Borges. con María Esther Vázquez
Borges. con María Esther Vázquez - ABC

Borges, el amante del amor

Las dos grandes mujeres de su vida fueron su madre y María Kodama, en quien Borges descubrió un amor plenamente correspondido

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En la última conferencia pronunciada en Madrid por Jorge Luis Borges, en mayo de 1985, durante el coloquio alguien, malévolamente –el escritor argentino tenía fama de frío y cerebral– preguntó: «Qué piensa del amor». Y el genial autor respondió: «La verdad es que no dejo de pensar en él». Poco más de un año después, en diciembre de 1986, Pere Gimferrer pronunciaría, uno cita de memoria, en la Biblioteca Nacional, la que quizá sea la más exacta expresión de lo que significó Borges para la literatura del siglo XX: «Nuestro mayor orgullo literario será haber sido contemporáneos de Borges».

Cualquier hecho lo convertía en literatura y cualquier hallazgo literario en vida. Así es complicado señalar las líneas que marcan su relación con las mujeres. María Esther Vázquez, autora de «Borges. Esplendor y derrota» (Tusquets, 1996), relata cómo todo en Borges era literatura, en su ideal de mujer, en su intuición del amor: «Yo le acompañé a una recepción muy importante y entró una amiga de él, Emma Risso Platero, una uruguaya lindísima. Yo le dije que había entrado Emmita y que estaba maravillosamente vestida, llevaba un vestido negro con pequeños lunares blancos e inmediatamente Borges empezó a recitar un poema de Dante Gabriel Rossetti que hablaba de la noche hecha de ojos».

Llevada la familia a Ginebra, por un oscuro empeño del padre, en la primera década del siglo XX, estalla la Primera Guerra Mundial y deben quedarse allí durante el tiempo de la contienda. A su gran amigo ginebrino Mauricio Abramowicz le confesará con el fervor adolescente su enamoramiento de una jovencita rubia y atractiva. Es el arranque de un itinerario marcado por una pasión que no desaparecerá hasta su muerte. Enamorarse de estar enamorado. ¿Cómo no iba a pensar continuamente en el amor alguien que fue capaz de escribir el poema melancólico más desgarrador, «Le regret d’Heraclite». «Yo que tantos he sido/no he sido aquél en cuyos brazos desfallecía Matilde Urbach». De alguien que en «El amenazado» confiesa: «El nombre de una mujer me delata/Me duele una mujer en todo el cuerpo». Borges se enamoró reiteradamente a lo largo de su vida.

Borges, con Estela Canto
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Una de sus historias más relevantes fue la vivida con Estela Canto, quien en 1989 publicó un polémico libro, «Borges a contraluz» (Austral). Atractiva, libre, militante de izquierdas, frecuente invitada en las recepciones y saraos de lo mejor de la sociedad porteña, fue a ella a quien le dedicó «El Aleph», aún cuando el personaje de Beatriz Viterbo se inspira no en una sino en dos mujeres, además de Beatriz Bibiloni, sin duda el otro nombre es Elvira de Alvear. Entre Borges y Canto hubo una noche mágica, un larguísimo paseo, de Plaza Italia al Parque Lezama, horas de charla, de confesiones, de admiraciones mutuas.

Victoria Ocampo
Victoria Ocampo

Tuvo un primer matrimonio, ridículo, inducido por su madre, Leonor Acevedo, con una viuda, ajena a la vida literaria y al grupo de exquisitos amigos de Borges, sofisticados y esnobs como Adolfo Bioy Casares, Victoria y Silvina Ocampo. Elsa Astete de Millán era la contrayente y todo terminó pocos años después tras un episodio lamentable sucedido al desconcertado Borges en Harvard y provocado por Astete. Antes le había pedido matrimonio a la citada Vázquez, que ésta declino, con enorme desasosiego para un hombre secretamente sensible. Norah Lange, mujer de Oliverio Girondo, fue otra de sus fijaciones, y la hermana de Norah, Haydée.

María Kodama
María Kodama

Nombres y otros nombres, pero las dos grandes mujeres de su vida fueron: su madre, guardiana del pequeño «Georgie», y María Kodama, su segunda mujer, en quien Borges descubrió, quizá por primera vez en su vida, un amor plenamente correspondido y quien cuidaría de él, y mimaría la edición de sus obras completas tras su muerte en Ginebra.