Salman Rushdie, fotografiado en Madrid
Salman Rushdie, fotografiado en Madrid - ERNESTO AGUDO

Salman Rushdie: «Soy consciente del terror del momento, pero no soy la persona a la que pedir respuestas»

Siempre rodeado de polémica, el escritor inglés de origen indio presenta en España su última novela: «Dos años, ocho meses y veintiocho noches»

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Salman Rushdie (Bombay, 1947) quiso ser escritor desde el momento en que recorrió, de la mano de Dorothy, el camino de baldosas amarillas de «El mago de Oz». A los quince años, un profesor le descubrió «El señor de los anillos» y el joven lector, entonces un mero aprendiz de historias, entró en el maravilloso reino de la fantasía para ya no volver nunca a salir. Con el tiempo, la política y el fanatismo religioso tiñeron de negro las baldosas y Rushdie llegó a ser condenado a muerte por el ayatolá Jomeini.

Hoy, pese a que la polémica no le abandona (ayer mismo Irán llamó al boicot de la Feria del Libro de Fráncfort por su presencia en la rueda de prensa inaugural), se siente un hombre libre y disfruta, por fin, de las cosas ordinarias de la vida. Por eso, quizás, haya querido regresar a la magia de los cuentos de hadas en su última novela, «Dos años, ocho meses y veintiocho noches» (Seix Barral), que estos días presenta en España.

- ¿De dónde surge la historia, cómo concibió la novela?

- Empezó con el deseo de escribir un cuento fantástico, como reacción al haber escrito antes un libro de no ficción [ «Joseph Anton», sus memorias]. Los libros son como una especie de puzles y tienes que ir viendo, poco a poco, cómo las piezas encajan o si hay piezas que faltan y tienes que inventarlas. Estaba en Nueva York durante el huracán Sandy, en la parte de la ciudad donde se fue la electricidad y estuvimos cuatro o cinco días sin calefacción, sin luz y sin agua; supongo que la tormenta con la que empieza el libro, en cierta manera, viene de ahí. En este libro he usado la improvisación mucho más de lo que antes lo había hecho. Hace poco leí una entrevista con Jonathan Franzen en la que confesaba que la única manera de escribir es la improvisación y me sorprendió mucho porque no pensaba que esa fuera su manera de trabajar.

- No, yo tampoco hubiera esperado eso de él.

- Sí, pero es lo que le gusta hacer. En mi caso, me faltaban piezas y no sabía cómo encajarlas, así que bajaba por una calle concreta de la historia y luego me daba cuenta de que…

- No era el camino.

- Exacto: no era el camino. Probablemente, la mitad del tiempo que me llevó escribir el libro estaba probando cosas, sin saber muy bien qué forma final iba a tener. Hay personajes que desaparecieron por completo.

- ¿Cuánto tiempo le llevó encajar todas las piezas del puzle?

- Tardé tres años en escribir el libro y la mitad de ese proceso fue para averiguar cómo encajarlo todo. Luego, en un momento dado, ya sabía cómo funcionaba todo y lo disfruté mucho.

- ¿Tuvo claro el título desde el principio? Porque es muy poético y evocador, pero también difícil.

- En la editorial creían que era demasiado largo, querían que lo cortara. Intenté pensar en un título más corto, pero después de un tiempo dije: lo siento, pero este es el título para este libro.

- Claro, es el título perfecto.

- Lo es. No me podía imaginar que el libro no se llamase así. Los surrealistas tenían la idea de que el título se pone al final. Hay una historia famosa de Buñuel, cuando hizo «El discreto encanto de la burguesía»; ese título no existía durante el rodaje y, al final de la película, sentó a todo el equipo y les pidió títulos. Había títulos muy locos y alguien dijo: «El encanto de la burguesía»; pero Buñuel dijo: No, es «El discreto encanto de la burguesía». Y en ese momento se convierte en una película totalmente distinta.

- Yo soy incapaz de empezar a escribir una historia si no tengo el título.

- A mí me ha pasado ambas cosas. A veces el título ha llegado en mitad del proceso. Por ejemplo, con «Hijos de la medianoche» yo no conocía el título y cuando llevaba un tiempo escribiéndola pensé que había algo que no entendía, precisamente por lo que usted dice, porque me faltaba el título; así que paré hasta que encontré el nombre, fue muy clarificador.

- Al comienzo del libro reproduce uno de los Caprichos de Goya: «El sueño de la razón produce monstruos». ¿Cuáles son los peores monstruos a los que se enfrenta la actual sociedad?

- ¿Ahora?

- Sí.

- Oh… Grandes monstruos. Los monstruos no son sólo físicos, sino también intelectuales.

- De hecho, los monstruos intelectuales resultan ser los peores.

- Sí, desde luego, son los peores. Debido a mi historia personal, no es sorprendente que la religión fanática me parezca uno de los grandes monstruos a los que nos enfrentamos. Pero también creo que la manera en la que el mundo está cambiando por la tecnología.. Ni empezamos a comprender las implicaciones que está provocando. La idea de la privacidad está esencialmente desapareciendo; en el momento en el que estás conectado online, la gente lo sabe todo sobre ti. La generación más joven, que ha crecido con esa tecnología, no valora la idea de la privacidad.

- Porque no saben lo que es.

- Claro, piensan que tienen que sacarlo todo fuera, en Instagram, en Twitter, en Facebook… Creen que si no está ahí fuera es como si no existiera. La idea de la vida privada ha desaparecido y eso es un monstruo, porque ni siquiera conocemos sus consecuencias. Pero cada época tiene sus propios monstruos. Uno de los motivos por los que este libro está escrito como un cuento de hadas y no como una novela realista es porque es obvio que, cuando ponemos las noticias, hay cosas que no comprendemos, pero si vas un poco más adentro llegas a las batallas internas de la raza humana, entre la razón y la no razón, entre el escepticismo y la creencia, está todo ahí. Y no sólo está fuera de nosotros, sino dentro. Incluso la persona más racional tiene elementos irracionales. Estas cosas luchan dentro de nosotros y quería crear una fábula para que fuera una metáfora sobre quiénes somos como personas.

- El problema es, hoy en día, y eso usted lo sabe mejor que nadie, el espacio entre la vida privada y la vida pública ha desaparecido.

- Sí, y es algo que llevo tiempo argumentando. Hace 200 años, Jane Austen podía escribir sus personajes sin tener que referirse a la esfera pública; a pesar de que sus novelas están escritas durante las guerras napoleónicas, eso no aparece en sus libros porque no necesita estar ahí. Puede explicar completamente las vidas de sus personajes sin referirse a los eventos públicos. Pero, tiene razón, ese espacio intermedio que existía entre la vida privada y la pública hoy ha desaparecido. Y yo creo que eso genera un problema para la novela, porque la novela quiere tratar sobre la vida privada.

- Necesita tratar sobre la vida privada.

- ¡Lo necesita! La novela quiere ser sobre un grupo de chicas que buscan marido en el norte de la India, sobre una mujer en el centro de Francia que tiene un marido pero quiere tener una aventura (reímos ambos), sobre un hombre que asesina a su casera… Quiere tratar sobre cosas locales. Pero, ¿qué hacemos cuando el mundo ya no es así?

- Sí, cuando lo particular ya es universal.

- Sí, eso es lo que llevo intentando resolver en muchos libros. Incluso en el mundo literario hay una especie de resistencia a los libros que intentan hacer eso. Porque, históricamente, no es lo que ha hecho la novela. Y, claramente, hay una sospecha de lo que se llama la novela global, porque, al final, si intentas escribir sobre todo los sitios, terminas escribiendo sobre ningún sitio. Si el libro no está enraizado en la realidad particular, entonces no tiene raíces en ninguna parte.

- Y deja de existir.

- Ese es el peligro, y hay que identificarlo. Pero cómo lograr que el mundo de lo público y lo privado se entrelacen en una historia es la cuestión de nuestro tiempo.

- Sí, es el objeto de la novela moderna.

- Exacto. Significa que hay que alterar la forma. En el gran momento de la novela del siglo XVIII y XIX, el escritor podía asumir que el lector y él compartían una visión del mundo, que la naturaleza de la realidad era una visión compartida, no había que discutirlo, venía dado; de ahí viene la tradición realista, que se basa en que todos estamos de acuerdo en qué es el mundo. Pero ahora no es así.

- De hecho, ahora estamos en completo desacuerdo. Y cada día más.

- Sí, y la realidad es muy controvertida, la liberación de una persona es el terrorismo de otra.

- En ese sentido, ¿cree que es posible escribir una novela apolítica?

- ¡Sueño con escribir una novela apolítica! (ríe). Por el colapso de ese espacio, hay que aceptar que los eventos públicos son, en parte, la explicación del personaje de la historia; no hace falta que sea la única parte, ni la parte principal. Muchos escritores ahora tienen que enfrentarse a este problema: cómo escribimos sobre este mundo donde no hay diferencia entre lo público y lo privado. Supongo que mis libros han intentado ser respuestas para estas preguntas, o al menos una parte de esas respuestas.

- Siempre he pensado que el acto de escribir es tremendamente altruista.

- Oh, sí.

- ¿Usted cómo lo concibe?

- El combustible de la escritura es la esperanza, porque la escritura es un acto de gran esperanza. Pasas tres años tú solo en una habitación con la esperanza de que, al final, alguien esté interesado en lo que tienes que contar. No puedes hacer eso sin tener esperanza. Hay escritores que, ante un periodo de menos éxito, son incapaces de intentarlo de nuevo, porque la esperanza disminuye. Es el caso de Thomas Hardy: después de recibir una crítica muy mala no volvió a escribir novela; escribió poesía muy buena, pero perdió su habilidad para escribir narrativa.

- Hablando de poesía, tengo entendido que cuando está escribiendo es lo único que lee.

- Sí.

- ¿Y qué clase de poesía?

- Cualquier cosa, literalmente cualquier cosa.

- Pero nunca ficción.

- No, nunca ficción, sólo poesía. Tengo una pared entera dedicada a libros de poesía y cada día voy, cojo un libro y lo leo, diez minutos, me da igual, lo que sea. Es sólo para recordarte que debes concentrarte en el lenguaje. Porque cuando estás escribiendo algo muy largo, como de 150.000 palabras, hay una tentación constante hacia la pereza o a escribir frases que te hagan terminar esa página. Y la poesía te dice: no hagas eso, presta atención.

- ¿Tiene la sensación de que, en algún momento, la política ha llegado a eclipsarle como escritor?

- No. Cada vez me interesa menos la política. Y siempre he sido un escritor interesado en la política; «Vergüenza» e «Hijos de la medianoche» son novelas muy combativas. Pero ahora estoy de acuerdo con aquello de «cultivad vuestro jardín». Me gustaría escribir un libro que se alejara de la esfera pública, aunque quizás resulte muy pasado de moda.

- Pero la visión que tiene del papel que debe jugar el intelectual está muy clara. Usted no se muerde la lengua.

- No, eso es verdad. Siempre he pensado que si vas a abrir la boca, di lo que piensas; si no, mantenla cerrada. Respeto completamente a los escritores que prefieren mantener su boca cerrada, porque es una cuestión de temperamento. Pero yo estoy tan involucrado con los problemas políticos que es difícil desinvolucrarse. Pero estoy un poco harto… No quiero ser como una especie de comentarista televisivo, que la gente quiera saber qué pienso cada vez que hay un problema; yo no pienso tanto.

- Pero sí tiene una opinión de lo que está sucediendo ahora en Siria, de lo que pasa con Estado Islámico.

- Sí, pero mi opinión es la misma que la suya, no tengo una opinión original. Es horripilante, un desastre.

- ¿Cree que tiene solución?

- La Historia siempre termina encontrando soluciones.

- El problema es que, a veces, lleva demasiado tiempo encontrar esas soluciones.

- Sí, las soluciones no son necesariamente rápidas. Soy consciente del terror del momento, pero no soy la persona a la que pedir respuestas. Honestamente, excepto en momentos como este, en que estoy hablando de mi trabajo, hago un esfuerzo tremendo por no involucrarme en este tipo de cuestiones. Cuando termino un libro, lo único que quiero es refugiarme en el silencio, porque sé que es ahí donde va a surgir un nuevo libro.

- Es la única manera.

- Sí, es la única manera. Si vives en ese mundo de ruido, no puedes escribir, al menos ficción. Mi amigo Christopher Hitchens amaba ese ruido, era lo que más quería.

- Bueno, es que se alimentaba de eso.

- Era un polemista natural, quería estar ahí fuera. En cierto sentido, creo que fue la primera gran estrella de la televisión comentada. Era tremendo. Yo podía haberme convertido en esa persona, pero no he querido. Él siempre se mantuvo fiel a escribir no ficción, se quedó de ese lado. Pero si estás en mi lado, para poder escribir necesitas estar fuera de la discusión.

- Siempre me he preguntado cómo se sintió al volver a ser un hombre libre, en marzo de 2002.

- Oh, me sentí bien (ambos reímos). Una de las cosas que más me sorprendió fue lo rápido que me volví a adaptar a la vida cotidiana. Después de diez años, no te imaginas que podrías tardar tan poco en acostumbrarte a no tener policías a tu alrededor, pero tardé dos días.

- ¿Sólo dos días?

- Sí, literalmente. El primer día pensé: qué extraño, ahora tengo que llamar yo al taxi. Pero el deseo que todos tenemos de tener una vida normal y corriente es tan grande que si te lo quitan y te lo devuelven, te agarras a ello. Eso fue lo que hice yo; dije: ¡sí! Era ridículo, me sentía feliz haciendo cola para comprar las entradas del cine. Simplemente hacer cosas ordinarias, normales.... Es una sensación genial, mucho mejor que tener a gente haciendo cosas por ti, porque eso es como una prisión. Fue como salir de la cárcel.

- ¿Volvería a hacer lo que hizo? ¿Se arrepiente de algo?

- Oh, no, preferiría no hacerlo otra vez, pero estoy muy orgulloso de ese libro [«Los versos satánicos»] y creo que la manera en la que ha sobrevivido es muy gratificante. Por fin se le permite tener la vida normal de un libro. Si piensas en lo inmenso que fue el ataque contra ese libro, si no hubiera sido lo suficientemente fuerte…

- No hubiera sobrevivido.

- No hubiera sobrevivido. Así que, quizás, es un libro que está bien, porque realmente soportó una gran batalla, y no sólo por parte de los musulmanes, también hubo críticas del mundo occidental.

- Al leer su obra, tengo la sensación de que su universo lo conforman mundos en permanente colisión.

- Esa imagen de los mundos en colisión está presente en todos mis libros, porque es lo que yo veía a mi alrededor. Siempre he sentido que he escrito sobre eso, porque en un mundo que está en movimiento, como este, siempre va a haber colisiones. He intentado buscar esos puntos en los que la vida pública y la privada se cruzan.

- Al final de la novela hace una reflexión sobre el riesgo de perder la capacidad de soñar.

- Sí, es un aviso terrible.

- ¿Cree que podemos llegar a perder esa capacidad?

- Vivimos en una era de no ficción. Si preguntas en cualquier librería te dirán que vende mejor que la ficción. Incluso la ficción que le gusta a la gente es un tipo de no ficción; ya sabes, tipo Elena Ferrante o Amélie Nothomb. Es como si ahora se le diera la espalda a la ficción. Lo único que digo es que volvamos al origen.

- ¿Y de dónde es Salman Rushdie, de dónde se siente?

- Gran parte de mí siempre estará definida por el hecho de haber crecido en la India, ese Bombay de mi infancia que ya no existe. De eso habla este libro: el motivo por el que no puedes volver a casa es porque ya no está ahí, ya no existe. Pero esa ciudad, en ese momento, me dio mucho. Además, fui un niño de los 60, tenía 20 años en el verano del amor, viví cosas que cambiaron el mundo, era un momento extraordinario para ser joven. Soy muy urbano; he pasado mi vida en tres grandes ciudades: Bombay, Nueva York y Londres. Y tengo que decir que me siento más en casa en Nueva York de lo que jamás me he sentido en ningún sitio.

- ¿Cree en el concepto de patria?

- Me interesan más las ciudades que los países. Me siento un neoyorquino, no un americano.

[Lee el primer capítulo de la nueva novela de Salman Rushdie]