Carmen Conde, a la izquierda, y Katherine Mansfield
Carmen Conde, a la izquierda, y Katherine Mansfield

La amistad inédita entre Carmen Conde y Katherine Mansfield

Coincidiendo con el cuarenta aniversario de su toma de posesión en la RAE, La Bella Varsovia recupera en una hermosa edición las cartas que la española escribió a la neozelandesa, y que aparecieron en 1935 en el periódico «El Sol»

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La amistad es un misterio. Quizás no tan insondable como el amor. Pero, sin duda, inexplicable a veces. Carmen Conde (1907-1996) no llegó nunca a conocer a Katherine Mansfield (1888-1923) y, sin embargo, la escritora neozelandesa fue uno de los sostenes de la vida de la autora española, personal y literariamente. Al fin y al cabo, la escritura es tan recóndita, en sus orígenes y significado, como son los afectos personales. Fue, precisamente, a través de la literatura como Conde llegó a Mansfield, y ya nunca más quiso separarse de ella. Su «Diario», que leyó en su versión publicada en francés (a España no llegaría hasta diez años después de la muerte de Conde, en una cuidada edición de Lumen), y su correspondencia, le fascinaron y empezó con ella un diálogo, que más bien fue un monólogo.

La destinataria de aquellas cartas nunca podría contestar. Mansfield había fallecido en Fontainebleau (Francia) el 9 de enero de 1923, y la primera de las misivas que Conde escribió, a modo de confesión y desahogo, está fechada el 7 de septiembre de 1935. Al menos, ese fue el día en el que apareció publicada... en el diario «El Sol». Capaz de innovar en el fondo, Conde también decidió sorprender en la forma y eligió, para dar cuenta de tan peculiar relación, el que, en su opinión, «fue el árbitro de todo el periodismo de aquella época». Allí aparecerían, en total, cinco cartas; la última de ellas, el 9 de noviembre de 1935.

No fueron las únicas. Conde escribió otras dos más. Una de ellas quedó inédita en 1935 y apareció, junto con las recogidas en «El Sol», en la separata del número extraordinario de la revista «Doncel» de 1948. Apenas se supo entonces de tan peculiar joya literaria. La escasa difusión del medio, la complejidad de la obra y la realidad de la España de la época, gris y sometida, le hicieron un flaco favor a Conde, que ya vivía instalada en un exilio interior a veces más doloroso que si hubieradecidido poner distancia física. Pero aún escribió una última carta a Mansfield, que publicó en el número 8 de la revista madrileña «Feria», el 21 de junio de 1952.

Recorrido

Los intentos de Conde, a lo largo de los años, por reunirlas todas en un único libro fueron en vano. Lo intentó en el mercado inglés, quizás más dado a «extravagancias» literarias de ese tipo y, sin duda, más conocedor de la importancia de Mansfield, pero finalmente no llegó a un acuerdo con la editorial Pinkerton. En España, Jesús Ruiz Castillo, propietario de Biblioteca Nueva, rechazó la propuesta, argumentando que «tengo que evitar la dispersión de mi pequeña capacidad económica, concentrándola en un solo punto para que sea algo eficaz». Ese único «punto» lo copaban su Colección Tesoro y un proyecto de «Colección psicológica». No había cabida para las «Cartas a Katherine Mansfield» de Carmen Conde. Finalmente, la escritora española decidió incluirlas como parte del primer capítulo de sus memorias, «Por el camino, viendo sus orillas», que publicó en 1986. Pero el libro, como tal, ha permanecido inédito en su conjunto durante décadas. Hasta ahora.

Mañana mismo, fecha en la que se cumplen cuarenta años de la toma de posesión de Conde en la Real Academia Española (RAE) (leyó su discurso de ingreso –la primera mujer en hacerlo– el 28 de enero de 1978), llega a las librerías españolas, de la mano de La Bella Varsovia, «Cartas a Katherine Mansfield», en una cuidada edición a cargo de Fran Garcerá, investigador predoctoral FPI del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC y experto en las poetas españolas de la Edad de Plata. Según explica su editora, Elena Medel, la propuesta de recuperar esta «rareza en la escritura de Conde» parte del propio Garcerá. Se trata, en opinión de la también poeta y escritora, de «una pieza clave para entender su actitud ante la escritura y ante la literatura». Medel, que lo describe como «un ejercicio audaz, lúcido y muy contemporáneo, de crítica literaria», reconoce que le interesó por el lugar desde el que Conde aborda la obra de Katherine Mansfield, «la forma en la que dialoga con ella, y en la que reflexiona también sobre su propia literatura».

Amiga en la distancia

En las cartas, Conde se dirige a Mansfield como «amiga distanciada a fuerza de hostiles nieblas», y le asegura que es «la más perfecta corresponsal que tuve, porque hay círculos sobre mi cabeza a los que únicamente contigo hallaría explicación». Llenas de confesiones («no sé todavía qué creo, ni quiero, más allá de tratar con el blanquísimo papel de la escritura») y ansiedades («la impaciencia de terminar pronto, antes de que las palabras se extasíen en su propia matriz, no me deja ir más allá del poema, del breve relato, de la divagación que cabe en media docena de hojas»), sorprenden por su tono, emotivo y lírico, muy llamativo en el medio en el que fueron difundidas en su origen. Garcerá abunda, justamente, en esa «contradicción»: «Que una cosa privada, íntima, se publique en el espacio público. Ella explica su realidad, exterior e interior, y se expuso bastante». Aunque cuando Conde comienza a publicar las cartas en «El Sol» ya tenía tres libros de poesía, según Garcerá «la voz autoral es completamente distinta» en las misivas.

«Es fascinante –continúa el investigador–. Ese interlocutor que Carmen Conde necesitaba cuando estaba fraguándose como escritora, estaba muerto. Ella encontró a esa persona que la hubiera entendido». Así lo reconoce al comienzo de la sexta carta: «Hay que volver a ti. Los vivos tienen demasiados seres que les dirijan sus corazones. Los que están como tú atienden mejor». Y lo reitera al final de su correspondencia: «Todavía nadie me ha advertido esos indiscutibles síntomas de locura que significa escribirle a un muerto. Hay amigos extraños; los muertos no lo son tanto como otros que aún no lo están, aunque lo sean». Eso sí, años después, Amanda Junquera se convirtió en su Katherine Mansfield, real, como la vida.

La española idealizó a la neozelandesa porque, según Garcerá, «era el modelo al que aspiraba». En la España de los 30, Mansfield era, sin duda, una mujer moderna, adelantada a su tiempo, el arquetipo que respondía a las necesidades de Conde. «La lástima –reconoce– es que no la llegara a conocer. A través de las cartas descubrimos a una Carmen Conde mucho más íntima, y hasta confesional. Son innovadoras en su obra, pero no se publicaron cuando era el momento». Sorprende,por ejemplo, la presencia constante, en las mismas, de la muerte y el suicidio. «Batallo con espeluznantes sombras de terror; una cortina de terrores asoma sus flecos por colinas de mis hombros», escribe en la tercera carta. «¿Será una fuente de tranquilidad morir ahogado?», se pregunta en la séptima. Fueron sus últimas palabras dirigidas a Mansfield.

«Justo cuando tanto hablamos sobre genealogía literaria, sobre la necesidad de leer a las mujeres que escribieron antes que nosotras, resulta fundamental leer esta mirada pionera», remata Medel. La lástima, como se queja Garcerá, es «que la RAE no se haya pronunciado, hasta la fecha, para rendirle un homenaje» a la primera mujer académica en la historia de la Docta Casa.