De izquierda a derecha y de arriba a abajo: José Manuel Caballero Bonald, Gabriela Wiener, Mikel Santiago, Javier Cercas, Sara Mesa, Héctor Abad Faciolince, Elena Medel y Jorge Franco
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: José Manuel Caballero Bonald, Gabriela Wiener, Mikel Santiago, Javier Cercas, Sara Mesa, Héctor Abad Faciolince, Elena Medel y Jorge Franco - ABC
feria del libro de madrid

El ADN literario de los escritores en español (IV)

ABC reúne a un nutrido grupo de autores para que conteste a dos preguntas: qué personaje le hubiera gustado ser y en qué novela le hubiera gustado vivir. Pasen, lean y disfruten

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Al escribir, los autores habitan sus propios libros, y llegan a construir universos habitados por personajes que, tiempo después, hacen soñar a los lectores. Pero, en esta ocasión y tomando como excusa la Feria del Libro de Madrid que el viernes abrió sus puertas, ABC ha pedido a un nutrido grupo de escritores en español que confiese sus debilidades literarias. Un recorrido generacional (de Caballero Bonald a Elena Medel, pasando por Vila-Matas o Sara Mesa) por el ADN de las letras hispanas.

Sara Mesa:

1- No me gustaría ser ninguno de los personajes que me atraen. Me explico: en mis lecturas preferidas, los personajes sufren, o son ambiguos, farsantes, desgraciados, antihéroes, etc... ¿Quién querría ser ellos?

2- Creo que me gustaría vivir (aunque solo por una temporada) en cualquiera de las novelas de Faulkner, para conocer el mítico territorio de Yoknapatawpha, que imagino bello y terrible al mismo tiempo.

Jorge Franco:

1- Florentino Ariza, de «El amor en los tiempos del cólera». Entre los casi siempre trágicos personajes de la literatura universal, Florentino es uno de los pocos a los que la vida premia. Me gusta su fe en el amor, la perseverancia y la paciencia que lo mantienen en su propósito de conseguir a su primer y único amor. Y siento que lo consiguió en el mejor momento: al final de la vida, como una recompensa y un antídoto para la vejez.

2- En «La educación sentimental», de Gustave Flaubert. Creo que en un mundo veloz, mediático y limitado a 140 caracteres, como es el mundo actual, me habría gustado vivir en otro más lento, sensible y romántico, como el que describe Flaubert en esta novela que condensa lo mejor del espíritu del siglo XIX.

Héctor Abad Faciolince:

1- Creo que a los 20 años hubiera querido ser Robinson Crusoe. No por una vocación de naufragio ni de soledad, sino por el reto de enfrentarme a la vida sin otra ayuda que el ingenio y las propias manos.

2- Las novelas que más me gustan no son muy hospitalarias, en realidad. Tal vez el papel de eunuco, o de diván, o de tapete, en «Las mil y una noches», no sería una mala opción. Vivir en ese libro fantástico es como vivir entre cuentos; entre todos los cuentos. Es decir, como vivir entre libros.

José Manuel Caballero Bonald:

1- Por ejemplo, Charlie Marlow, que aparece en «El corazón de las tinieblas» y en «Lord Jim», de Conrad. Marlow es un capitán de la marina que ejerce a la vez de confidente del autor, aventurero ocasional y justiciero por libre.

2- He vivido demasiado en las que yo he escrito, de modo que me quedan pocas ganas de andar por ahí instalándome en otras novelas.

Gabriela Wiener:

1- Siempre he sentido una extraña fascinación por Lena Grove, de «Luz de Agosto», la novela de Faulkner (mi hija se llama Lena por ella). La chica preñada que busca, maleta en mano, al padre de su hijo. Esa acción es tan simbólica, tan siglo XX, tan patriarcal, que cierra el círculo, que llego a dudar del carácter mundano y pedestre de su búsqueda. Lena supera la vulgaridad de su objetivo y asume un camino por el que seguimos transitando.

2- En «Alicia en el país de las maravillas», más que nada porque siempre hay que tratar de trascender el espejo. ¿No sería genial que este, en lugar de una imagen más o menos normativa, te devuelva un mundo mágico, dislocado, sin patrones?

Mikel Santiago:

1- Hercules Poirot. ¿La razón? Quiero que me inviten a cruceros por el Nilo o a viajes en primera clase entre Estambul y Paris. Y no solo eso, que ocurra algún asesinato y cuenten conmigo para resolverlo. ¿No es como el viaje de tus sueños? Eso sí,!intentaría no ser tan mojigato como Monsieur Poirot!

2- «Matar a un Ruiseñor». Hay libros que contienen páginas y letras, y otros que contienen mundos. El libro de Harper Lee es uno de los segundos, raros y maravillosos. Un viaje a una infancia de los misterios y los veranos que no quieres que se acaben, a un lugar imperfecto lleno de duras lecciones sobre la vida, pero donde, de alguna manera, las cosas acaban bien.

Javier Cercas:

1- Permanentemente, ninguno; temporalmente, muchísimos: locos, suicidas, asesinos, guerreros, ladrones, psicópatas, de todo; incluso buenas personas: sin ir más lejos –y ya que llevo una temporada en Oxford hablando entre otras cosas del Quijote-, me hubiera gustado ser el Caballero del Verde Gabán, que para Cervantes es un dechado de humanidad, el hombre sabio y discreto que lleva una vida feliz apartado de todas las tonterías del mundo.

2- Temporalmente, en muchísimas; permanentemente, en ninguna, salvo en el Quijote, que es la mejor novela que conozco: la primera parte es obra de un genio; la segunda parece escrita por Dios. Una de las razones de su excelencia inédita la daba Ortega y acaba de recordarla Ferlosio –tan anti-orteguiano él- en Campo de retamas: «Cervantes simpatiza con todo. No es que haya vivido mucho, sino que ha sufrido mucho y no le guarda rencor a nadie».

Elena Medel:

1- Hay un personaje de «Entre visillos», de Carmen Martín Gaite, en el que conviven el silencio y la fuerza: Alicia Sampelayo. Es amiga de una de las protagonistas, Natalia, y se describe secundaria, y sin embargo cuando irrumpe en la historia (fugaz, de puntillas) cambia el libro. No sé si me hubiera gustado ser Alicia Sampelayo, pero como lectora me gustan su esfuerzo y su dignidad.

2- Me gustaría vivir, más bien, en los poemas de Marosa di Giorgio: allí todo es posible.