Paul Preston, en su casa, durante la entrevista
Paul Preston, en su casa, durante la entrevista - L. V.

Paul Preston: «La Monarquía aún puede ofrecer algo muy importante a España»

El hispanista británico publica un libro sobre el final de la Guerra Civil y el golpe de Estado del coronel Casado contra Negrín en marzo de 1939

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Paul Preston, de 65 años, compone junto a Hugh Thomas y el gran Raymond Carr el trío de señeros historiadores británicos que han estudiado a fondo las tragedias de la República y la Guerra Civil. Preston, doctor por Oxford, miembro de la Academia Británica y condecorado con la Gran Cruz de Isabel la Católica, es un estudioso de ideología izquierdista. Sus tesis son a veces discutibles, pero no se le puede negar el esfuerzo de documentación y su amenidad y claridad expositiva. Ahora publica «El final de la Guerra» (Debate), donde reconstruye el golpe de Estado del coronel Casado en marzo de 1939 contra Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República. La obra de Preston viene a ser una reivindicación del doctor Negrín, que según el historiador habría acertado al intentar mantener hasta el fin el esfuerzo bélico para intentar llegar con más entereza a la negociación con Franco.

Para Preston, Negrín es víctima de una «conjura de los necios», en la que el socialista Julián Besteiro, que se une al golpe de Casado, actúa con «ingenuidad culposa», mientras que el coronel es descrito como «cínico, arrogante y egoísta». El libro muestra un final de la guerra lleno de engaños, mentiras, chapuzas y cobardías. Entre los cobardes destaca Azaña, con un retrato demoledor, muy alejado del altar al que lo subió el revisionismo zapaterista.

La tesis del profesor inglés contradice la que argumenta que Negrín fue un guiñol de los comunistas, y que con su valeroso empecinamiento solo provocó que el horror de la guerra durase más. Sentados en la sala de la acogedora casa de Preston en Highgate, al norte de Londres, el profesor, un hombre corpulento y sonriente, futbolero y musiquero, muestra buen talante cuando el gacetillero discrepa abiertamente de su tesis sobre Negrín. Con tolerancia inglesa y fairplay, incluso despide al discrepante regalándole una de sus obras y unas especias para dar un toque a los gintónics.

–Usted que ha trabajado mucho sobre la Guerra Civil y con éxito, ¿por qué vuelve a ella y a este episodio?

–La motivación era mi ignorancia. Me di cuenta de que la mayoría de los libros de la Guerra Civil despachan en cuatro páginas los últimos tres meses. Yo mismo soy culpable de eso. Y casi todos hemos tragado con demasiada facilidad las memorias del coronel Casado. Hay ya dos libros muy, muy buenos sobre ese período, uno de Ángel Bahamonde y Javier Cervera; y otro de Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez. Yo tengo vena de biógrafo y me he centrado más en los personajes y cómo eran. El libro se basa casi todo en materia prima. Me ha llevado año y medio de labor a fondo, siete días a la semana, diez horas al día. Aunque en realidad llevo toda la vida trabajando en esto. Tengo ya 8.000 libros sobre la Guerra Civil.

–Su libro se lee casi como una historia de intriga.

–Lo que me ha salido, aunque suene a coña, es un poco como esa serie de «Juego de Tronos». Una historia de malicia, conspiraciones, venganzas, putadas, resentimientos. No puedo decir que me he divertido haciéndolo, porque es una historia muy triste, de cutrez y tragedias evitables, pero el proceso de hacerlo sí ha sido una gran satisfacción.

–En la época de Zapatero, con su revisionismo de la Guerra Civil, se intentó colocar a Azaña en un pedestal. Pero leyéndole a usted, emerge el retrato de un gran cobarde. Y el general Rojo, jefe militar de los republicanos, por ahí…

–Hombre, yo no lo diría de Rojo. Son casos diferentes. En 1998 hice las mini biografías de nueve personajes de la República. Yo entonces hablaba con admiración de Azaña, por su inteligencia brillante y porque era un hombre que realmente no quería estar en política. A la mínima se iba a su casa a leer y escribir, que es lo que quería, y con lo que yo me identifico, a mi nivel inferior. Yo era consciente de que físicamente era un cobarde. En su día hice un artículo comparando a Azaña y Franco, del que se decía que era un hombre que no conocía el miedo. Pero no conocer el miedo sería ser un tonto. El coraje consiste en superar el miedo. Pensaba que Azaña, siendo un cobarde físico, superaba sus miedos. Pero ahora, al centrarme mucho más y ver cómo se comportó… Me ha sorprendido y entristecido. Él les da la excusa a Francia e Inglaterra para reconocer a Franco, al desdeñar a Negrín.

–¿Por qué cree que se le revalorizó?

–Sí, pasó en aquellos días del zapaterismo. Lo hizo también Jiménez Losantos, con una cosa sobre los últimos días de Azaña. Quizás se trataba de ensalzar a Azaña para de manera oculta criticar a los demás políticos republicanos. Pero mi opinión de Azaña ha empeorado.

–Le veo fascinado con Negrín. Si admite una opinión de un neófito, tras leer su libro mi conclusión es la contraria a la suya: que Negrín se equivocó tratando de sostener la guerra. No se ganó nada, al revés, solo más muerte.

–Yo no quiero ser tajante. En mis libros doy la materia para que cada uno busque su conclusión. Hay que ver el contexto. Se sabía lo que hacían los franquistas al conquistar cada territorio, las matanzas en Extremadura, Andalucía, Galicia, Navarra… habían sido terribles. Además había declaraciones, sobre todo a finales del 38, de Franco diciendo que tenía un millón de nombres que había que castigar. Decir que de no resistir se habría salvado a más gente… No es así. La retórica de resistir de Negrín era eso, retórica, una baza para una posible negociación. Negrín no hablaba de resistencia numantina. Solo quería organizar la evacuación de los que podían ser sometidos a represalias. Quería conseguir tiempo para la evacuación, con una defensa escalonada hacia los puertos del Mediterráneo. Lo que lo complica todo es el golpe de Casado y la sublevación derechista de Cartagena.

–¿Negrín trataba de enlazar la guerra española con la Segunda Guerra Mundial?

–Sí, pero es muy difícil saber si podría haberlo logrado, es un futurible. Pero sí era evidente que iba a haber una Guerra Mundial. Dos semanas después de la salida de Negrín de España estalla la segunda crisis de Checoslovaquia, la penúltima etapa ya de los prolegómenos de la Guerra Europea. Los británicos ya se dan cuenta que no pueden controlar a Hitler. Negrín nunca escribió memorias. Pero, especulando a base de investigación, creo que Negrín pensaba que Franco, que era un buen jugador de póquer, debía estar también un poco cohibido con esta situación. Si británicos y franceses despertaban aquello podía tener consecuencias muy negativas para Franco. Negrín hizo lo que tenía que hacer y decir que por culpa de él murió más gente no lo comparto. Sí por culpa de Casado.

–Ha hablado de las represalias de Franco. Pero hay también las de la otra parte. ¿Qué responsabilidad tiene Negrín en las matanzas de los comunistas en Madrid?

–¿Pero de qué matanza me habla?

–Pues de los clérigos católicos, las checas…

–¿Eso que tiene que ver con Negrín?

–Hombre, era quien mandaba allí cuando sucedía todo eso y gobernaba con los comunistas. Usted ha dado cifras en sus obras según las cuales la represión fue tres a uno mayor por parte de los nacionales, pero ha escrito que en Madrid la situación fue justo la contraria: tres a uno mayor por parte de los republicanos.

–La gran matanza en Madrid es en septiembre, octubre y hasta finales de noviembre de 1936. Al comienzo de la guerra, el primer Gobierno de la República es de elementos republicanos bajo presidencia de un liberal, Giral, que no tiene poder. El Estado ha colapsado. En esas circunstancias los anarquistas abren las cárceles, hay mucho criminal suelto, y también por obra de los propios anarquistas y algunos comunistas y socialistas empiezan las matanzas, las sacas de las cárceles. Pero en septiembre de 1936 dimite Giral y entra Largo Caballero, que en noviembre se larga a Valencia con su Gobierno. Y en todo ese tiempo Negrín es un ciudadano de la calle, un científico que está en su laboratorio. Hay evidencias de que salía de noche para intentar evitar las matanzas, enfrentándose a las anarquistas. Lo de Paracuellos lo organiza mayormente el Partido Comunista con la CNT y FAI. Negrín no es primer ministro hasta mayo del 37 y a partir de diciembre del 36 hay muy pocos asesinatos, porque el Gobierno ha podido impedir esas atrocidades.

–Me sorprende eso que dice: cuando están en descomposición, cuando el Gobierno republicano es casi un gabinete ambulante, va y logra imponer el orden púbico…

–No sé si le entiendo. Todo eso de las matanzas lo he estudiado en mi libro «El holocausto español» y Negrín no tiene nada que ver.

–¿Tiene usted cuantificados el número de muertos de perfil conservador en el área republicana durante el mandato de Negrín?

–Uff. Eso habría que… En la época en que Negrín es primer ministro ya han pasado casi todas las matanzas y fueron unos 50.000, cifra desde luego espantosa, pero anterior a él.

–Vengamos un poco al presente. Usted que es biógrafo del Rey Juan Carlos, ¿cómo ve a Felipe VI?

–No ha llegado con la ola de popularidad que llegó a disfrutar su padre. Pero si Felipe VI no fuese el jefe del Estado, ¿quién lo sería? ¿Quién sería capaz de jugar su papel? Habría, yo qué sé… que desenterrar a la Madre Teresa. La Monarquía todavía puede ofrecer algo muy importante a España. Yo no soy monárquico, pero ofrece una jefatura del Estado neutral. Tras el sacrificio necesario que ha hecho su padre, hay que darle esa oportunidad a Felipe VI.

–¿Qué va a pasar en Cataluña y con Podemos?

–Todo eso tiene muchísimo que ver con la crisis económica, como sucede aquí con UKIP. Si la economía mejorase, la situación cambiaría totalmente.

–¿Cómo ve a los historiadores españoles? ¿Han mejorado respecto a su llegada a España?

–Una barbaridad. El día y la noche. Cuando yo llegué a España los historiadores españoles escribían los unos para los otros, no para los lectores. Eran hijos de la escuela alemana y francesa y no pensaban en el lector, creían que cuanto más difícil, mejor. Hoy hay historiadores españoles buenísimos.