Zoé Valdés rescata a Dora Maar de las garras de Picasso
La escritora cubana Zoé Valdés - ISABEL PERMUY

Zoé Valdés rescata a Dora Maar de las garras de Picasso

La escritora cubana presentó ayer en Madrid «La mujer que llora», la novela con que ha ganado el Premio Azorín

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La escritora cubana Zoé Valdés presentó ayer en Madrid “La mujer que llora”, la novela con que ha ganado el Premio Azorín de este año, y que se basa en la figura de Dora Maar, la mítica fotógrafa, pintora y poeta que fue además tormentosa compañera y musa de Pablo Picasso. Es esta una obra de y para la pasión, escrita por una vehemente mujer que no se avergüenza de reconocer que soñaba con que “Dora Maar quisiera tener una amiga como yo”. Y que también confiesa haber llegado a odiar mucho a Picasso por el camino.

Zoé Valdés está evidentemente obsesionada con las grandes matronas del surrealismo. Esta novela forma parte de una trilogía dedicada a Remedios Varo, a Dora Maar y a Lidia Cabrera, a la que ayer no vaciló en calificar como “la escritora cubana más grande de todos los tiempos”. Era casi divertido ver cómo en muchos casos para hacer interesantes a estas mujeres, para llamar la atención sobre su curriculum, había que destacar los artistas masculinos de los que han sido musas, amantes o las dos cosas. En el caso de Dora Maar, además de al Rey Sol Picasso hay que mencionar a Man Ray y Georges Bataille, sin ir más lejos.

Y sin embargo Dora Maar ya era una artista muy reconocida y muy inquietante –“ella nació surrealista, solía decir de ella el surrealista cubano Pedro Camacho”, evocaba ayer Valdés- que precisamente captó la atención del genio malagueño por su creatividad. Picasso era famoso por fagocitar cuanto talento olía a su alrededor, y el de Dora no fue una excepción. La apartó de la fotografía, en la que era excelsa, para abocarla en la pintura, donde nunca le alcanzaría a él, y donde en cualquier caso todos sus méritos quedarían siempre inevitablemente eclipsados por la explosión solar picassiana.

Valdés ha centrado su novela en un casi misterioso viaje que Dora Maar realizó a Venecia ya separada de Picasso, en compañía de dos interesantes amigos homosexuales, uno de los cuales, el estadounidense James Lord, se había alistado en el ejército de su país con el único objetivo de marchar a Europa y conocer a Picasso. Dora Maar y James Lord bordearon quizás cierto tipo de viudedad picassiana compartida en aquel viaje a Venecia del que Maar sólo volvería para encerrarse en su casa y en la religión católica por el resto de su vida: “después de Picasso, Dios”.

Culto a los sentimientos

“La mujer que llora” es una novela que rinde culto a los sentimientos humanos más extremos e interesantes, pero que también trata de poner ciertas cosas en su sitio, yendo mucho más al fondo de la cuestión de lo que lo haría por ejemplo el feminismo. Cuando ayer a Zoé Valdés le preguntaron si Picasso “maltrataba” a Dora Maar, ella se quedó mirando esta palabra, “maltratar”, como si no la hubiera visto nunca. Quien esto firma intuyó que pensaba: que poca cosa y que torpe es eso de “maltratar” para describir lo que Picasso hacía a sus mujeres, o a sus amigos como Max Jacob, al que dejó mandar a Auschwitz sin mover un dedo. Como si Picasso fuese un simple delincuente de género. Por favor, estamos hablando de cosas mucho más profundas y más grandes.

“A Dora Maar la maltrató en primer lugar la época, el momento histórico”, acabó decidiéndose Valdés a decir, “pero siempre somos cómplices de algún modo cuando queremos hacer del sufrimiento un arte”. Y ella hizo exactamente eso, echándole un pulso titánico a ese Picasso que parecía avanzar por la vida dejando una estela de suicidios a su paso. Dora resistió el hechizo, el canto de sirena de matarse, y optó en cambio por retirarse del sexo y del mundo de la manera más elegante…y violenta. Los detalles, en la novela.