CON CANDELABRI IN TESTA
Recuerdos repentinos
Acordarse es un continuo, y recordar un fogonazo, y quizá por eso ningún recuerdo puede ser otra cosa que repentino
Perfil de Bárbara Mingo
Bárbara Mingo
El recuerdo que nos asalta de improviso nos devuelve una imagen perdida. Oculta a la vez otro proceso: el muy misterioso de las asociaciones. Dos elementos entran en contacto y prenden una chispa. Eso pasa dentro de nosotros, pero la llama que resulta ilumina ... algo que está fuera: la canción que vuelve está fuera, el árbol está fuera, el rostro olvidado está fuera, el punto de bordado y la receta familiar están fuera. Lo que creemos recordar es en realidad lo primero que vemos, por casualidad, en el momento del chispazo interno.
Es decir, el chispazo en la caverna sorprende al ladrón de la moto e ilumina el arbusto que está creciendo al raso.
Como las ocas recién salidas del huevo que toman a quien vean primero por su madre. Así lo cuenta Konrad Lorenz: «Yo no conocía aún las graves responsabilidades que había contraído por el simple hecho de haber aguantado la mirada del ojito oscuro y haber desencadenado la primera ceremonia de saludo con una palabra involuntaria».
Saber es recordar, como dice una vieja teoría bastante extendida. Quizá por eso ha aparecido hace unas líneas la caverna, a modo de platónico recuerdo del futuro. Es que también dicen que es posible recordar el futuro: ¡ojalá acierten! Hay que moverse, y patinar por el tiempo debe de ser divertido. Ojalá podamos hacer funcionar esos músculos tan raros y abandonados.
No sé muy bien si hay que entrenarse o si basta con esperar a que la humanidad, en su enigmático viaje cósmico, haya alcanzado esa fase de su desarrollo. Lo más probable es que ya lo estemos haciendo, que recordemos el futuro con frecuencia, solo que nadie nos ha explicado en qué consiste y por eso no nos damos cuenta de lo que estamos haciendo.
Lo que escribió Baudelaire: «Tengo más recuerdos que si tuviera mil años»
Entre los patinadores, recuerdo al reverendo Walker sobre el lago Duddingston, y entre las teorías, la de que Platón era una mujer y la de que la Mona Lisa era un hombre, estas dos últimas asociadas aquí porque en ‘La escuela de Atenas’ el Platón de Rafael se parece a Leonardo.
Rafael, como Ozu y como Chris Marker, murió el día de su cumpleaños. ‘El feliz cumpleaños de la muerte’ es un libro de Gregory Corso. Recuerdo su poema sobre los recién casados («¿Debería casarme? ¿Debería ser bueno?...»), con ese aire de humillación—no sé por qué, me acuerdo siempre del ascensorista—, y justo después recuerdo la respuesta atribuida a Sócrates, que cuando le preguntaron si era mejor casarse o no, contestó: «Hagas lo que hagas te arrepentirás».
Gregory Corso está enterrado en el cementerio ‘acattolico’ de Roma, igual que John Keats, cerca de la pirámide de aire egipcio levantada para Cayo Cestio, y el poema de Corso termina diciendo algo así como «…Ah, pero bien sé que si una mujer fuese posible como yo soy posible/ entonces el matrimonio sería posible/ Igual que ELLA con sus baratijas exóticas a la espera de su amante egipcio/ espero yo también – desposeído de 2.000 años y del baño de la vida».
Lo que escribió Baudelaire: «Tengo más recuerdos que si tuviera mil años». Y Dylan Thomas (Rosie Probert): «He olvidado incluso que llegué a nacer».
Acordarse es un continuo, y recordar un fogonazo, y quizá por eso ningún recuerdo puede ser otra cosa que repentino. Quito el prefijo ‘re-’: cuerdo y pentimento, locos y pintores. Así que me acuerdo de Van Gogh y del final más bello de la historia del cine, el de la película que le dedicó Maurice Pialat.
En la penumbra
También la escritura tiene sus ‘pentimenti’.
Y me acuerdo entonces de Dubuffet y abro al azar sus ‘Escritos sobre arte’, antes de que se haga de noche del todo, porque se ha ido la luz en mi casa y escribo con la luz que entra por la ventana, antes de que se me acabe la batería del ordenador. Lo que leo a la penumbra (en traducción de Melitón Bustamante): «Me gusta evitar en los sujetos que pinto todo lo ocasional; me gusta pintar hechos generales. Si pinto un camino encajonado, quiero que sea un arquetipo de camino encajonado, una síntesis de todos los caminos encajonados del mundo, y si pinto la efigie de un hombre, me parece suficiente que mi pintura evoque efectivamente un rostro de ser humano, pero sin particularidades accidentales, que son una vaina».
En realidad, al acercarme más, me doy cuenta de que he leído mal y que en el libro pone «sin particularidades accidentales, que son tan vanas», que suena mucho menos chocante que lo que había leído al principio, pero luego pienso que la verdad es que las particularidades accidentales desde luego pueden ser una vaina. Me había llegado a preguntar qué expresión francesa habría usado Dubuffet en el original.
En todo caso, quería decir que lo que he leído a la penumbra en el libro de Dubuffet me ha recordado a lo que he leído hace poco en ‘Ver y saber’, de Bernard Berenson, publicado en España por Elba y traducido por Jordi Ainaud. Entre todos los fragmentos, pues su tesis la disemina y la ensaya Berenson a lo largo de todas las páginas, en distintas formas, elijo este: «…la dicha de la creación artística surge cuando albergamos la leve esperanza de haber encontrado la clave, el símbolo, la forma o el trazo genérico, el jeroglífico, la convención, en definitiva, adecuada.
Lo prosaico es probarlo y retocarlo con la pluma y el lápiz para que signifique para los demás casi lo mismo que para nosotros. […] Todo lo que somos y hacemos no es más que una serie de convenciones permanentes o sucesivas».
Qué libros más viejos leo. Pero es que tengo que leer a la luz de las velas. O de los rayos.
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