lo moderno
Padres, ballenas blancas y conejos
Nathaniel Hawthorne, mental, simbólico, lleno de fantasmas puritanos, letras escarlatas y metáforas religiosas
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Iniciar sesiónNathaniel Hawthorne, como tantos escritores, vivía en un mundo abstracto, mental, simbólico, lleno de fantasmas puritanos, letras escarlatas y metáforas religiosas. Tenía ideas brillantes que lo hicieron inmortal, pero el precio fue una presencia etérea en el ámbito doméstico. Un tipo que se asomaba ... poco a la vida real, que bajaba a la ciudad solo para recoger cartas, y que necesitaba, ante todo, soledad.
Y sin embargo, un día, la vida le dio una oportunidad. Era el verano de 1851 y su esposa, Sophia, decidió irse de viaje con las hijas. Lo dejó solo con el hijo varón Julián, de cinco años, y un conejo llamado Conejito. Veinte días. Veinte. Solo con un niño que trepaba a los árboles, jugaba con navajas afiladas, llamaba al arco iris arco de sol, y se hacía pis encima de vez en cuando. Y Hawthorne decidió escribir un diario de esa experiencia.
'Veinte días con Julián y Conejito' es eso: un descenso —agotador, tierno, casi científico— del Olimpo literario a la trinchera de la paternidad. Es el diario de un padre que no estaba entrenado para serlo a tiempo completo; de un marciano.
El mismo hombre que discutía sobre el alma humana con su vecino, Herman Melville en tardes de té y lluvia, ahora tenía que perseguir a Julián por el jardín, consolarlo tras una picadura de abeja, peinarlo hasta quemarle los rizos.
Es el diario de un padre que no estaba entrenado para serlo a tiempo completo; de un marciano
Y ahí está la genialidad del texto. Porque mientras el niño lanzaba piedras al lago, Hawthorne, aliviado, volvía a su conversación con Melville y a ser lo que era: un pensador de lo humano y lo divino. Tal vez hablaran del Mal transmutado en ballena blanca, colosal y vengativa; o del Bien en forma de conejo, encarnación del dulce paraíso que los seres humanos habitamos en la infancia.
Porque en ese contraste está el meollo: mientras los novelistas debatían, graves, sobre la naturaleza del pecado, el niño hablaba sin parar, preguntaba si la noche estaba encerrada en el oscuro dormitorio de la tía Elizabeth, o recogía hojas rojas «como ramos de fuego». Y el padre, que había hecho de la culpa humana su oficio, recobraba nuevamente la inocencia, asombrado, en cada uno de aquellos pequeños gestos.
Este trozo de diario es un texto emocionante. Con esa lectura siempre están a tiempo de celebrar su pasado aniversario.
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