Quince años para otro Nobel

«Dos académicos suecos me dijeron que había un escritor español que, si seguía escribiendo así, ganaría el gran galardón: Javier Marías. ¿Para cuándo? Más o menos quince años, me dijeron. ¿Y Carlos Fuentes? A pesar de todo, tal vez pronto»

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Esta mañana me levanté temprano. Mirar el Pacífico limeño al amanecer del verano es una delicia de privilegiado. De repente, en lo que era el Parque Salazar también en las novelas de Vargas Llosa, distingo dos figuras atléticas que caminan con velocidad en el amanecer costeño. Inverosímil, pero cierto. Son Mario y Patricia Vargas Llosa. Ha sido el gran homenaje institucional en Lima y, antes de marchar a Chile, donde será condecorado por el presidente Piñera, ya estaba caminando como todos los días. «Fuimos adversarios, pero reconozco el genio», proclamó Alan García en el instante de colgarle al cuello del Nobel la Orden de las Artes y las Letras. Vargas Llosa es el único que la posee, «y va a tardar mucho tiempo antes de que lo obtenga otro de tu mismo envergadura», dijo García en el Salón Dorado de la Casa de Pizarro. García lanzó un discurso de homenaje al nuevo Nobel, lleno de literatura y citas. Lo trató siempre de tú en su alocución, y Vargas Llosa le contestó con otro discurso literario, pero manteniéndole el usted, y el «señor» presidente.

La cena en la Casa de Pizarro estuvo servida por Marisa Giulfo, la reina de la gastronomía novoandina, y la verdad que merecía la pena, con creces, aquel rato lleno de exquisiteces y amabilidad peruanas. La Orden de las Artes y las Letras se ha creado por un nuevo decreto para premiar a los peruanos universales y, para más cercanía, está diseñada por el viejo amigo de Vargas Llosa el pintor Fernando de Szyslo, presente en el acto como en todos los episodios del Nobel, Estocolmo incluido.

Antes del banquete en Palacio, pude constatar cómo Lima y todo Perú han recibido el Nobel de Vargas Llosa: como si fuera de todo el Perú, un país que, cuando el resto del mundo desciende a los infiernos económicos, sube hasta el 9% (sin ir más lejos, el mes pasado); un país que no tiene nada que ver con aquel que manejaba la delincuencia y la dictadura, un país que ofrece confianza a la inversión extranjera y que, como dijo Vargas Llosa, «hace una década que abandonó la barbarie». En ese subidón peruano hay que situar la euforia despertada por la concesión del Nobel al mejor de sus escritores, convertido desde hace tiempo en conciencia política, no sólo dentro sino también fuera del Perú. Al llegar al aeropuerto Jorge Chávez, en Lima, la gente aplaudía como si se tratara de un héroe nacional: había llegado el Nobel a su país. Y a Mario se le notaba el cansancio y la adrenalina, pero irradiaba satisfacción y cercanía.

«No voy a intervenir más en política, pero si la hija del dictador Fujimori (Keiko) aspira a presidir este país, intervendré de la manera más legal para evitarlo», dijo en rueda de prensa ante más de doscientos cincuenta medios peruanos y extranjeros.

En el conversatorio literario que tuvimos en el Museo de la Nación, conté que quien había impedido a mi entender el premio Nobel a Vargas Llosa en su justo momento, aunque nunca es tarde si la dicha llega, había sido Artur Lunkvist, ya fallecido, el mismo que se lo negó a Borges hasta más allá de la muerte. Dije que no admitía negaciones a este respecto y que, mientras más me dijeran que «yo inventaba», más seguro estaba de decir la verdad. En su alocución, Vargas Llosa dijo que había tres escritores españoles jóvenes (o más jóvenes que él) que le interesaban mucho: Javier Cercas, Javier Marías y Antonio Muñoz Molina. Y entonces recordé que, al hablar en Estocolmo, durante la recepción celebraba en el Museo Nórdico, durante el Nobel, dos académicos suecos me dijeron que había un escritor español que, si seguía escribiendo así, ganaría el gran galardón: Javier Marías. ¿Para cuándo? Más o menos quince años, me dijeron. Claro que para entonces estoy seguro de que quienes me hicieron la confidencia ya no podrán votar el Nobel, aunque también estoy seguro de que lo harán otros y que Marías seguirá a la cabeza de los hipotéticos premiados. ¿Y Carlos Fuentes? , pregunté. A pesar de todo, tal vez pronto, me contestaron.

Todo esto lo recordé en el Salón Dorado de la Casa de Pizarro, rodeado del «cogollito» de la sociedad limeña, escritores incluidos (Fernando Ampuero, Niño de Gúzmán, Abelardo Oquendo, Antonio Cisneros, Alonso Cueto, Carlos Germán Belli, entre otros), durante la celebración del Nobel a Vargas Llosa, el incansable novelista que sigue escribiendo (y caminando) un ensayo titulado «La civilización del espectáculo» y una novela que tiene lugar en Piura, al norte del Perú, «El héroe discreto», un tipo (el protagonista) que se mete en malditos embrollos, quijotescos y enredadísimos, de los que no puede salir nunca. Espero y deseo que no sea autobiográfica.