Laura Fernández: «La literatura española le ha dado la espalda al humor»
Laura Fernández, durante la entrevista en La Central de Barcelona - ines baucells

Laura Fernández: «La literatura española le ha dado la espalda al humor»

La escritora barcelonesa aborda entre risas el drama de la adolescencia en «La chica zombie»

david morán
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Levántate y anda, Gregorio. O arrástrate. Como prefieras. Lo importante es que te muevas. Y, ya puestos, que vuelvas al trabajo, que ya es hora. A Gregorio Samsa, por lo que sabemos, le dejamos transformado en un gigantesco insecto y lustrando la suela de los zapatos de su padre, pero ¿qué hubiese pasado si no hubiese tenido más remedio que hacer de tripas corazón, olvidarse de su inoportuna metamorfosis y salir a la calle? Así que, ya sabes Gregorio, levántate y anda.

Eso es precisamente lo que se pregunta Laura Fernández (Terrassa, 1980) en «La chica zombie» (Seix Barral), novela que tira del hilo de la asfixia y, en fin, la sensación de no encajar patentada por Kafka para retratar la adolescencia a partir de la pútrida mirada de Erin Fancher, una joven de 16 años que amanece un buen día transformada en zombie.

A saber:piel azulada y macilenta, pústulas supurantes, labios de quita y pon, pedazos de carne en caída libre y un intenso olor a fosa séptica. «La idea del zombie habla de la masa, de cómo se devora al individuo», explica la escritora y periodista barcelonesa, quien entrelaza aquí ideas, caminos y referencias para construir una delirante y traviesa fábula sobre «lo que crees que eres y lo que los demás piensa que realmente eres».

Robert Mitchum

El juego de las (falsas) apariencias, el sobrepeso del entorno y la incombustible angustia adolescente, disfrazados de azul muerto y transplantados en Elron, una ciudad ficticia sospechosamente parecida a la Terrassa natal de la autora en la que los alumnos acuden al instituto Robert Mitchum, gastan nombres italoamericanos y rebotan por las páginas de la novela repartiendo onomatopeyas y vociferando cosas como «¡Demonios!» o «¡Chiflado!». «La gente no dice cosas así, es cierto, pero los personajes tienen que hacerlo;es una manera de reforzar la idea de ficción», asegura.

La ficción es, de hecho, la inexpugnable batcueva, la Fortaleza de la Soledad de esta autora que, después de retratar superheroínas ingenuas y vidas disparatadas en «Wendolin Kramer», da un nuevo brinco, más alto todavía, para ampliar los márgenes de su carcajeante, excéntrica e imaginativa galaxia. «Nada es real pero habla de la realidad. Cuento una gran mentira para hablar de una gran verdad», explica Fernández. Y esa gran verdad es, resumiendo mucho, que la adolescencia, tan sobrada siempre crueldades, desplantes y malformaciones emocionales varias, es un asco. «Es una época en la que no te gustas, estás deformado; tu cuerpo se transforma y te conviertes en un ser indefinido que se mueve por impulsos», asegura.

De Kafka a «Grease»

Así que ahí está Erin Fancher, despedánzose y transformándose, sufriendo la adolescencia como si fuese una infección vírica, mientras su creadora viaja como un ciclón de Kafka a Stephen King -la memoria está dedicada a "Carrie"- y de «Grease» al reino del absurdo de Richard Brautigan subrayando una y otra vez «lo difícil que es ser uno mismo a cualquier edad» y utilizando el humor como coraza, escudo y lanza. Todo al mismo tiempo.

«La realidad ya la vivimos todos los días; ¿por qué revivirla en los libros»«Cuando leí “Duluth” de Gore Vidal y “Pregúntale al polvo ” de John Fante, descubrí que era eso lo que yo quería hacer. No hace falta que todo sea tan serio», asegura. La risa, una vez más, como antídoto y rampa de lanzamiento para acabar alcanzando un paraíso de ficción prácticamente inexplorado por estos lares. «Lo que tiene que ser real es el sentimiento, y eso es algo que los ingleses y americanos saben hacer muy bien. Por eso el humor se respeta tanto. Reírte de ti mismo es la manera de que el mundo no te afecte. Y da la sensación de que la literatura española le ha dado la espalda al humor», asegura.

De todo esto da buena cuenta «La chica zombie» y «El show de Grossman» (Aristas Martínez), delirante cuento intergaláctico con marcianos parlanchines, camareras terrícolas, naves-furgoneta y libertad creativa a paletadas. Doble sesión para a una autora poco amiga de la realidad. «La realidad ya la vivimos todos los días así que, ¿porqué revivirla también con los libros?», se pregunta.