Autorretrato de Charles Burns
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entrevista

Charles Burns: «Nunca me interesaron los superhéroes»

El autor de «Agujero negro» publica en España «Cráneo de azúcar», que pone fin a su última trilogía

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Los dibujos e historias de Charles Burns (Washington, 1955) no inspiran terror, pero casi. Son, sobre todo, inquietantes. Y ni siquiera él sabe explicar muy bien la razón de esa inclinación: «Me hago esa pregunta a mí mismo bastante a menudo -nos cuenta desde Nueva York-. Hacia finales de los cincuenta y principios de los sesenta, en la televisión de EE.UU. exhibían todo el tiempo películas de terror de serie B, y yo estaba en esa edad impresionable. Pero para contestar la pregunta: realmente, no lo sé».

El caso es que a partir de esa estética siniestra ha logrado convertirse en uno de los autores referenciales del cómic actual. Su mayor éxito ha sido «Agujero negro», una serie que comenzó en 1993 y concluyó en 2004, y por la que el mismo Brad Pitt ha mostrado interés con el fin de llevarla al cine: «Fue una historia importante para mí, necesité emplear mucho tiempo en ella, en desarrollar la trama, los personajes… Cuando la empecé era un cómic serial, pero siempre tuve la intención de juntar todo en un gran libro. Aunque no precisamente porque las novelas gráficas tuvieran una gran popularidad en mi país. Creo que ni siquiera existían en aquella época».

Su más reciente libro, «Cráneo de azúcar», acaba de llegar a España de la mano de la editorial Mondadori, y con él cierra una trilogía de la que también forman parte «Tóxico» y «La colmena». En todos ellos mezcla realidad y mundos oníricos, pasado y presente, como piezas de un grotesco puzle que solo al final adquiere sentido. Un maremágnum en el que caben William Burroughs («hacía un collage experimental con sus palabras y textos, justo lo que yo intentaba, una manera de escribir de corta y pega aleatoria»), hasta las referencia a las aventuras creadas por Hergé: «Empecé a leer “Tintín” de niño, lo cual no es muy habitual para un americano de mi generación, y supongo que se metió profundamente en mi subconsciente. Ahora simplemente he dejado que saliera, como impresiones de aquellas historias de misterio que leía de crío». También caben recuerdos propios de juventud: «Sí, al igual que el protagonista estuve en San Francisco en 1977, y formaba parte de una banda de rock, y hacía arte escénico. Bastante malo, por cierto…».

Art Spiegelman

Charles Burns comenzó su carrera en «Raw», la legendaria revista underground dirigida por Art Spiegelman. «Yo era joven y se podría decir que él fue la primera persona que realmente entendía lo que yo intentaba y quería hacer. Fue muy importante en mi vida, y todavía lo es». Sin embargo, esos primeros pasos no fueron fáciles: «Representaron una lucha. Era muy difícil mostrar tu trabajo. Estaba el circuito comercial, con los cómics de superhéroes, que nunca me han interesado. Pero entonces emergió un circuito de gente que estaba haciendo cosas interesantes. Creo que la primera publicación de este tipo de la que tuve noticia era española, “El Víbora”. Fue una época muy emocionante, porque un mundo del que nunca había oído hablar se estaba abriendo para mí».

En su faceta de ilustrador ha realizado portadas para «Time», «The New Yorker», «The New York Times Magazine» y «The Believer». Incluso es autor de la carátula de un disco de Iggy Pop, «Brick by Brick» (1990): «Fue una de esas cosas casuales que ocurren. En aquel tiempo estaba haciendo mucho trabajo de ilustración. Era la época anterior a los ordenadores, los había, pero todavía no los usaba para esto. En algún momento me pidieron por teléfono una carpeta con muestras de mis ilustraciones, y para mí aquello quería decir que el director de arte no estaba familiarizado con mi trabajo y que le estaba pidiendo lo mismo a un montón de ilustradores. Estaba a punto de decir que no hasta que me dijeron que era para Iggy Pop. Yo era un gran fan de los Stooges y Iggy. En cuanto al encargo, me dieron una casette de Iggy con las canciones del álbum y usé las imágenes que se desprendían de las letras. Y la compañía dijo que si a Iggy le gustaba, que a ellos les parecía bien. Y le pareció bien. Llegué a ir al apartamento de Iggy en Nueva York y justo dio la casualidad de que estaba allí con Allen Ginsberg, así que fue un momento un poco intimidatorio, porque conocí a un par de héroes contraculturales, supongo. La reacción de Iggy a la portada fue una carcajada, lo cual siempre es bueno».