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La ciudad idealizada

Cada época ha imaginado la ciudad del futuro, la urbe ideal. ¿Cómo será la que se esboce desde el presente? ¿Bajo tierra o en las nubes? Son dos opciones

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Imaginar cómo será la ciudad del futuro ha sido siempre un concepto revelador a través del que interpretar cuáles han sido los deseos y necesidades de cada época. Centrándonos en nuestra contemporenidad, contamos con la visión crítica que contenía la idealización futurista art-decó de Metrópolis, la reflexión filosófica que subyace a la apocalíptica mirada cyberpunk en Los Ángeles de Blade Runner, pasando por las concepciones de la ciudad perfecta que planteaban las imágenes de la Walking City de Archigram, la experimentación de la Nueva Babilonia de Constant Nieuwenhuys o el futurismo-pop de la compacta y vertical ciudad que se recorría gracias a vehículos voladores de Los Supersónicos, de Hanna-Barbera.

A las obsesiones de perfección se opone la sustancia compleja, contradictoria, subjetiva, intensa y viva de la ciudad real

En su forma ideal, las ciudades imaginadas por los planteamientos más radicales de la literatura o el cine se han plasmado a través de parámetros intraducibles a la esencia de la urbe real y viva . Hablar de ciudad ideal equivale inevitablemente a hacerlo de una ciudad ficticia, de un prototipo artificial, puesto que la metrópolis real es algo hecho de una sustancia mucho más compleja y que funciona como un organismo vivo, capaz de reaccionar de manera imprevista a regulaciones y planificaciones (acertadas o no) que quieran imponérsele y que se articula en razón a unos parámetros que tienen más que ver con las respuestas emocionales y psicológicas de sus ciudadanos que con las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que van fluyendo sobre ella.

Partir de lo existente

El concepto de ciudad ideal debe ser más un objetivo puesto en práctica que un hecho, una aspiración pragmática que tenga como eje el cuerpo de la ciudad ya existente y los fundamentos básicos para procurar un bienestar y una libertad–colectiva e individual– de sus ciudadanos. ¿Y cuáles son las cualidades en las que centrar esa aspiración hoy?: Indudablemente prioritaria, incrementar la diversidad y la calidad del espacio público y los recursos destinados al servicio cívico. La concepción de futuro pasa hoy obligatoriamente por la generación de estructuras sostenibles y por la integración de las ciudades a las redes tecnológicas, teniendo presente que la urbe ideal hoy surge de la capacidad para hibridar lo nuevo y lo viejo. La sostenibilidad no sólo derivará de un incremento de aplicaciones de energías limpias, sino también de la capacidad de cada capital para reciclar y regenerar sus propios recursos arquitectónicos y urbanos. Tal como ha sugerido William J. Mitchell, el desarrollo de las redes digitales podría contribuir a que se reduzca la necesidad de seguir generando nuevas estructuras urbanas.

la metrópolis real es algo hecho de una sustancia compleja y funciona como un organismo vivo, capaz de reaccionar de manera imprevista a regulaciones y planificaciones

Es preciso señalar la profunda diferencia que existe entre el significado de «ciudad ideal» y el de «idealizar la ciudad». No hay que dejarse engañar ante las propuestas urbanas que proponen pluscuamperfectas visiones de ciudad de presente y hacia el futuro, y que parecen emerger de una especie de concepción darwinista de la arquitectura, equiparando «apariencia hipertecnológica» a «expresión de superioridad», como si esa complejidad formal, ese efectismo de colosales tótems tecnológicos, fuese el equivalente de una culminación evolutiva del lenguaje arquitectónico y de las maneras de habitar, una premisa desde la que ellas mismas se condenan a quedar desfasadas.

Los conceptos que se plantean como nuevos modelos urbanos ideales niegan la ciudad como punto de encuentro de la sociedad. Experimentos como Dubai, incluyendo sus complejos de islas artificiales, que poco tienen de avance tecnológico, han marcado un punto de inflexión crítico, porque en ese paisaje urbano creado en medio del desierto crece una arquitectura que habla de reinventar la ciudad, pero que aporta escasos valores y perspectivas.

Que no nos ciegue la retórica

Por eso no hay que engañarse ni ante la retórica, ni ante la estética de emprendimientos como los de Masdar City, en Abu Dhabi, cuyo plan maestro ha sido diseñado por Forster & Partners, y que se promociona como «la primera ciudad absolutamente sostenible», que, sin embargo, debe verse como un gran centro comercial y de concentración de empresas más que como una ciudad. Lo mismo ocurre con otros ejemplos, como New Songdo City, presentada como una ciudad hipertecnológica, pero que no sería más que un complejo destinado a funcionar como centro internacional de negocios. O el proyecto de Mass Studies Seoul Comune 2026, que intenta retomar de manera estrambótica y feísta el concepto de torres en el parque de Ludwig Hilberseimer, algo que enmascara, tras su obsesión gestual, la ausencia de un concepto de desarrollo urbano.

Lo que resulta llamativo de estos nuevas utopías o distopías es que en esas estructuras supuestamente hipersostenibles y tecnológicamente avanzadas se encarna el ideal de entorno rígidamente controlado, previsible e imbuido de una asepsia que –como sugería el urbanista Kevin Lynch–, al materializarse, produce una sociedad que tal vez bordea lo patológico. A esas obsesiones de perfección se opone la sustancia compleja, contradictoria, subjetiva, intensa y viva de la ciudad real como hábitat natural de lo humano.