa.

Crímenes impunes, conocimiento necesario

Beevor ha unido todas las piezas con importantes aportaciones propias en su libro que abarca de manera inédita hasta ahora la totalidad del conflicto. Su libro da estas pistas que conducen a otros libros. Por él sabemos que Tanaka ha documentado atrocidades, la esclavización sexual de las mujeres y encontró pruebas de que hubo experimentos biológicos sobre los prisioneros de la II Guerra Mundial, crímenes que nunca fueron juzgados en Tokio como crímenes de guerra.

La justificación que las autoridades americanas dieron para ese olvido está en el pavor que la noticia del canibalismo habría llevado a las desmoralizadas familias de los soldados que tuvieron la mala suerte de ser «criados como ganado» y perecer con el fin de alimentar los estómagos los soldados imperiales.

En cuanto a los experimentos biológicos, Tanaka ha encontrado evidencias de que los resultados de la investigación sobre infecciones inducidas a prisioneros fueron entregadas a los norteamericanos a cambio de impunidad y fueron llevadas a un laboratorio de Utah. Interesante.

Sadako Kurihara, la poeta de Hiroshima

Pero si algo hace Beevor es otorgar dimensión humana a sus libros de historia. Una dimensión que reside en el origen de quienes luchan porque se sepa la verdad y nunca jamás se repita nada parecido. En el caso japonés, la conciencia está viva tanto en historiadores de la generación de Tanaka como en el testimonio asombroso de los supervivientes del bombardeo. Entre la litratura del desastre atómico emociona especialmente Sadako Kurinara, superviviente de la bomba y poeta que se convertiría en una de las mayores activistas antinucleares de la historia. Ella publicó, en marzo de 1946, este escalofriante poema:

Traigamos nueva vida (-Una historia no contada de la bomba atómica):

Noche entre los cimientos de un edificio de hormigón en ruinas.

Víctimas de la bomba atómica

se agolpaban en el sótano;

estaba oscuro -ni siquiera una simple vela.

Olor de sangre fresca, el hedor de la muerte,

la cercanía de figuras sudorosas, los gemidos.

Desde el fondo de todo, una voz se levanta:

"Mi bebé, ya viene!"

En el sótano infernal, en ese preciso momento,

una joven se puso de parto.

En la oscuridad, sin una cerilla siquiera, ¿qué hacer?

Todos olvidaron sus propios dolores, preocupados por ella.

Y luego: "Soy comadrona. Te ayudaré con el parto".

Aquella mujer también estaba gravemente herida

gimiendo de dolor sólo un momento antes.

Y así una nueva vida nació en la oscuridad de ese pozo infernal.

Y de tal modo, la comadrona moriría antes del amanecer, todavía bañada en sangre.

Seamos comadronas!

Traigamos nueva vida!

Incluso si nuestra existencia se acabara por ello.