Un amor que supo a Gloria
Arriba, Gloria Fuertes, en 1958, a lomos de una indómita vespa. Sobre estas líneas, uno de los poemas que Gloria le escribió a Carlos Edmundo, en el año 1943

Un amor que supo a Gloria

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POR MANUEL DE LA FUENTE

MADRID. Fue mujer de verso en pecho, atentísima poeta de guardia, aquel ángel puteado como la llamó para siempre Camilo José Cela, aquí en ABC. Fue hada y fue madrina, la niña más grande de nuestra poesía, una chavalilla que escribía versos con la ingenuidad y la blancura de un crío, pero una mujer de armas (poéticas) tomar. Surcó el cielo de nuestra lírica subida en un globo, dos globos, tres globos; fue gata y chundarata, taquígrafa y mecanógrafa que convertía las teclas de la Olivetti en gorrioncillos muy pillos como este estribillo, en maravillas que me pillas.

Quiso ir a la guerra para pararla y quiso comprarse «a plazos una flor natural, como las que le dan a Pemán». Fue Gloria, Gloria Fuertes, fue «La poetisa, / la que deja perfume / por donde pisa, / está friega que friega / guisa que guisa». Pero fue también, como escribía Pere Gimferrer en ABC con motivo de su muerte, «una de las principales voces de la Generación del 50», «la angélica y alta voz poética», según su gran amigo Cela, «una magnífica poeta que no tuvo en España todo el reconocimiento y prestigio que se merecía», como dejó dicho Ángel González.

Y fue también una creadora inquieta, una voz que pronto buscó su eco en una de las corrientes poéticas más innovadoras de nuestra vanguardia de posguerra: el postismo, aquel «culto al disparate», según uno de sus inventores, Carlos Edmundo de Ory.

Carantoñas con rima

Del verso al beso hay sólo un paso, y entre Carlos Edmundo y Gloria hubo más que palabras. Hubo dedicatorias mutuas, carantoñas con rima, veinte poemas de amor y también alguna canción desesperada. Gloria escribe que te escribe, aunque aún quedan seis años para que publique su primer libro, «Isla ignorada». Agavilla sus poemas bajo el nombre de «La luna y el amor», y se los dedica «al poeta Carlos Edmundo». Salvo uno, los diecinueve restantes permanecerán inéditos, al menos en libro, hasta ahora que han sido rescatados en «Los brazos desiertos» por Ediciones Torremozas. Proceden de los fondos de la Fundación Gloria Fuertes (www.gloriafuertes.org), donde también se guardan otras dos docenas dedicadas por el propio Carlos Edmundo De Ory a Gloria, como el que se incluye mecanografiado en el libro: «Para Gloria, tú como una sombra. Loca por mis ojos de nieve».

Es más que probable que Gloria no fuera aquella mujer a la que De Ory se refirió años más tarde («melancólica era mi novia melancólica y se iba a llorar en un rincón del mundo»), pero lo suyo dio para un puñado de versos encendidos. La mayoría son sonetos y cuartetos, formas no muy habituales en la lírica de Gloria, pero en los que asoma su ternura, su ingenio y, claro está, los vaivenes del amor («¡Oh nuevo amor! -de siempre yo quisiera-...»; «... a encontrar en tu voz el paraíso»; «Todo para hacerte un regalo de cristal: / un manojito de estrellas para el ojal»), y del desamor («No me importa saber que no me quieres / tu frío ya me ha vuelto enajenada»; «Yo tenía un poeta ¡tú, Carlos! / Ya no lo tengo»).

Un amor que, aun con sus amarguras, esquinas y reveses, supo a Gloria, a Gloria Fuertes.