Manuel Vilas
Manuel Vilas - columna villaroya

Manuel Vilas. «Mis libros no habrían podido escribirse en época de Franco»

El poeta y novelista publica «El hundimiento», un libro desgarrador y, según la leyenda, autobiográfico

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Cuenta la leyenda que Vilas, Manuel Vilas, novelista de pro, y poeta también de pro, ha hecho agua. Que ni siquiera ver a Elvis en el show de Ed Sullivan le anima. «Hay golpes en la vida tan fuertes...», escribió Vallejo. Y Vilas parece que se lo ha tomado a pecho. Pero cuando se es un vate de su empuje y originalidad, para los lectores esto es bueno. Porque de esas aguas turbulentas, de sus naufragios personales y líricos, ha salido a flote «El hundimiento» (Ed. Visor), un poemario desgarrador y demoledor. Nada de buenas palabras, sino llagas sobre el papel. Cúrese, amigo Vilas.

-Las leyendas urbanas apuntan a que está usted pasando una mala racha. ¿Las musas se muestran aviesas?

-Tuve problemas personales, es verdad. La biografía de un escritor acaba siendo pública, pero aún no es el tiempo de escribir mis memorias. La vida tiene de todo, buenos y malos momentos.

-. Mientras leía su libro estaba escuchando a su querido Elvis, pero al final acabé oyendo a Tom Waits.

-A este libro le va más Tom  Waits.

-También dicen esas leyendas que se ha exiliado usted en los Estados Unidos.

-Si, paso largas temporadas en USA, y me gusta mucho este país. Está lleno de motivaciones para un escritor. Es un país que te obliga a escribir.

-Por lo menos se habrá tomado unas zarzaparrillas y unas hamburguesas con su amado Presley.

-En un pueblo del Midwest comí una hamburguesa que se llamaba Elvis Presley. Enfrente tenía una vitrina donde se exhibía el traje de soldado de un chico del pueblo que había muerto en Irak.

-¿Cómo está el Rey del Rock and Roll?

-Me temo que está muerto, pero Elvis cambió el mundo. A veces se menosprecia la cultura popular, pero es la que ha cambiado el mundo a día de hoy. Antes eso lo hacía la literatura.

-Su libro me ha cortado el rollo, me ha puesto muy mal cuerpo, me ha traído por el camino de la amargura.

-No podemos esconder el lado oscuro de la vida. Hablar con las sombras es también un cometido de la poesía.  Decir con precisión la adversidad es poesía.

-Pero vamos a ver, ¿la poesía no tenía que ser bonita?

-Yo creo que la poesía sirve a la vida. El servicio a la vida es lo que cuenta y lo que justifica todo. Yo creo en la vida, por eso escribo.

-Se titula «El hundimiento». ¿Qué pasa, el gran e indestructible Vilas está como el Titanic, está usted hecho un náufrago?

-Hay mucha hermosura en los hundimientos. La poesía debe nombrar todo lo que nos pasa. Y todo ser humano acaba envuelto en el sumidero del tiempo y la muerte. Fitzgerald, a quien cito en el libro, lo dijo: «Toda vida es un proceso de demolición». No es necesario ocultar nada. No se es infeliz por decir la verdad, aunque esta sea incómoda y terrible. Más bien no decir la verdad es lo que nos hace peores, menos inteligentes y más torpes.

-El náufrago más famoso, Robinson Crusoe, no se lo pasó tan mal, clima tropical, árboles frondosos, playas particulares, no escuchaba el debate sobre el Estado de la Nación.

-Leí esa novela de niño, y me entusiasmó. Me acuerdo del personaje llamado Viernes. Pero Robinson quería regresar a la civilización. Somos civilización. Si te vas a una isla, es como si estuvieras muerto. La vida solo es vida si te ven vivirla los otros.

-A Unamuno le dolía España. A usted parece que le tiene cogido por los h... con perdón.

-Me interesa España muchísimo, en todas sus dimensiones. He escrito docenas de páginas sobre España. Es el país en el que vivo. Y si viviera en Alemania o en Rusia, escribiría sobre Alemania y Rusia. Escribo de lo que conozco.

-En su libro se bebe mucho, me recuerda a aquello de Ramoncín de «litros de alcohol corren por mis venas».

-Cuando escribí ese libro aún bebía, ahora ya no bebo. El alcoholismo es un tema complicado. Dejémoslo así.

-Va usted de hotel en hotel. Así no hay manera de centrarse. ¿Cómo puede usted escribir? Como el malo Lee Marvin en «El hombre que mató a Liberty Valance», ¿usted vive donde cuelga su sombrero?

-Me gusta errar por el mundo. Ahora estoy viajando por Estados Unidos. Me gustan mucho los hoteles. En ellos parece como si tu pasado se esfumase. Los hoteles te dan una segundar oportunidad. Te reinventas en los hoteles. Y te hacen la cama y te cambian las toallas y te preparan el desayuno. Reverencio, exalto y respeto a la gente que trabaja en los hoteles. El trabajo es un sacrificio. Siempre dejo mi habitación recogida, para que quien venga a hacerla se alegre un poco.

-¿Cree que los poetas van poco al psiquatra?

-Los poetas lo que deben hacer es no despreciar la vida. Y conocer la vida. Y ser humildes con la vida.

-El poemita de los neonazis también es francamente agradable.

-En el libro aparecen personajes que simbolizan este tiempo. Son poemas que narran vidas en proceso de derrumbe. Porque esas vidas existen. No me invento nada. Solo hay que mirar la realidad de este tiempo.

-Leyendo el libro, a veces parece que si no lo hubiese escrito, que dicen que relaja, habría matado a alguien.

-El libro es, en mi opinión, completamente humano. La literatura sirve para iluminarlo todo. No hay que temer a nuestro corazón.

-Le diría que deseo que se mejore, pero que esté pachucho va a producir que cambie usted la historia de la lírica española, tan blanda y autocompasiva en general.

-Hace ya décadas que vivimos en libertad. Hay muchos libros de la actualidad que hubieran podido escribirse bajo la censura de Franco, sin problemas. Los míos no. Los escritores no tienen ninguna razón para no arriesgarse. Es hora de decirlo todo. Para eso está la literatura.

«1980»

Me miro todas las mananas, aún es de noche, bajo la luz eléctrica,

en el espejo del miserable cuarto de bafio,

ya con cincuenta y un años mal cumplidos y bien solo, y te veo a ti,

con la misma edad,

en el invierno de 1980.

Te veo a las siete de la mafiana cargando las maletas y los muestrarios en el maletero de tu Seat 1430.

Tal vez mi coche sea mejor que el tuyo.

La industria automovilistica occidental oferta a la clase baja algún modelo con sexta marcha e incluso con aire acondicionado.

El salario, sin embargo, es el mismo.

El pais, sin embargo, es tambien el mismo.

Veo el mismo rostro en el espejo, la aplastante madrugada y el sórdido empleo,

y la sórdida ganancia de una comisión,

toda la vida detrás de una comisión a la intemperie,

que no te dio para nada, absolutamente para nada.

Yo intenté escribir y tú fuiste

un anónimo viajante de comercio, somos lo mismo.

¿Dónde están nuestras capillas en las más famosas catedrales de Espafia,

en la de León, en la de Sevilla, en la de Burgos, en la de Madrid,

en la de Santiago de Compostela?

¿Dónde nuestros rostros en bronce esculpidos con las heridas en el costado?

Tú, recorriendo absurdos pueblos de Aragón, luchando por vender el textil catalán, el textil de las boyantes

empresas catalanas,

-barcelonesas, prósperas y ya con relaciones internacionales-

a sordos y oscuros y pobretones sastres de pueblos atrasados de la Espafia hosca, medieval y mutilada.

Ellos sí, tus jefes catalanes, ganaban mucho dinero, tú nada. Nos afeitamos los dos al mismo tiempo, tú en 1980,

yo en el 2013, un poco evolucionada si quieres

la industria del afeitado, un poco de colonia, un poco de agua en el pelo.

Salimos los dos al mismo tiempo y montamos en sendos automóviles,

el mío tiene música y el tuyo solo radio,

tu Seat 1430, y tal vez sea esa la unica diferencia,

a mí me a.yudan Lou Reed y Johnny Cash con sus canc1ones,

a ti no te ayudó nadie.

Te fuiste con setenta y cinco afios. Yo me voy dentro de cinco minutos.

No, no quiero verte al otro lado del espejo.

No soportaría tu mirada de fuego, tu mirada de condenación suprema.