Muñoz Machado: «El federalismo no aportará ninguna solución a España»

Muñoz Machado: «El federalismo no aportará ninguna solución a España»

El jursita, premio Nacional de Ensayo por su libro «Informe sobre España. Repensar el Estado o destruirlo»

Actualizado:

En la España del desafío soberanista y el incumplimiento de determinadas sentencias, pero también en la España que trata de sobreponerse a la crisis y ha logrado, por ejemplo, aprobar un plan hidrográfico que parecía imposible hace cinco años, el premio Nacional de Ensayo recayó ayer en una obra cuyo título es esta disyuntiva:«Informe sobre España. Repensar el Estado o destruirlo» Lo publicó Crítica y su autor, Santiago Muñoz Machado, académico de la RAE y experto en Derecho Administrativo, estaba exultante, feliz, respondiendo a los periodístas que querían conocer, a la luz de ese libro, su opinión sobre lo que nos pasa.

-¿Estamos en el dilema de repensar o destruir nuestro Estado, como dice el título de su libro premiado?

-Estamos en la necesidad de repensar el Estado frente a algunos que están planteando opciones destructivas. Yo no soy partidario, claro, de ninguna clase de destrucción o demolición. Soy del tipo de intelectuales que ha dedicado su vida a ponerle cimientos a las instituciones para que trabajen correctamente y funcionen bien.

-Pero vivimos una crisis que parece alcanzar a todo.

-En momentos de crisis, como ocurre ahora, en los que hay partes del edificio que parece que se están tambaleando, el deber que yo asumo como propio en ese libro es explicar que hay cosas que en efecto están débiles y encontrar qué ha de hacerse para evitar la demolición.

-Hay en España planteamientos muy destructivos, algunos de escisión, que parecen incompatibles con repensar nada. Pero también se plantean reformas, como una federalización que se propone desde la oposición: ¿cómo se ven desde su ámbito de estudio?. Las experiencias federales pasadas han sido poco memorables.

-Bueno, las experiencias de la historia son eso, historia y a la historia pertenecen. Hay que buscar ahora las soluciones que convengan al país. Federal, federación, federalización, son palabras que tienen un valor casi milagroso o mítico para mucha gente. Algunos creen que basta con invocar esas palabras para que los problemas se resuelvan. Pero otros creemos que la palabra no aporta nada.

-¿Y el concepto?

-Tampoco aporta nada, ninguna solución novedosa a lo que ya tenemos. El esquema de funcionamiento del Estado actual hay que mejorarlo y hay que curar los defectos que han aparecido a lo largo de 30 años de práctica. Sustituirlo por un modelo nuevo sería algo sin mucho fundamento.

-¿Por qué?

-Porque quien lo proponga debería responder a dos preguntas fundamentales: Primero, ¿Cuántas comunidades autónomas actuales han pedido convertirse en Estado para formar una federación? ¿Han dicho el País Valenciano, Extremadura, Cantabria o la Rioja que quieren tener una Constitución donde tenían un Estatuto de Autonomía y que en lugar de Comunidades Autónomas se van a llamar Estados de la Federación Española? Eso no lo ha pedido nadie. En segundo lugar, el modelo federal ¿resuelve el problema de Cataluña? ¿Se quedarían satisfechos los nacionalistas catalanes si cambiamos la denominación y creamos unas estructuras federales? Si estas preguntas no tienen respuesta positiva, es mejor dejarlo.

-¿Por qué parece un talismán esa palabra "federalismo"?

-No lo sé, será porque es una simplificación que tienen algunas personas en la cabeza. Federaciones hay muchas en el mundo. Aquí lo que hay es un problema de estructura y funcionamiento de la organización territorial del Estado. Lo que tenemos tiene defectos, efectivamente, y eso hay que arreglarlo. Y hay que arreglar las justas reivindicaciones de territorios que reclaman alguna diferenciación y, si es posible, habría que organizarlo, pensar cómo. Pero de ahí a tirar por la borda un modelo que ha ido funcionando en términos generales no tiene sentido.

-La transición nos dio una etapa de prosperidad y estabilidad. ¿Cuál ha sido más visible fallo de la estructura que nos dimos?

-El texto constitucional mismo, que presenta muchos defectos técnicos, de definición de conceptos. Es demasiado escueto: el Titulo VIII en cuanto al reparto de papeles entre el Estado y las Comunidades Autónomas, y la definición de en qué consisten las competencias legislativas, qué significa el concepto de exclusividad, cuándo una competencia es exclusiva; además, se ha echado una carga excesiva sobre el Tribunal Constitucional y que yo creo que habría que aliviar. En fin hay muchas cosas que valieron para un momento de salida del régimen autoritario al régimen democrático y que fueron fáciles de aplicar en un momento en el que todo el mundo estaba de acuerdo en que había que salir adelante y utilizar lo que teníamos.

-Pero eso ha cambiado.

-Con la tranquilidad de 30 años de historia, es sustancialmente mejorable la redacción de numerosos preceptos y la aclaración de la regulación establecida en el Título VIII.

-¿Qué habría invocar para que esto se haga bien?

-Lo más sencillo es una explicación que diga que no hay una constitución que resista más de una generación sin revisiones. Llevamos más de treinta años -que es el tiempo de una generación- con un texto que ha sido aplicado y donde hemos verificado que hay cosas que no están demasiado bien. Simplemente el paso del tiempo es suficiente, el paso del tiempo es una razón. Hay gente de las generaciones más jóvenes que no vivió la transición ni sabe por qué se hicieron algunas cosas, y que necesitan contar con reglas mucho más objetivadas y seguras. Hay secretos en el texto de la Constitución que dependieron de consensos que ahora ya la gente no los entiende.

-Decía Goya que el tiempo tambièn pinta. Parece que también desgasta las leyes.

-El tiempo pasa, las Constituciones no son textos eternos, ni las situaciones políticas de los países. No hay que tener miedo a las revisiones. Ese es el mensaje.

-¿Somos capaces en estos momentos de la serenidad necesaria para ese empeño?

-Depende de los partidos políticos y de sus intereses, pero creo que esto los ciudadanos lo entenderían bien.

-Al Estado se le percibe débil en esta problemática. Otros discursos nacionales o nacionalistas crecieron sin complejos y el que debería unirnos no logra su cometido. ¿Por qué?

-Publiqué hace unos años un libro: “El problema de la vertebración del Estado en España”, donde analizo este problema desde el siglo XVIII, desde los Decretos de Nueva Planta, hasta la actualidad, y la tesis que sostiene ese libro es que no ha habido políticas del Estado.

-¿Históricamente?

-El Estado no ha estado todo lo presente que hubiera debido en las políticas concretas para fortalecer la cohesión del país, la nacionalización, en el sentido españolista del término, tan denostado algunas veces.

-Parece que es pecado decirlo…

-Parece que es legítimo que los demás intenten nacionalizar, los territorios donde hay un partido nacionalista hagan un esfuerzo de todo tipo por nacionalizar a sus gentes y que sean reprobables, en cambio, las políticas de nacionalización en el sentido español.

-¿Qué políticas faltaron desde el comienzo?

-Pues todas, desde las de obras públicas hasta las educativas. Las educativas son las más obvias, pero las de infraestructuras, de organización del comercio, de la unidad de mercado. Todas esas políticas han sido desatendidas no ahora, sino durante muchos años a lo largo de nuestra historia.

-¿Estamos en riesgo de taifas?

-No, eso es una exageración. Tampoco lo permitiría la Unión Europea, que exige la vigencia de algunas libertades, como las de libertad de circulación que son incompatibles son el taifazgo.

-Invocar a Europa como contexto jurídico aporta estabilidad, ¿no?

-Claro. Europa está regida por normas que nos condiciona de un modo que, para nuestros intereses de país con tendencia a la centrifugación, es un contexto interesante y útil.

-¿El derecho es la única vía para abordar este asunto con cabeza fría?

-No hay más. Las sociedades viven gracias a la existencia de una norma fundamental que se llama constitución que todos respetan. Si eso no existe, la sociedad se destruye.

-Caso de que no se aborde, se produciría descrédito institucional. Hay sentencias que no se cumplen en determinadas autónomías...

-Las instituciones aguantan mucho. Los universitarios llevamos muchos años diciendo que la institución universitaria está destruida, pero al final renace de las cenizas en que la situamos. Y así el resto de instituciones del Estado. Aunque la crisis es compleja y profunda, aunque hay mucho descrédito, tenemos un país en el que merece la pena confiar. No hay que estar callados, si hablamos de los intelectuales, ni quietos, si lo hacemos de los políticos, que son quienes tienen la obligación de movilizar e ilusionar a los ciudadanos.