La escritora británica Jessie Burton, en el Rijksmuseum junto a la casa de Petronella Oortman
La escritora británica Jessie Burton, en el Rijksmuseum junto a la casa de Petronella Oortman - marc driessen

Ámsterdam cabe en una casa de muñecas

Se publica en España «La casa de las miniaturas», debut literario de Jessie Burton y una de las novelas revelación de las letras británicas

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A pocos pasos de «La Ronda de Noche» de Rembrantd, emblema del Rijksmuseum e infalible imán turístico capaz inspirar una serie limitada de clicks de Playmobil, se alza, imponente y misteriosa, la casa de muñecas de Petronella Oortman. Una joya del miniaturismo, microarte encerrado en un ostentosa carcasa de carey e incrustaciones de peltre que, nos cuentan, requirió de 800 artesanos para reproducir con esmero todos los detalles (sí, todos: desde los mármoles a los minúsculos cubiertos pasando por las toallas o los doseles de las camas) de un hogar holandés del siglo XVII. «Era como un “protoFacebook”, una manera de mostrar la vida ideal», explica Jessie Burton (1982) mientras regresa, una vez más, a ese objeto de culto que, además de inspirar su primera novela, «La casa de las miniaturas» (Salamandra; Ara Llibres en catalán), ha revolucionado completamente su vida.

Y es que, a sus 33 años, la británica ha pasado de aparcar una discreta carrera como actriz a desbancar a J. K. Rowling de la lista de los más vendidos, despachar 500.000 ejemplares en Inglaterra y colocar su debut literario en 34 países. «Creo que de un modo algo ingenuo reemplacé el sueño de ser actriz por el de conseguir publicar», relativiza una autora que, mientras se marchitaba en una oficina de la City londinense, encontró en ese mundo en miniatura la puerta de acceso a su propia versión miniaturizada del Ámsterdam de 1686.

«Al principio no podía creer que alguien gastase tal cantidad de dinero en algo así, pero me empecé a documentar y me fascinó la sociedad de aquel entonces, el papel de las mujeres, la tensión entre la indulgencia y la ostentación…», explica Burton, prendada de Ámsterdam desde que visitó la ciudad en 2009. Esa metrópoli de burgomaestres y mercaderes, de marinos y hondas contradicciones calvinistas, es el escenario a escala al que llega Nella, una joven de familia humilde a la que acaban de casar con Johaness Brandt, un astuto comerciante de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales que intenta compensar su falta de interés biológico por la recién llegada regalándole una magnífica casa de muñecas, réplica exacta de su propio hogar.

Aprender por las mal

Un entretenimiento aparentemente inocente que, sin embargo, propiciará la aparición de una enigmática miniaturista capaz de adelantarse a los encargos de Nella y sacudir el día a día de una casa manejada con mando de hierro por la rígida y estricta Marin, hermana de Johaness. Así, lo que podría parecer un retrato costumbrista del Ámsterdam del siglo XVII y de cómo «las mujeres necesitaban ser adineradas para poder comportarse como seres humanos», se transforma en un asfixiante y húmedo thriller histórico,mitad Jane Austen mitad Dickens (aunque la autora confiese, algo azorada, que no ha leído entero ninguno de sus libros) que centrifuga secretos, ambiciones y aprendizajes por las malas.

«Nella viaja de la inocencia a la experiencia», sentencia Burton sobre una agitada travesía jalonada de hipocresía, racismo -no pierdan de vista a Otto, el sirviente negro- y brutales castigos a los homosexuales. «Me da la sensación de que en aquel momento la preocupación por los gais era más cívica que religiosa. La religión era una excusa para atajar los elementos que pudiesen alterar la vida en común de la sociedad», señala la autora, enfrascada en una segunda novela ambientada en Málaga a finales de los años 30.

«Hay una bonita relación, ya que estás escribiendo sobre dar forma a una casa de muñecas y, al mismo tiempo, lo haces sobre crear historias y tomar el control de tu propia vida», explica Burton, quien, tal y como hace Nella, puebla «La casa de las miniaturas» de personajes turbios como las aguas del canal Herengracht, milla de oro en la que confluían ambiciones y bajas pasiones y reflejo las constantes tensiones entre lo moderno y lo convencional, entre el individuo y el grupo. «En cualquier sociedad vas a encontrar una estructura de fuerza. Tenemos propensión a organizarnos de esta forma, somos competitivos, tenemos miedo del otro… Es un libro histórico pero con conceptos modernos», apunta.

Ante la Oude Kerk, la majestuosa iglesia antigua en la que empieza la novela y a la que los personajes acuden para purgar sus remordimientos, Burton anuncia que su primera idea era fabular con un cementerio en el centro de Ámsterdam. La realidad, sin embargo, acabó siendo aún mejor y le regaló una iglesia que, sarcófago de Saskia, la mujer de Rembrandt, esconde bajo su mismo suelo los huesos de 10.000 personas. Un ejército de esqueletos que, pasen y lean, no tendrá más remedio que apretarse un poco más tras cerrar «La casa de las miniaturas».