Isabel Allende: «La gente joven tiene miedo al libro de papel»
Isabel Allende, poco antes de la entrevista en un hotel de Madrid - ANGEL DE ANTONIO

Isabel Allende: «La gente joven tiene miedo al libro de papel»

La escritora chilena presenta en España su nueva novela, «El juego de Ripper», su primera incursión en el género negro

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Isabel Allende (Lima, 1942) comienza cada nueva novela un 8 de enero. Es su fecha mágica, el número que trae las musas a la casa de sus espíritus literarios. En 2012, pese a necesitar un descanso para ocuparse de su cuerpo y su alma (como ella misma reconoció), la autora chilena cumplió con su ritual y se puso a escribir el día fijado.

El resultado es «El juego de Ripper» (Plaza & Janés), su primera incursión en el género de la novela negra después de treinta años de carrera. Una historia con los elementos básicos del «thriller», pero aderezada con los ingredientes propios de la narrativa de Isabel Allende: amor, humor, espiritualidad y un toque de pasión. Tras la extraña desaparición de su madre, una joven (Amanda Martín) apasionada de los juegos de rol se ve inmersa en la investigación de una oleada de crímenes en la bahía de San Francisco.

La misma bahía que la autora, que ha pasado estos días por España para presentar «El juego de Ripper», contempla cada día desde su casa, que comparte con su marido, el escritor Willie Gordon, en una vida construida por y para la literatura.

—¿Por qué decidió adentrarse en el género negro?

—Quería escribir una novela que estuviera dentro de los cánones del género, pero tomándole el pelo, con un poco de burla, con ironía, con humor. En el género policial es muy importante que existan todas las claves para que el lector adivine quién es el culpable, pero que no las vea, distraerlo con otras cosas. Es un juego entre lector y escritor.

—Eso me recuerda un poco a lo que hizo Cervantes con las novelas de caballerías en «El Quijote».

—Tuve en mente a Cervantes porque él tomó el género que era más popular en ese momento e hizo una perfecta novela de caballerías burlándose despiadadamente. Eso me dio una idea de que me podía burlar del género también, cumpliendo todas las reglas.

—Y demostró que pocos géneros se le resisten.

—No me atrevería a escribir una novela rosa, porque sé que no sería capaz de hacer una cosa creíble.

—En sus novelas las mujeres son fuertes, poderosas. ¿Se considera una escritora feminista?

—Yo soy feminista como persona. Supongo que lo que yo soy en mi vida se refleja entre líneas en lo que escribo. Generalmente, en mis libros, las mujeres tienen que vencer increíbles obstáculos para obtener lo poco que logran. Pero lo hacen, con una tremenda fortaleza interior en circunstancias que no las ayudan para nada. Esa ha sido un poco mi vida y la vida de las mujeres que he tenido a mi alrededor.

—La sociedad sigue siendo patriarcal.

—Por supuesto, completamente. En lo que llevo de mi vida, las mujeres han ido adquiriendo derechos, pero falta mucho. En la mayor parte del mundo las mujeres no tienen acceso a la planificación familiar, tienen que tener los hijos que les toquen. Además, cuando hablamos de feminismo, estamos pensando en Estados Unidos y Europa y no pensamos en el 80% de la humanidad, que todavía no ha oído la palabra. Falta mucho por hacer.

—Eso se nota aún más en las nuevas generaciones, gente muy joven que incluso sufre malos tratos.

—La generación tuya, la mía, la de mi madre, también sufría malos tratos, pero se sabía menos, había menos información. En países como España, como Chile, como Estados Unidos, las chicas jóvenes que tienen acceso a la educación no sienten que la lucha feminista sea relevante, creen que ya está ganada. No tienen idea de lo fácil que se pierde. La mujer pierde los derechos adquiridos muy fácilmente. Las chicas jóvenes de hoy, que no se dicen feministas porque no es sexy ser feminista, que tengan cuidado porque pueden perderlo todo.

—Es una de las pocas mujeres representantes del boom latinoamericano.

—No me consideran del boom. Se supone que yo soy post boom. Ser post cualquier cosa no es muy bueno. En la literatura, una mujer tiene que hacer el triple de esfuerzo que un hombre para obtener la mitad de respeto. Me costó 30 años de escritura y 20 libros para que me dieran el Premio Nacional de Literatura en Chile y estoy muy agradecida, porque me dio una situación de respeto que mis colegas no me habían querido dar. Tenía el público a mi favor, pero no tenía ni a la crítica ni a mis colegas.

—¿Qué queda del realismo mágico?

—Los grandes nombres del boom, que eran todos hombres, la mayoría ya están muy viejos, no esriben. Otros están muertos y los que escriben siguen siendo extraordinarios. Mario Vargas Llosa sigue siendo extraordinario. El realismo mágico dejó una marca muy importante, le mostró al mundo quiénes éramos los latinoamericanos y nos mostró a nosotros nuestra imagen en un espejo. Eran un coro de voces muy diferentes, pero armónicas, que fueron fundamentales en nuestra identificación.

—Lleva 26 años viviendo en Estados Unidos. ¿Qué se le ha pegado del carácter yanqui?

—Yo siempre fui muy directa y muy práctica, pero se me ha pegado una cosa muy buena, que es el respeto por el espacio de los demás, por su privacidad. Eso no lo tendría en América Latina.

—¿Suele echar la mirada hacia atrás?

—No, no tengo tiempo para mirarme el ombligo, mi amor. Siempre me estoy imaginando algo, inventando algo, en algún proyecto. No tengo tiempo para estar pensando cómo era yo a los 36, si acaso los amores frustrados… Qué lata.

—Bueno, casi es mejor no vivir con el lastre del pasado.

—No vivo con el lastre del pasado y vivo bastante en el presente, pero medito todos los días. Esa meditación me obliga a centrarme y ver quién soy.

—¿Se imagina su vida sin la literatura?

—La escritura me centra, me obliga a estar sola y callada. En ese silencio, en la soledad, yo me encuentro y veo las relaciones entre las cosas, siento que hay dimensiones de la realidad que se me olvidan y no las persigo si no estoy escribiendo, estoy en el ruido del mundo. Por eso a mí lo que me gusta no es terminar el libro, no es que el libro se venda, es crearlo, porque es en ese proceso fantástico donde sale todo lo que yo tengo dentro y recibo tanto.

—En España siempre ha sido un fenómeno literario. ¿Qué le parece el debate entre las ventas y la calidad?

—Mi mejor premio es la fidelidad de los lectores. Se han vendido 60 millones de mis libros en 35 lenguas. Eso es un premio increíble que muy pocos escritores tienen. El hecho de que uno venda mucho automáticamente te descalifica como best seller. Best seller quiere decir que es mala literatura o que no tiene calidad, lo que no siempre es verdad. Cuando un libro perdura se sostiene solo, digan lo que digan los críticos.

—¿Le gustaría ser recordada?

—Yo creo que no voy a ser recordada. La gente que es recordada se puede contar con los dedos de las manos. La idea de trascender es muy masculina. Las mujeres tenemos un sentido de la realidad mucho más realista, aterrizado.

—¿Y qué me dice del e-book?

—Los que aman la lectura siguen teniendo el deseo de leer, ya sea en una pantalla o en un libro. Va a llegar un momento en que el libro va a ser un objeto de coleccionista, de museo.

—Pero el libro en papel no va a desaparecer.

—No va a desaparecer completamente, pero va a ser inaccesible, porque es mucho más barato y más lógico leer en una pantalla. Además, la gente joven le tiene miedo al papel. Los jóvenes no pueden vivir sin mirar la pantalla. Pero la literatura va a seguir existiendo.

—En estos tiempos, ¿qué papel debe jugar el escritor en la sociedad?

—Los artistas expresan, por diferentes medios, el sentimiento colectivo. Perciben e internalizan lo que está pasando y lo transmiten en diferentes medios. En la medida en que son médiums de ese inconsciente colectivo su obra tienen trascendencia o importancia.

—Uno de sus libros más conocidos es «Paula», sobre la muerte de su hija. ¿La literatura puede sanar?

—«Paula» es el libro que más respuestas ha tenido porque todo el mundo tiene pérdidas de alguna naturaleza. Sin saberlo, uno puede ayudar, pero también puede herir. Uno no sabe las consecuencias y no puedes medirlas. Cuando escribo no pienso que estoy ayudando a alguien, solo comparto una historia.