Arthur Cravan y Mina Loy, una pasión de vanguardia
Arthur Cravan, dandi, poeta y boxeador - ABC

Arthur Cravan y Mina Loy, una pasión de vanguardia

Periférica recupera la correspondencia del mítico boxeador y poeta dirigida a la pintora y poetisa a principios del siglo XX

manuel de la fuente
madrid Actualizado:

Arthur Cravan y Mina Loy. Es la historia de un amor como no hay, o no hubo, otro igual. Una pareja que rompió todos los moldes y que hizo de la pasión y la aventura su nidito de enamorados.

Hombre y mujer rompedores en aquel París (y aquel Nueva York) de principios de siglo (XX, claro), cuando la vida era un ismo, y Tristan Tzaray el dadaísmo habían demostrado que 2 y 2 no son 4, que los poetas pueden ser boxeadores y, lo que es aún más extraño, que los boxeadores podían y hasta debían ser poetas.

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Púgil y vate fue Arthur Cravan, Fabian Avenarius Lloyd en la pila bautismal de la ciudad suiza de Lausana, 1887, sobrino político de Oscar Wilde y que trocó aquel extraño Fabian Avenarius por Arthur, nombre de su hombre preferido en el país de las letras: Arthur Rimbaud.

Cravan medía uno noventa y cinco y pesaba 105 kilos

Cravan, metro noventa y cinco de estatura (qué él, provocador y descarado, alargaba hasta los dos metros), 105 kilos de peso, un peso pesado de todas las vanguardias, francotirador más que certero desde las páginas de su revista unipersonal «Maintenant», desde donde disparaba sobre todo bicho (y sobre todo poeta) viviente.

Como una vez le tocó a Marie Laurencin, pintora y a la sazón novia de Apollinaire a la que había sugerido que se metiese por salva sea la parte algún objeto contundente. Obligado a rectificar, en vez de postrarse de hinojos se postró ante el altar del dadaísmo: «He aquí una que necesita que se le levanten las faldas y se le meta una gran astronomía en el Teatro de Variedades». Isaki Lacuesta le recordaría en un fantástico documental hace ahora diez años, recordaría a Cravan, «el poeta con el pelo más corto del mundo», como le gustaba definirse.

Cravan iba de duro

Los boxeadores profesionales le tenían por un señorito blandengue que iba de duro («Rellenar mis guantes de boxeo con rizos de mujer», escribía) y los poetas por un deslenguado, un provocador profesional, un bellísimo animal enfurecido, un corazón rebosante de ternura y un cuerpo hecho para calentar hasta el incendio los motores de la pasión.

francis picabia
francis picabia

Se recorrió medio mundo: París, Londres, Berlín, Birmingham, Munich, Florencia, Australia ganándose las lentejas y el pan con el sudor de su frente y de sus puños como profesor de pugilismo o retando a uno de los mejores pegadores del momento, Jack Johnson a un combate que se celebró en la Monumental de Barcelona en 1916 donde había llegado huyendo de la Gran Guerra. Perdió por K.O. en el sexto asalto pero se sacó unas perras para poder emigrar a Nueva York y cumplir uno de sus sueños: declamar la Biblia en Central Park.

Y allí, en aquel Nueva York que no dejaba de crecer hacia lo alto, donde todo parecía una aceleradísima película muda, Cravan encontró la horma de su zapato, su media naranja, el corazoncito y la belleza que le habrían de cautivar y poner, esta vez no era broma, contra las cuerdas: Mina Loy, pintora, poeta, feminista devota de Isadora Duncan, cultísima, rompedora, valiente, sensual, bellísima, una de esas mujeres que se ponen el mundo por montera.

Fue un amor vivido a quemarropa, a toda velocidad, a toda máquina, en barcos, ferrocarriles, generalmente sin una centavo en el blsillo, pero entregados, enamorados, felices y felices comiendo perdices. Hasta 1918.

Un cadáver en el mar

La pareja decide irse a vivir a Buenos Aires. Pero hacen el viaje por separado. Arthur Cravan nunca llegará a la capital argentina. En algún lugar del Golfo de México su corpachón desapareció para siempre.

Mina, pintora y feminista puso contra las cuerdas a Cravan

El mito había nacido. Pero aquel «héroe del siglo XX», como lo llamó Breton, había muerto. Quedaban sus cartas a Mina (recuperadas felizmente por la Editorial Periférica) y quedaban aquellas palabras de Mina en una entrevista diez años después de la muerte de su amado en «The Little Review»:

-TLR.-¿Cuál ha sido el momento más feliz de su vida?

-Mina Loy: Cada momento que he pasado junto a Arthur Cravan.

-TLR ¿Y el más desgraciado? (Si quiere responder)?

-Mina Loy: El resto del tiempo.