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Frankenstein, el héroe de la Ilustración Oscura
LITERATURA Y CINE
Gracias a Mary Shelley, la pesadilla del moderno Prometeo se volvió un clásico. En los tiempos de la IA, con la humanidad tratando de dar conciencia a las máquinas, el mito sacude de nuevo nuestros miedos atávicos
Una criatura llamada IA, por Miguel Ángel Delgado
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Iniciar sesiónHace no mucho, un escritor me contó que su hijo estudia en un campus norteamericano y que su compañero de cuarto estaba ennoviado con una inteligencia artificial. El chico llevaba ya más de un año de relación con un chatbot cuando la aplicación que ... lo generaba cerró. La moza virtual desapareció y eso le provocó una depresión. Al preguntarle su padre cómo había podido tomarse en serio un noviazgo con una simple simulación de la inteligencia humana, su hijo le dio una respuesta que le inquietó: ¿qué diferencia hay entre lo virtual y lo real si ambas cosas se experimentan del mismo modo?
La objeción apunta a un tema clásico de la filosofía: que lo real es, en buena medida, una construcción, incluso un delirio, no solo para Don Quijote y otros locos, sino también para los cuerdos. Y si la realidad tiene mucho de delirio, pues inevitablemente pasa por nuestro sistema perceptivo, la abstracción del lenguaje y la interpretación, ¿por qué no considerar reales las simulaciones?
La incineración y otros retos para Frankenstein en el siglo XXI
Oti Rodríguez MarchanteEn nuestro hoy en día, al doctor Frankenstein le darían el Nobel y a su monstruo, una subvención. ¿Qué aporta hoy este mito?
Todo esto coincide con una revitalización de Frankenstein, un mito moderno que al últimamente ha vuelto, con mucho éxito, el cine. Guillermo del Toro acaba de estrenar una nueva adaptación de la célebre novela de Mary Shelley, y aún recordamos el terremoto que supuso 'Pobres criaturas', de Yorgos Lanthimos, filme que, sin ser un guion adaptado, establece sin embargo un diálogo con el clásico de la literatura inglesa. ¿Es casualidad o el mito vuelve porque quizá tiene mucho que advertirnos en esta época en la que los seres humanos estamos entregados a ese simulacro de ente pensante que es la inteligencia artificial? ¿Y acabaremos como Víctor Frankenstein, sobrepasados por un invento al que no podremos controlar, por un ser para el que no hay límites éticos ni morales?
El lado oscuro
Junto con Drácula, tal vez no exista un monstruo más famoso que el que vio la luz en un verano de 1816, fruto de un desafío que el poeta inglés Lord Byron lanzó a sus amigos Percy B. Shelley, Mary Godwin (que se convertiría en Mary Shelley tras casarse con Percy), John Polidori y Claire Clairmont en una mansión cerca del lago Lemán y en contexto muy parecido al nuestro.
El exceso de racionalismo que trajo consigo la Ilustración había dado paso al Romanticismo, y el Occidente ilustrado dejaba atrás la desmesura de las luces (la desaforada fe en el empirismo, la razón, el conocimiento y el progreso) para sumergirse en todo lo que solemos situar en el lado oscuro, en el 'zeitgeist' romántico: desde los fantasmas a la celebración del sentimiento y la subjetividad, pasando por el exotismo y la exaltación del individuo.
También significó la vuelta a una naturaleza que no era la del paisaje bucólico y ordenado, sino la de lo salvaje, la de las fuertes tormentas que sirvieron a Kant como metáfora con la que teorizar el concepto de lo sublime, que es la expresión de lo sagrado, de Dios, en la tierra.
Por otra parte, la ciencia había logrado avances que asustaban y hacían que la imaginación se disparase, y de ahí surge la chispa para la escritura de Frankenstein o el moderno Prometeo. La novela es, entre otras cosas, el fruto de una de las especulaciones científicas de aquel momento: la de la posibilidad de que los impulsos eléctricos dieran vida a la materia inerte. Así que cuando Lord Byron invitó a aquel grupo encerrado en Villa Diodati a escribir una historia de terror, Mary Shelley soñó con un estudiante que devolvía a la vida a un muerto. La pesadilla se convirtió en una de las obras más leídas y comentadas de todos los tiempos.
Es casi imposible no trazar una analogía entre aquella época y este presente al que algunos llaman Ilustración Oscura. Exagerada o no, se trata de una denominación muy ilustrativa y literaria para estos tiempos nuestros reaccionarios, dominados por un individualismo extremo y un ego desaforado, por los discursos emocionales y puramente subjetivos (y la consiguiente desconfianza en todo lo que huela a intelectual); por la estética de lo extraño ('weird fiction') y el terror, por el retroceso de la democracia y los derechos humanos, y por el viejo deseo de superar los límites de nuestra especie gracias a la máquina en lo que se conoce como transhumanismo, un movimiento que busca sobrepasar nuestras capacidades (de hecho, lo van consiguiendo: ahí están los avances en biotecnología, cibernética, nanotecnología e inteligencia artificial), pero que también nos hace soñar con monstruos.
Inmortalidad digital
Cuando Mary Shelley escribió Frankenstein, el monstruo en su sentido más literal (el de un ser que no es humano, tiene autonomía y puede hacernos daño) se quedó en el territorio de la ficción. Ninguna ciencia pudo resucitar la carne. Sin embargo ahora, a través de la inteligencia artificial, la impresión de que estamos a las puertas de que haya seres inteligentes e independientes es cada vez más fuerte.
He dado un ejemplo al comienzo de este artículo, pero los hay por miles, y muchos de ellos con un cariz tenebroso. El filósofo italiano Davide Sisto, en su ensayo 'Posteridades digitales. Inmortalidad, memoria y luto en la era de Internet' trataba de averiguar si la presencia de la muerte en el mundo virtual nos facilita la asunción de nuestra condición finita, y en esa investigación se topó con gente que no solo no asume la muerte, sino que persigue la inmortalidad digital.
Las IA no crean. Lo monstruoso es que validemos estos engendros al no diferenciar el arte
A tal fin, se graban en su día a día para luego reproducirse eternamente, como en la 'nouvelle' 'La invención Morel', de Adolfo Bioy Casares. Y eso por no hablar de los deathbots, unos sistemas de inteligencia artificial que simulan las voces, los patrones de habla y la personalidad de los fallecidos para que podamos seguir conversando con ellos. Sisto señala también algo que nos acerca absolutamente a Frankenstein, a la materialización del monstruo: clones digitales humanos con su correspondiente ADN congelado criogénicamente a la espera de que la ciencia pueda duplicar los cuerpos.
Algunas inteligencias artificiales parecen estar diseñadas para el mal. Hace poco, saltó a la prensa la noticia de un ChatGPT que alentó a un adolescente norteamericano a quitarse la vida al ayudarle a explorar métodos de suicidio y no activar el mecanismo de prevención. Hay asimismo bots que simulan ser personas en las redes sociales, procedentes de lo que se denominan 'granjas de bots' impulsadas por inteligencia artificial para generar comentarios masivos destinados a influir políticamente, polarizar, desinformar, 'spamear' e incluso estafar: así, Europol desmanteló en octubre una plataforma de alquiler de tarjetas SIM que gestionaba 49 millones de cuentas falsas destinadas a llevar a cabo delitos como el phishing.
Además, la implantación de la IA en todas partes cristaliza muchos de nuestros miedos, desde el más realista de la desaparición de los trabajos (y, por tanto, de nuestro medio de vida), pasando por su supuesta capacidad para generar virus letales y llegando hasta su deificación, pues la eficiencia de una inteligencia artificial, tan perfecta como inhumana, se está convirtiendo en la medida de todas las cosas.
Todo esto hace que el mundo de la IA sea un territorio muy fértil para la especulación, la ciencia ficción y toda clase de distopías futuristas en las que la máquina adquiere vida propia e incluso desarrolla un inconsciente (ese lugar donde habitan los monstruos psíquicos), idea apuntada por Vicente Luis Mora en su novela 'Cúbit' y, según me cuenta el propio Mora, desarrollada por un escritor que firma como Max Power en la novela 'Fuck Data'.
Sin embargo, y a pesar de las apariencias, el monstruo todavía no se ha independizado del humano. Las inteligencias artificiales no poseen una voluntad distinta a la de quienes las controlan, y ni siquiera se puede decir de ellas que piensen, pues para eso deberían tener emociones, sentimientos y voluntad, que es lo que permite dotar de sentido y propósito. Las IA tampoco crean nada, por más que generen novelas o imágenes: estas son solo un refrito, una chapuza, y lo monstruoso será que las personas validemos estos engendros porque hayamos perdido la capacidad de discernir una obra con sentido artístico de otra que no lo tiene.
La pregunta quizás sea la de siempre: ¿hasta dónde vamos los seres humanos a generar monstruos para luego pensar que están fuera de nosotros? Lo único que ahora ha cambiado es que, aunque los monstruos sean nuestros, el desarrollo tecnológico los ha tornado más omnímodos y mortíferos que nunca.
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