LIBROS
Gonzalo Celorio, el exilio del sedentario
un Retrato del nuevo premio cervantes 2025
El maestro que llenaba las aulas de Filosofía y Letras ha convertido la memoria y la rítmica exactitud de la prosa en sus territorios narrativos
Entrevista a Gonzalo Celorio
Juan Villoro
Mi generación conoció a Gonzalo Celorio como un joven maestro que llenaba las aulas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su apostura hacía que mereciera el apodo de ‘El Divino Rostro’. Con ánimos de explorador, ... se adentraba en la selva barroca de ‘Paradiso’, la novela de Lezama Lima, y en los códigos secretos que animaban los cuentos de Cortázar.
No tuve la suerte de ser su alumno, pero en conferencias y tertulias atestigüé el magnetismo que ejercía en los oyentes. Esa cuidada oralidad fue su preparación para la escritura. Nacido en 1948, publicó su primera novela, ‘Amor propio’, después de rebasar los cuarenta años, algo insólito en un país que tiene prisa.
A nadie extrañó que el maestro, cuyos saberes iban del Siglo de Oro a la rumba,el flamencoy el bolero, tuviera en el cajón un manuscrito sobre los deslumbramientos sensoriales de la juventud. Francisco Sánchez, crítico de cine y gran guionista, me dijo entonces: «La novela es muy buena, pero supongo que no escribirá otra».
Sabe lo que es perder una casa. Su mundo es su biblioteca, su escritorio, la página pendiente
Tuvieron que pasar ocho años para que Celorio reincidiera en la ficción con ‘Y retiemble en sus centros la tierra’, que se ocupaba una de sus mayores pasiones: los paraísos provisionales y los perdurables infiernos de la Ciudad de México.
Dos recursos fundamentales definían su estilo: el uso literario de la memoria y la rítmica exactitud de la prosa. En vez de inventar a partir de cero, otorgaba sentido narrativo a lo ya sucedido, y usaba el lenguaje con el rigor de quien disfruta más corrigiendo que redactando.
En sus siguientes libros logró un singular trasvase de recuerdos. ‘Tres lindas cubanas’ aborda la historia de su familia materna y ‘Los apóstatas’, la de sus hermanos. Ambas tramas están marcadas por el desencanto. Admirador de Carpentier, Eliseo Diego y Dulce María Loynaz, Celorio creyó en la Revolución Cubana con el entusiasmo de quien participó en el movimiento estudiantil de 1968. Poco a poco, esa pasión cambió de signo.
En 1971, el «caso Padilla» hizo que numerosos intelectuales rompieran con la isla (acusado de traición, el poeta disidente Heberto Padilla fue obligado a realizar una dramática autoacusación pública). En 1989, el «caso Ochoa» planteó el mismo predicamento (un héroe de la guerra de Angola fue condenado a muerte por dirigir una presunta red de narcotráfico). En paralelo a la melancólica decepción narrada en ‘Tres lindas cubanas’, Celorio escribió una crónica ejemplar sobre el coronel fusilado al amanecer en una playa.
‘Los apóstatas’ refiere un asunto aún más próximo al autor: las ilusiones perdidas de sus hermanos Eduardo y Miguel, que asumieron la vocación religiosa, se vieron obligados a abjurar de su fe y encontraron otras salidas para su febril temperamento (la guerrilla en Nicaragua y el estudio casi delirante del barroco). Con un afecto que no admite complacencias, Celorio ejerce la mirada del hermano menor que contempla la vida incendiada de sus mayores.
En 2022 reunió sus crónicas memoriosas en ‘Mentideros de la memoria’. Juan José Arreola, Augusto Monterroso, García Márquez y otros autores son retratados, no a partir de su obra, sino de las peculiaridades humanas que explican su escritura. Con idénticas dosis de nostalgia y dolor se ocupa de la «gracia y la desgracia» de Alfredo Bryce Echenique, que utilizó su notable inventiva para fabular su propia vida, fingiendo, o incluso creyendo, que textos ajenos eran suyos. Acaso el mejor retrato sea el de Umberto Eco. Entre copa y copa, el semiólogo se adentra en el México barroco; tonificado por el tequila y las rarezas que mira, descifra enigmas y acaba tocando las maracas con un grupo de música tropical.
Cambiar de rumbo
Otra crónica de ‘Mentideros de la memoria’ se refiere al «corazón desarraigado» de Luis Rius, poeta español que la marea de la Historia llevó a México. Celorio ha recalcado con insistencia la deuda que tiene con los republicanos que mejoraron la cultura mexicana. No es casual que esté a cargo de la cátedra extraordinaria Maestros del Exilio Español. Tampoco, que alguien que vive para la exactitud en el lenguaje dirija la Academia Mexicana de la Lengua.
El tema del exilio lo toca por una circunstancia que rebasa sus lazos familiares y a los maestros españoles. Es un sedentario ejemplar y, por lo tanto, sabe lo que significa perder una casa. Su mundo es su biblioteca, su escritorio, la página pendiente.
Cuando se vio obligado a abandonar la vieja construcción que habitaba en el barrio de Mixcoac, escribió uno de sus textos más personales: ‘El velorio de mi casa’. Cambiar de rumbo, empacar los libros, representaba para él una desposesión esencial. Dispuesto a viajar en la literatura, no quería perder su tierra firme. La encontró por otros medios, en las resistentes páginas de su escritura.
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