La escritora Concepción Revuelta, fotografiada en los valles pasiegos
La escritora Concepción Revuelta, fotografiada en los valles pasiegos - MATILDE VÁZQUEZ

Amas de cría, pioneras del feminismo en la España rural

Concepción Revuelta novela el drama de estas mujeres, oriundas de los valles pasiegos, por salvar a sus familias

Vega de Pas (Cantabria)Actualizado:

El 19 de julio de 1848, apareció publicado en el «Diario de Santander» el siguiente anuncio: «Se necesita una nodriza ó ama de leche que no pase de un año que haya parido, que sea amable, aseada, leal, y trabajadora. Las personas que han dejado este encargo, en la Agencia é Imprenta del Diario, manifestaron además que preferían á una pasiega de iguales circunstancias». Aunque, a ojos del lector actual, a veces un tanto miopes, por falta de perspectiva, la solicitud puede llamar la atención, si nos situamos en aquel lugar y en ese momento, era una práctica muy habitual. Las demandantes eran, en su mayoría, familias de la alta burguesía de Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla o Granada. Durante dos siglos, los que van desde mediados del XVIII al año 1946, aproximadamente, cientos de mujeres, en su mayoría procedentes de los valles pasiegos, en Cantabria, dejaron atrás a su familia, para poder sacarla adelante. Esta supuesta contradicción encierra un sacrificio tan doloroso que marcó, para siempre, las vidas de todos los que, de alguna forma, se vieron involucrados.

Una de esas vidas pudo haber sido la de Vega Abascal, la protagonista de « Te di mi palabra» (Plaza & Janés), segunda novela de la escritora Concepción Revuelta. Oriunda de Cantabria, como casi todas las amas de cría -tanto es así que, en los diccionarios de la época, ama de cría terminó siendo sinónimo de pasiega- la autora quiso rescatar a estas mujeres del olvido de nuestra Historia más reciente para «darles el valor que tienen». En el caso de su personaje, tras enviudar y recién parida su segunda hija, se instala en la casa de una acaudalada familia madrileña para criar a la hija del matrimonio, que hace aguas. La inminente Guerra Civil no hará sino complicar, aún más, el destino de Vera, luchadora hasta el final, y con todas sus consecuencias. «La gente joven debe conocer el pasado. Ahora tenemos muchas más facilidades y, aunque seguimos luchando por la igualdad, por romper ese famoso techo de cristal, la lucha empezó hace muchísimos años, y de una manera penosa. Quería ensalzar su trabajo, su esfuerzo y el sacrificio que tuvieron que hacer».

Luchadoras, llenas de tesón y de fuerza, las amas de cría tuvieron que sobrevivir a la ruptura entre dos mundos opuestos: el campo, al que pertenecían, y la ciudad, de la que nunca llegaron a sentirse parte. «Fue una decisión muy dura, noches en vela pensando en lo que iba a dejar. Nunca había visto el jabón de olor, ni tanta agua de colonia. Parecía una jaula, pero agradecía los paseos por esas calles tan grandes. Al principio, me quedaba como las vacas mirando al tren: con la boca abierta». Es uno de los testimonios que se cobijan en el Museo de Las Amas de Cría Pasiegas, en Selaya (Cantabria).

Los rostros de quienes hicieron Historia, pero han sido ignoradas por ella -la autora considera que el «olvido» se debe a la «vergüenza social» de que exsitieran-, cubren las paredes de la Casa de la Beata, situada junto al Santuario de Nuestra Señora de Valvanuz. Entre ellos sobresalen los de María Gómez, natural de Vega de Pas, y Maximina Pedraza, oriunda de Heras, nodrizas, respectivamente, de los Reyes Alfonso XII y y Alfonso XIII. Ellas tuvieron más suerte que el resto de amas de cría: además del sueldo que percibían (unas tres mil pesetas anuales, muy alto para la época), la Casa del Rey pagaba una pensión vitalicia.

Eso sí, las condiciones de «contratación» eran las mismas para todas, e incluían requisitos físicos y morales: haber tenido ya dos hijos, «temperamento sanguíneo», «carnes consistentes», «incisivos y caninos completos», «transpiración sin olor repugnante», «pechos bien conformados pero no muy abultados», «carencia completa de erupciones cutáneas y de cicatrices en cualquier región del cuerpo», «color moreno claro», «carácter dulce dulce y apacible», «buen sentido común» o «tranquilidad habitual del ánimo», entre muchas otras, y muy diversas, exigencias. El encargado de atestiguarlo era, siempre, el médico de la zona de origen de la nodriza.

Incomprensión

Una vez completado su trabajo, al regresar a su casa, las aún jóvenes pasiegas no siempre contaban con la comprensión de sus vecinos. Ni siquiera de sus familias. No eran pocos los que las miraban con recelo y hasta levantaban bulos, siempre inspirados en las supuestas pasiones amorosas que habían despertado -y hasta protagonizado, según los peores cotilleos- en la ciudad. Ellas callaban, y seguían sacando a su familia adelante.

«Sin saber lo que era aquello, porque lo desconocían, al vivir en un entorno rural muy cerrado, eran feministas -argumenta Revuelta-. A medida que vas escribiendo, tú misma te sorprendes de lo que vas viendo. Aprendes a valorar, todavía más, la lealtad, el compromiso. Cada mujer, en un momento determinado de su vida, por desgracia, tiene que enfrentarse a cosas para las que demuestra un valor increíble. Siempre somos el punto de apoyo, siempre somos las más fuertes». El problema, como sostiene Revuelta, «es que el mundo está gobernado por los hombres, y eso es muy difícil de cambiar». Valgan novelas como esta para seguir obrando el milagro.