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Libros / antología de relatos

Santugini, pepitas de buen humor

Día 13/12/2012 - 12.09h
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Una excelente colección de relatos tallados por el actor y escritor José Santugini, colaborador de «Blanco y Negro» y «De buen humor», se presentó ayer editada de lujo por Pepitas de Calabaza

Orquestas caníbales, ratas de hotel, trepadores de fachadas, mujeres extraordinarias y actores extras, fantasmas residentes, almas de tamaño descomunal, magos de la caracterización y otros increíbles y singulares personajes son los protagonistas los notables relatos escritos por José Santugini (Toledo, 1903-Madrid, 1958), y publicados en revistas como «Buen Humor»,«Blanco y Negro» o «Cinegramas». El colaborador de esta Casa se puede disfrutar también en la exposición que el Museo ABC dedica al suplemento «Gente menuda».

Santugini, pepitas de buen humor
Santugini, por Cronos

[Un alma grande]

El ALMA de Víctor Camiel abandonó el cuerpo al que estuvo unida durante treinta años.

-¡Pobre! ¡Ha muerto atropellado! -dijo con un sollozo.

Y ascendió pausadamente, cabeceando como una cometa, en busca de la otra existencia. La lana acuosa de una nube le sirvió para descansar breves instantes, pero tuvo que abandonar este sitio de reposo porque la nube, poco a poco, iba deshaciéndose, desapareciendo. Es que llovía.

Por una imprudente rapidez de su mitad espiritual, Víctor Camiel se encontró, al recobrar el conocimiento horas más tarde del atropello, vivo, completamente vivo, pero sin alma... Y se decidió a robar una...

Aquella señora gruesa y de buen color debía tener un alma sana, en perfecto estado, un alma capaz de hacer feliz a su dueño. Víctor Camiel se felicitó a sí mismo por haber encontrado una víctima tan admirable.

Lo demás fue fácil. La señora gruesa murió rápidamente, casi sin agonía, y Víctor no tuvo mucho que hacer para adueñarse del alma que se desprendía del cuerpo muerto. Atraída por el imán del cuerpo sin alma de Víctor, penetró en este, pensando quizás:

-No, pues no ha muerto...

El asesino sintió que una sensación extraordinariamente agradable le conmovía. Tornaba a ser feliz

(«Buen humor», número 232, 9 de mayo de 1936)

A Santiago Aguilar, que se ha quemado literal y literariamente las pestañas buscando rastros de Santugini en la Prensa, debemos este extraordionario rescate, y a la editorial Pepitas de Calabaza su maravillosa impresión -como es habitual en ella- para la posteridad en carne mortal y rosa: «De buen humor. José Santugini». Firmaba como J. Santugini y Parada con el propósito de que no lo confundieran con su augusto padre, el magistrado Santugini, miembro del Tribunal Supremo.

La escena la dibuja Santiago Aguilar:

-¡Pena de chico! -pensaría su progenitor hundiendo la cabeza en la redacción de la sentencia que debía dictar al día siguiente.

-Tú, por lo menos, acaba la carrera, le diría su madre mientras le prepara la cena.

-¡¡Humorista! ¿Así cómo vas a encontrar novia?, le reconvendría su hermana mientras ponía la mesa.

«Pepe se había infectado ya del virus del humorismo y con apenas dieciocho años no hay semana en la que no envíe un cuento a una revista», interpreta Aguilar. Y el severo pater magistrator, la comprensiva madre y la hermana lucen en su frontipicio un mensaje: resignación cristiana. Santugini afila su lápiz de carpintero del humor entre Condes (Enrico de Borsalino), los cuentos humanos y deshumanizados de Edgar Neville, las «tonerías» geométricas de Antonio de Lara «Tono» y las «greguerías» de Ramón Gómez de la Serna.

Coetáneo de los comediógrafos de la felicidad, dotado de un humor fino, Santugini, que fue guionista de Ladislao Vajda, es un soplo de aire limpio, y una muestra de frescura literaria tras la incivil guerra. En las necrologías que lamentaron su prematura muerte se afirma que Santugini es «acaso el mejor guionista cinematográfico que en la actualidad poseía nuestro país» por tierra, mar y aire. Y también actor, como en «La torre de los siete jorobados», de Neville, una de las películas más hermosamente desconcertantes del cine español.

Cuenta Santiago Aguilar en el prólogo de esta maravillosa exhumación de José Santugini que antes de la Guerra Civil el escritor toledano había sido responsable de la programación de una importante sala capitalina. Conocía al público. Con el director de cine Rafael Gil se enzarzó en una discusión sobre el tono que había dado a uno de sus guiones: la historia abracadabrante de una agencia de viajes que organiza periplos terroríficos para turistas con necesidad de emociones fuertes. Gil quiso hacer una película de humor suave, de medias sonrisas:

-Las medias sonrisas no se pueden contar en la oscuridad del cine -protestaba el libretista-. Uno solo puede contar las carcajadas.

Nunca hasta hoy ha habido en los anaqueles de las librerías un volumen con el apellido Santugini en el lomo, como el que ayer presentó Pepitas de Calabaza en esa tierra media del humor llamada Logroño (el maestro Azcona nació allí).

Como propone Santiago Aguilar en esta antología de pepitas de buen humor, hay que lanzar el grito de guerra santuginista:

-¡Eso, que nos den antropófagos!

Y santugínízense. Lean y disfruten con esta joya publicada en «Blanco y Negro», el 1 de julio de 1934.

[El hombre que mató a la muerte]

Fui ejecutado.

Recuerdo todos los detalles de la escena: el rostro del verdugo, las palabras consoladoras de los hermanos de la Paz y la Caridad, el tablado fúnebre, con sus escasos escalones y sus vestiduras negros; los caballeros de levita y chistera, a los que una secreta misión agrupaba en un rincón del amplio patio; el cielo opalino, el frío, el silencio; los rostros pálidos de todos, en los que se mezclaban el sueño y la emoción.

Alguien me brindó el apoyo de su brazo. Lentitud. Un escalón, otro, otro... Una orden: «¡Siéntese!», y la impresión de que el barbero, aquella mañana, está disgustado o se ha quedado mudo.

Un dolor grande, una asfixia... ¡Ya!

¡Ya!

Supe después que todos los esfuerzos del verdugo dieron un resultado negativo, que lo mismo ocurrió a su ayudante y que ambos desistieron de llevar a cabo mi ejecución, avergonzados de aquel primer fracaso de sus vidas profesionales.

Mientras tanto, el mundo se conmovía ante un fenómeno insólito. Desde hacía un mes, justo desde la noche en que murió el desconocido, no había vuelto a fallecer una persona alguna. Los agonizantes de enfermedad, los moribundos por accidente, todos, hombres y animales, en el mundo entero, continuaban unidos a la vida, entre esta y el más allá, presos en un compás de espera largo, tal vez interminable...

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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