De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Miqui Otero, Leila Guerriero, Juan Manuel de Prada, Jorge Molist, Carme Riera y Pablo Gutiérrez
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Miqui Otero, Leila Guerriero, Juan Manuel de Prada, Jorge Molist, Carme Riera y Pablo Gutiérrez - ABC
Feria del Libro de Madrid

El ADN literario de los escritores en español (III)

ABC reúne a un nutrido grupo de autores para que conteste a dos preguntas: qué personaje le hubiera gustado ser y en qué novela le hubiera gustado vivir. Pasen, lean y disfruten

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Al escribir, los autores habitan sus propios libros, y llegan a construir universos habitados por personajes que, tiempo después, hacen soñar a los lectores. Pero, en esta ocasión y tomando como excusa la Feria del Libro de Madrid que el viernes abrió sus puertas, ABC ha pedido a un nutrido grupo de escritores en español que confiese sus debilidades literarias. Un recorrido generacional (de Caballero Bonald a Elena Medel, pasando por Vila-Matas o Sara Mesa) por el ADN de las letras hispanas.

Leila Guerriero:

1- Tengo la leve sensación de haber respondido alguna vez esta pregunta y haber dicho «Ninguno». Y lo primero que pienso es eso –«ninguno»-, supongo que porque los personajes de las novelas que más me gustan son personas bastante torturadas o complejas. Pero, obligada a escoger, querría ser algo bastante obvio: un personaje de alguna novela de aventuras, de esos capaces de destripar un lobo y dos mamuts antes del desayuno, de vérselas con una tormenta en alta mar, gente viajera e indómita capaz de no asustarse con lo peligroso y lo inesperado.

2- No sé si es un lugar para vivir, pero me gustaría mucho conocer el Restaurante Nostalgia, de la novela de Anne Tyler llamada, precisamente, «Reunión en el restaurante Nostalgia».

Miqui Otero:

1- Desde bien pequeño y siempre el mismo. Arsenio Lupin, el ladrón caballero de las novelas decimonónicas de Maurice Leblanc: disfraces, joyas tintineantes, robos sonados, bromas a la autoridad y aventura sin fin (leemos sobre aquello de lo que carecemos, claro). Un dandi de vida eléctrica que hace lo incorrecto por las razones correctas (así que hace lo correcto). O, en palabras de la criatura, que solo se la juega a los que lo merecen: «El fantasista caballero que no opera sino en los castillos y los salones y que, una noche en que había penetrado en casa del barón Schormann, se había marchado con las manos vacías, dejando su tarjeta ornada con esta fórmula: Arsenio Lupin, el ladrón caballero, volverá cuando los muebles de esta mansión sean auténticos».

2- Pues con bastante cargo de conciencia (por la curda interminable pero también por cómo se lo pasaba esa gente en una España deprimida), me quedaría si no una vida, sí unos cuantos meses en «El gran momento de Mary Tribune», de Juan García Hortelano. Como barcelonés que estudió en colegio religioso, eso de encerrarme en un piso madrileño de los setenta rodeado de personajes delirantes a beber cócteles no me suena del todo mal. Sobre todo si en cada maldita conversación la gente soltara una genialidad tras otra. Llegado el momento de la resaca y de la culpa, me metería en una novela tipo Scaramouche para purgarme de tanta ociosidad.

Juan Manuel de Prada:

1- Creo que me habría gustado ser el Marqués de Bradomín.

2- Me quedaría a vivir en el Quijote (esto tal vez quede demasiado tópico, pero es la verdad). En su defectio, en «Crimen y castigo».

Carme Riera:

1- Remedios la bella, de «Cien años de soledad».

2- Depende de la época del año, en agosto siempre me quedo en Proust, en «En busca del tiempo perdido», en otoño en «El Quijote».

Jorge Molist:

1- Guillermo de Baskerville, el Sherlock Holmes del siglo XIV en «El nombre de la rosa».

2- Me quedaría a vivir, en mi novela «La reina oculta». En su tiempo de grandes damas del Amor Cortés y sus trovadores.

Pablo Gutiérrez:

1- Me habría gustado ser Karim, el protagonista de «El buda de los suburbios», de Hanif Kureishi, y no sólo por sus divertidas aventuras sexuales, sino especialmente por lo que ocurre en la segunda parte de la novela: cuando descubre en Londres el teatro y comprende que se convertirá en actor. Ah, quizá yo también quise serlo, pero en otra vida, la literaria.

2- Me habría gustado vivir en el París de «Rayuela», aunque sólo fuera durante unas vacaciones. Creo que al final me hartaría de tanta conversación culta, tanta inteligencia y tanto jazz melancólico, pero sentimentalmente estoy unido a esa novela y sobre todo a esa forma de escribir, y además el resto de novelas que se me ocurren suelen transcurrir en unos lugares horribles.