Banville se refleja en Black...
Banville se refleja en Black... - abc
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John Banville entrevista a Benjamin Black en Oviedo: «El escritor no existe»

El Príncipe de Asturias de las Letras 2014 se presta en esta entrevista a un curioso experimento: responder a las preguntas del periodista que un día fue como su álter ego negro

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Normalmente, John Banville (Wexford, 1945) es el encargado de acudir a las entregas de galardones y recoger los premios, mientras Benjamin Black se queda en casa, «molesto y pensando que debería ser él quien estuviera allí».

Pero, en el caso de Oviedo, el escritor irlandés ha decidido traer a su álter ego y compartir con él el honor de recibir el Príncipe de Asturias de las Letras 2014. Galante y educado, el autor de «Los infinitos» (la que dice es su mejor novela) se mueve por el hotel Reconquista de la capital del Principado con una afabilidad que suele escasear en las rondas de promoción de sus libros.

Se le ve contento. Feliz, diría el osado «plumilla». Esa osadía, combinada con el buen humor de Banville, permiten sacar adelante un curioso experimento: el escritor irlandés acepta ponerse en la piel de Benjamin Black para responder a las preguntas del periodista que, por unos minutos, usurpa la personalidad de John Banville. ¿El resultado? Más que satisfactorio (para ambos).

-John Banville: Joyce y Beckett son mis grandes referentes literarios. ¿Cuáles han sido los suyos?

- Benjamin Black: Los grandes escritores de crimen, de novelas negras, como Raymond Chandler. He escrito, de hecho, un libro donde resucito a Philip Marlowe. También Richard Stark (seudónimo del escritor Donald E. Westlake), que no es tan conocido, pero es estupendo; o James M. Cain, que escribió la novela «El cartero siempre llama dos veces»... Estos son mis modelos.

-John Banville: Publiqué mi primera novela en 1970. Usted empezó hace relativamente poco, casi es un novato en esto de la literatura. Si no me equivoco, acaba de terminar su séptimo libro. ¿Qué ha aprendido durante estos años?

-Benjamin Black: Yo creo que los escritores de novelas negras no se desarrollan, no cambian. Mi séptimo libro tiene el mismo tono que el primero. Ser escritor de novela negra supone que trabajas con clichés y el interés estar en hacer que esos clichés sean nuevos, tenga una vida nueva. Mis expectativas son, por tanto, muy bajas.

-J. B: Hablando de bajas expectativas, cuando recibí el Booker dije algo que causó mucha polémica. Dije que por fin se premiaba a una obra de arte, refiriéndome a mi libro “El mar”. ¿Qué es la literatura para usted?

- B. B: No sé lo que es la literatura, pero sé lo que son mis libros. Mis libros son artesanales, en el sentido de que los he creado de la mejor forma posible, con honestidad y toda la ilusión posible. Pero no tienen ninguna pretensión de ser literatura. En cuanto a qué es literatura, habría que preguntarte a ti, Banville, pero seguramente tampoco podrás contestar a esa pregunta.

-J. B: Bueno, en mi opinión, la ficción consiste en soñar mientras estás despierto. Además, una frase siempre puede escribirse mejor. Me considero un poeta en prosa. ¿Usted usa también esa artesanía, en su propia escritura, con esa complejidad o complicidad que exige la poesía?

-B. B: No, no, no, para nada. Mis libros son muy sencillos, muy directos. Hay algo en la informática que se llama WYSIWYG (acrónimo de What You See Is What You Get; en español, «lo que ves es lo que hay»). Mis libros son iguales, son como son, no hay ningún significado oculto, todo está en la superficie.

-J. B: Simenon, que fue un gran escritor de novela negra, escribía muy rápidamente, casi de forma compulsiva. ¿Cómo escribe usted?

-B.B: Me gustaría poder escribir tan rápidamente como Simenon, que escribía sus novelas casi en diez días. Cada mañana, se sentía mal, vomitaba antes de empezar y de nuevo vomitaba cuando acababa. Yo no quiero trabajar con ese tipo de presión. Según Banville, Benjamin Black es alguien que camina siempre sobre la cuerda floja, sin mirar atrás, lo más rápidamente posible. Banville, en cambio, es como un topo que va excavando en la tierra, esperando encontrar la luz, pero en cuanto sale, vuelve a meterse de nuevo bajo tierra. ¡Pobre Banville!

-J.B: ¿Le gustaría una copa más de vino?

-B. B: Sí, Banville tomó la anterior. Esta es para Black. De hecho, cuando Banville empezó a ser Black, tenía un plan. Como soy ambidiestro, decidió escribir sus novelas de Black con la mano izquierda, pero hace tanto que no uso esta mano para escribir que tardaría demasiado. Pero es una idea bonita, ¿verdad?

-J. B: Lo es, por algo fue mía. Sé que escribe en verano. El otro día, pensaba en esta charla y se me ocurrió que podría trasladarse un verano a España y escribir aquí. Es el escenario perfecto para escribir un thriller.

-B. B: No, en absoluto, no podría hacer eso. Sería presuntuosos de mi parte intentar hablar de los pecados de los españoles. Además, en Irlanda tenemos suficientes pecados para que Benjamin Black siga escribiendo todas las novelas que pueda.

-J. B: Más de 60 clubes de lectura han acudido estos días a un encuentro con usted en Gijón. Esos lectores, ¿van a verle a usted o a mí?

-B. B: Seguramente serán todas mujeres. Da igual a quién vayan a conocer, se van a desilusionar igual. Ahora en serio, el escritor no existe. Cuando me levanto del escritorio, la persona que estaba escribiendo deja de existir. Los lectores saben más de las novelas que yo mismo, siempre me cuentan cosas de mis libros que no sabía que estaban ahí. Yo escribo en una especie de trance, en un estado de ausencia, de la misma manera en que soñamos. Nietzsche dijo que cada hombre es un artista cuando duerme.

-J. B: ¿Es necesario ese contacto directo con el lector para completar el juego literario?

-B. B: Yo no tengo ningún contacto directo con los lectores. De hecho, escribo para mí mismo. Todos los escritores escriben para sí mismos y, si dicen lo contrario, están mintiendo. Luego, por alguna maravillosa coincidencia, incluso un milagro, lo que yo escribo después resulta ser de mucho interés para muchas personas.

-J. B: ¿Sigue odiando los géneros?

-B. B: Pues sí. Una de las razones por las que odio a algunos de los modernistas es que parece que odian a su público. Quieren tener un arte cerrado, hermético, que no esté disponible para nadie más. Yo soy populista en ese sentido. No me importa lo que digan los críticos literarios, nunca leo nada de lo que se escribe sobre mí, pero me encanta que se acerque la gente. No hay nada más encantador. Porque la pasión es algo que usamos para crear las obras de arte, y esperamos que la respuesta sea siempre con pasión.