María Zambrano y Antonio Colinas, en la casa de la filósofa en Madrid, en 1985
María Zambrano y Antonio Colinas, en la casa de la filósofa en Madrid, en 1985 - ABC

Antonio Colinas, contra la utilización ideológica de María Zambrano

En su nuevo libro, el poeta reivindica el viaje interior de la filósofa -que fue su gran maestra- hacia la espiritualidad

MadridActualizado:

La primera vez que Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946) habló con María Zambrano (1904-1991) fue en 1981. La filósofa, que aún estaba en el exilio, acababa de ser reconocida con el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. No se conocían personalmente, pero el poeta ya había escrito un par de artículos sobre la que, con el paso y el poso del tiempo, terminaría convirtiéndose en una de sus grandes maestras.

Aquel día, hablaron largo rato por teléfono y, al final de la conversación, Zambrano le dijo: «Usted y yo hace mucho tiempo que nos conocemos». Al colgar, Colinas se quedó pensando en esa frase que hoy, tantos años y circunstancias después, aún recuerda emocionado. Lo hace para explicar los motivos que le han llevado a rendirle homenaje en un libro que, según reconoce, le debía: «Sobre María Zambrano. Misterios encendidos» (Siruela).

En él, el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana reivindica el viaje interior que la escritora hizo, casi en secreto, hacia la espiritualidad. «Este libro ha sido para mí una búsqueda llena de sorpresas –reconoce Colinas–. A medida que iba escribiendo, me pareció ir descubriendo una nueva María Zambrano. Podemos decir que hay como dos, tópicamente conocidas: la filósofa, la pensadora, la alumna predilecta de Ortega, y otra la republicana o comprometida. Pero, ¿qué pasa dentro de ella?». En esta obra, el poeta se ha (re)encontrado con una «tercera» María Zambrano, en alusión a esa «tercera España» que acuñó en su día Salvador de Madariaga.

«En ella hay una progresiva marcha hacia lo sagrado, pero hacia lo sagrado bien entendido, algo que ya estaba en el origen del ser humano, antes incluso que las religiones». Esa espiritualidad tiene sus raíces –«que en ella no son epidérmicas», según advierte Colinas– en su pasión por los místicos, por San Juan de la Cruz, por Séneca. Un viaje interior «secreto, en el que hay dolor, en el que hay pruebas, en el que hay sacrificios, en el que hay carencias».

Razón poética

Por el camino, esa amistad y admiración hacia los poetas dio sus frutos. Sobre todo, según Colinas, el hallazgo de lo que reconocemos como la «razón poética», de la que ella se dio cuenta tras un encuentro con Ortega en el que, ilusionada, le llevó su ensayo «Hacia un saber sobre el alma» y él le dijo: «Estamos aquí y usted ya quiere ir más allá». El poeta recuerda cómo Zambrano salió llorando y, mientras caminaba por la Gran Vía, «comprendió que su razón era la razón poética y la de su maestro la razón histórica». Pese a todo, «siempre mantuvo su fidelidad a ese magisterio» y siguió refiriéndose a él como don José, fiel a su devoción hasta el mismo día en el que tuvo que escribir su obituario en la revista «Ínsula».

Esa devoción que Colinas describe con un vibrante brillo en los ojos es la misma que él profesa hacia ella. «Da un poco de pudor decirlo, porque una de las características de nuestro tiempo es que quizás vivimos sin maestros, pero yo he reconocido dos maestros, que son María Zambrano, más en el campo del pensamiento, del conocimiento, y Vicente Aleixandre, en el campo de lo literario. Son dos figuras claves en mi vida».

Tras aquel primer contacto telefónico, Colinas tuvo ocasión de conocer a Zambrano en 1984, cuando acudió a Ginebra a dar una conferencia. La conversación, que se inició en la tarde, se prolongó hasta la noche. Al volver a España, el poeta escribió otro artículo en el que reclamaba, de nuevo, su regreso. Un hecho histórico que se produjo, por fin, el 20 de noviembre de aquel mismo año. «Se hablaba de la última republicana, pero no regresó a España por razones ideológicas, sino económicas, porque no sabía dónde ni cómo iba a vivir, vivió siempre en una gran carencia, a veces mantenida por su estoicismo, que ella misma alentaba».

Utilización ideológica

Quizás por eso «hay en ella siempre un afán superador de la historia; no olvidar, pero sí superar las lacras de la historia. Ella es mucho más que una ideóloga». Cuando salía el tema, en las conversaciones más o menos formales o en las entrevistas, ella siempre respondía lo mismo:«Yo de eso no hablo» o «Usted sabe ya lo que pasó». Incluso cuando, en mitad de un paseo, una vecina llegó corriendo a decirle que Franco había muerto, ella dijo «No puedo alegrarme» y siguió su camino.

De hecho, en una semblanza de Miguel Hernández escribió aquello de «Nosotros, los sin partido» y al aceptar el premio Pablo Iglesias aclaró que no era socialista. Algo que, según Colinas, conviene recordar «a la hora de su utilización ideológica». «Fue una independiente radical, un espíritu más liberal que revolucionario». Como última lección dejó aquel artículo en el que defendía que «había pasado el conflicto trágico y había llegado la hora de la verdadera libertad, de la piedad». Unas palabras que, hoy más que nunca, deberían resonar en nuestras conciencias.