«La arquitectura del aire»
Carlos Marzal, durante la presentación del libro en Córdoba - abc / valerio merino
libros de vino y rosas

«La arquitectura del aire»

Carlos Marzal. Tusquets Editores. 256 pág. 16,34 €. Ilustración de sobrecubierta: Felipe Benítez Reyes

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Poeta («Fuera de mí», Premio Loewe, 2004; «El corazón perplejo» (poesía completa, 2005); «Ánima mía», 2009), cuentista («Los pobres desgraciados hijos de perra», 2011), novelista («Los reinos de la casualidad», 2005), ensayista («El cuaderno del polizón», 2007) Carlos Marzal se zambulle minuto a minuto y hora a hora de cada día en el apasionante océano de la literatura. No hay género que se le resista y ahora acaba de entregar la pluma al aforismo, savia que nutre su nueva publicación, «La arquitectura del aire». El escritor nos pone al día de estas cuitas aforísticas.

-¿Qué lleva al poeta y narrador a sumergirse en los aforismos?

-El poeta, el narrador, el articulista, el aforista, en mí al menos, son el mismo individuo: alguien a quien tienta la escritura en su sentido más amplio. Un curioso. El que se cura de un género con otros, y el que se purga de las medicinas genéricas volviendo al instante de partida. Hay muchas formas diferentes de aspirar a lo mismo: escribir la autobiografía, la aventura del yo en el mundo.

-¿En su caso, hay alguna hora especial para escribirlos? A mí siempre me parecen “matinales”.

-No hay en mí hora aforística. Hay instante: el instante en que el aforismo se presenta. A veces es en mitad de la vida, y a veces cuando uno está en esa ninguna parte en que consiste la escritura. Son un género muy agradecido: portátil. Para practicarlo durante los viajes en tren, en las esperas entre aviones, en la consulta del médico. En ocasiones llegan cuando estoy en la cama, y hay que levantarse a anotarlos, o someterlos a la prueba de si estarán allí, sobre las sábanas, a la mañana siguiente.

-¿Tienen algo de liberación?

-Toda la literatura tiene algo de medicinal, de terapéutico. Los aforismos también son una suerte de exorcismo. Ofrecen la ilusión de ordenar la mente propia, que nunca acaba de ordenarse.

-¿Y cómo sabe el autor que se encuentra ante un aforismo y no ante el principio de otro poema?

-La brevedad, la contundencia, la condensación –es decir, la forma– indican que es un aforismo. Lo cual no es un obstáculo para que sugieran a veces un poema, o un artículo de periódico, o el inicio de un relato. Nada es sólo lo que es.

-¿Seducen, educan, informan, subrayan...?

-Deberían servir para todo eso, y para observar la realidad bajo otro prisma.

-¿Qué cree que suponen para el lector?

Me gustaría que supusiesen para el lector una forma de intimidad a través del pensamiento, una manera de asomarse al individuo que se asoma al mundo.